A. KRUMM - HELLER Doctor honoris causa de la Universidad de México Ex Coronel médico militar. - Médico de la Cruz Roja Miembro de la Cámara de Cultura del Imperio Alemán DEL INCIENSO A LA OSMOTERAPIA ------------------------------------------------------------------------------------------------ Instituto Cultural Quetzalcoatl de Antropología Psicoanalítica, A.C. http://samaelgnosis.net y http://samaelgnosis.org Índice INTRODUCCIÓN CAPÍTULO PRIMERO El incienso en el culto del Antiguo Testamento CAPÍTULO SEGUNDO Incienso, perfumes y ungüentos en la Iglesia Ortodoxa CAPÍTULO TERCERO Perfumes y esencias en el culto del Budismo CAPÍTULO CUARTO Plantas aromáticas del Oriente CAPITULO QUINTO Substancias odoríferas y otras entre los Mayas, Incas y Aztecas CAPÍTULO SEXTO Culto y Medicina CAPÍTULO SÉPTIMO Significado del empleo y del comercio de sahumerios y perfumes en la antigüedad y en la Edad Media CAPÍTULO OCTAVO Los sistemas de cura conocidos y sus consecuencias CAPÍTULO NOVENO Nuevos fracasos y éxitos CAPÍTULO DÉCIMO Fuerza curativa natural del organismo CAPITULO UNDÉCIMO Energía solar y rayos osmóticos CAPÍTULO DUODÉCIMO Hormonas y Vitaminas CAPÍTULO DECIMOTERCERO Arcanos vegetales y sus tradiciones CAPÍTULO DÉCIMOCUARTO Constitución y carácter CAPÍTULO DÉCIMOQUINTO La secreción interna y la percepción olfativa CAPÍTULO DECIMO SEXTO Estados de Sueño y Ensueño CAPÍTULO DÉCIMOSÉPTIMO El impulso dinámico CAPÍTULO DÉCIMOCTAVO Personas que huelen bien y personas que huelen mal CAPÍTULO DECIMONOVENO Reflejoterapia CAPÍTULO VIGÉSIMO Sutilísima influencia de los olores en el organismo CAPÍTULO VIGESIMOPRIMERO Los médicos orientales curan con perfumes CAPÍTULO VIGÉSIMOSEGUNDO Todo fluye, todo respira, todo irradia CAPÍTULO VIGÉSIMOTERCERO Seres de buena y de mala sombra CAPÍTULO VIGESIMO CUARTO Algunas especialidades y éxitos de la Osmoterapia CAPÍTULO VIGÉSIMOQUINTO Perspectivas para una Osmoterapia Nota: Recordamos que estos libros son de apoyo para el estudiante, los libros fundamentales que recomendamos son los del V.M. Samael Aun Weor y los primeros que sugerimos estudiar, ya que existen algunas observaciones que hay que tomar en cuenta, como la siguiente: No podemos aceptar aquella afirmación del Maestro Huiracocha de que los negros ni los amarillos puedan pertenecer a la LOGIA BLANCA, porque esta es únicamente para la gente de raza blanca. Esta clase de prejuicios raciales no podemos aceptarla, porque la LOGIA BLANCA es universal.… Dios no tiene preferencia con nadie. Todos los seres humanos, sin distinción de raza, sexo, casta o color, son hijos amados del PADRE y tienen los mismos derechos. …Reconocemos que el Maestro Huiracocha es un GURÚ de la Fraternidad Universal Blanca…No hay duda de que, si el Gurú Huiracocha tuviera cuerpo físico rectificaría esos errores, porque del hombre es el errar y del necio, permanecer en el error. (Samael Aun Weor. Rosa Ígnea) INTRODUCCIÓN Así como para nuestros ojos humanos, todo en la naturaleza se forma lentamente, sale de la nada, brota, crece, florece, se abre; así también pasa con las impresiones y los trabajos espirituales. Vivimos y en nosotros viven también pensamientos, deseos y esperanzas. Tras largos años de meditación, recolección, búsquedas y luchas, resuelvo confiar en este libro mis doctrinas retenidas y afirmadas, y aún más, las observaciones y hechos que han de servir para abonarlas. Ignoro si otros han emprendido ya tentativas semejantes, ya sean accidentales o sistemáticas, para esclarecer o comprobar experimentalmente los fenómenos de este extraño ramo. No hay duda que en la literatura parapsicológica hay pequeños folletos sobre la acción de las esencias; son, sin embargo, tan nulos, tan insignificantes, que ni merecen mención. Más de una persona habrá que tome este libro, lo hojee y lo deje luego a un lado por poco interesante. No censuro a nadie; hay una sola causa y ésta debemos atribuirla a este tiempo que corremos, tan materialista y superficial, que hace catorce años se iniciara en Alemania. Seguramente chocará este libro con la dura testa de ciertos criterios cerrados y tardíos y entonces sonará hueco; pero ello no provendrá precisamente del libro. Sólo el futuro podrá decir si realmente va a ser posible llegar a algo concreto sobre el resultado de las observaciones que se han reunido hasta hoy y que una vez aumentadas con nuevas investigaciones, se consiga un nuevo método de curación. Suposiciones análogas me inducen a creer que esto es lo más probable y de toda provisión de éxito de lo más razonable. Sería prematuro sentar desde hoy cualquier rumbo para un método eventual. Lo único que me es lícito, que puedo y debo, es pedir que se me ayude, ya que yo soy el inventor de la Osmoterapia, a buscar y comprobar un nuevo camino para curar y fortificar a la humanidad. Deseo también poder examinar en esta introducción un asunto bien poco develado, cual es la representación exterior de mi idea y cómo he encuadrado el nuevo método en la nomenclatura que vamos a considerar. Mí primera intención de encarnar la idea que encierra la palabra EUODIA (buen olfato), hube de rechazarla después de un detenido examen. El buen olfato es una idea que se refiere a la percepción que tienen los individuos respecto a los olores puestos en contacto con ellos y acondicionada por éstos o aquéllos. Tomándolo bajo este aspecto y muy superficialmente, cabría citar aquel proverbio que dice: “En materia de gustos no hay nada escrito”. Proverbio que aquí no reza, pues no queremos seguir nuestro olfato exterior, sino alcanzar una íntima excitación de las glándulas y por medio de ella una curación. Para ese tratamiento el paciente debería, como en cualquier otro tratamiento, ser obligado a emplear medicamentos por medios desagradables, pero no es eso lo que persigue nuestro sistema, sino emplearlos en forma de perfumes. Preferí, pues, hasta que los juicios profesionales hayan dado su dictamen, emplear el término OSMOTERAPIA para indicar el proceso medicinal basado en el empleo de perfumes. La palabra griega OSME, ampliamente aplicable a todo olor, sin perjuicio de la sensación, que asume propiedad específica según la persona, me parece la más aceptable. Osmología, o sea la ciencia del olfato, es un concepto científico del dominio de la ciencia y sobre la misma existe desde hace tiempo en Alemania una vasta literatura. Apenas terminé mí manuscrito lo mandé a un físico, profundo conocedor del Oriente, y a un doctor célebre, médico alemán muy conocido en la América latina, reconocido como una eminencia clínica. De ambos solicité el veredicto, Ellos hablan en las primeras páginas de este libro. Toda novedad provoca oposición. Quiera Dios que llegue este libro a manos del investigador imparcial de la ciencia, desprendido de toda sabiduría oficial axiomática, seca, pero capaz de apreciar el valor del sentimiento y del pensar progresista. No olvide el lector, además, que a mí disposición se hallan los viejos archivos de México y todos los documentos sobre la ciencia de las correlaciones de los primitivos hechos históricos. Las sinagogas judías de España poseían valiosas bibliotecas que pasaron a los claustros después de la expulsión de los judíos de España. Ahí me fueron facilitadas notables obras literarias sobre Méjico y el Perú, de donde extraje un precioso material. CAPÍTULO PRIMERO El incienso en el culto del Antiguo Testamento Es de todos sabido que en el culto del antiguo testamento se empleaban mucho, ya fuera en el Tabernáculo o en el templo de Jerusalén, las substancias aromáticas. En Palestina son escasas tales esencias odoríferas; sin embargo, hasta hoy día vemos graciosas y lozanas flores en la gran plaza frente al templo de Salomón. Sólo el Líbano producía incienso, que en la lengua hebrea se denominaba “l’bhonah”, palabra en cuyos sonidos hasta el más lego percibe cierta relación con el nombre de la montaña. Otra denominación hebraica para la palabra “perfume”, en el sentido de “substancia olorosa” es, en general, SAM. Las mayores y cualitativamente más valiosas cantidades de incienso, así como otras substancias aromáticas destinadas al culto, eran adquiridas en el extranjero. Oímos así hablar del incienso del país de Saba en el que los intérpretes de la Biblia ven hoy una faja de la Arabia sudeste, en tanto que los teólogos de antaño indicaban con ella a los etíopes o a los indios. En otras esencias que se han citado relacionadas con el referido incienso y allegadas a él por cuanto se presta como perfume, hay que mencionar las flores de Chipre, entre ellas el nardo, la mirra, el azafrán, el ámbar, el cálamo, el acíbar, el polvo de especias y, además, ciertos preparados que ya estaban listos y que Lutero en su traducción de la Biblia llamaba sucinta, pero erróneamente ungüentos y que hoy, por falta de indicios ciertos, como muchas de las otras substancias llamadas puras, no pueden identificar los especialistas. Frecuentemente encontramos también la palabra “besem” que en plural es “b’somím”, cuya acepción general sirve para designar la balsamera y los productos aromáticos que de ella se escurren. Cuando con la pérdida de la independencia política terminó el bien organizado culto del pueblo judío, cesó también el estímulo para seguir con el uso de substancias aromáticas en el servicio divino, limitándose desde entonces a hacer oraciones en lugar de ofrendas. Cabe decir, todavía, que aun hoy día algunos devocionarios hebreos tienen por título la vieja expresión “ofrenda”. Apenas si en sí todavía queda un solo empleo de las esencias en el culto, el cual sin embargo se hace ocultamente hoy en día, y es en la llamada “Habdalah”, que quiere decir “separación”. Ese uso, según la tradición de los rabinos, debe remontar a cerca de medio siglo después de la consagración del segundo templo (516 años antes de Jesucristo) , bajo Esra. Recuerda el arte espagíríco de los Rosa-Cruz -medievales, aunque su significado es distinto, principalmente en la fiesta de la “separación”, o sea del comienzo de la nueva semana, al final de la noche del sábado (Sabat) . El utensilio más usado es un vaso ajustado, metálico, cilíndrico o prismático, sostenido por un soporte como pie de copa y, las más de las veces, con una torrecita aguda o una banderita metálica en la tapa. El latón de ese utensilio contiene los metales de Venus y de Júpiter, por partes iguales y el escritor Therión piensa que ese latón envasado debe ser ilimitado respecto a su extensión, pues no se refiere a una sola cosa, sino que es universal y simboliza el amor divino. En el vaso hay ‘varios gramos de aromas frescos, también designados con el nombre de “b’somim” que, como ya dijimos, se denominaba el vaso de bálsamo y de los productos que de él se derivaban. También ese pequeño utensilio solía llamarse “vaso b’somim”. Cumpliendo con el prudente empleo que, según indiqué, se debe observar al salir del día sábado, no sólo en las sinagogas de observancia estricta, sino especialmente en las familias, el que hace la ofrenda, por ejemplo, el padre de familia lleva el vaso en la mano y sobre su fragante contenido pronuncia la siguiente bendición: “Alabado seas, Señor, Dios nuestro, rey del mundo, que creaste todas las especies de aromas.” Entonces abre la tapa o torrecilla del vaso y aspira el vapor de los granos de especias. Este es el único resto del culto de las esencias aromáticas en el judaísmo de hoy día. Según la explicación de los judíos ortodoxos, ese rito proviene de una bendición hecha sobre una copa de vino en el que se apagaba una vela encendida. Era un acto de gracias a los dioses del fuego, poderoso auxiliar del hombre en todas las formas y creaciones, al comienzo del trabajo semanal, en que el espíritu sabatino, metafóricamente representado por las especias, sería transportado a los días hábiles. No erraremos tal vez ante esa interpretación, creyendo que ese vapor de las especias, trasladado a la esfera religiosa, puede curar, a su vez, la vuelta del espíritu sabatino en el curso de la nueva semana. Los judíos jamás tuvieron misterios o usos culturales propios. Su aptitud y aplicación espiritual descansaban en lo material, en el negocio. El estímulo que los judíos dieron al empleo de las esencias y defumatorios en el culto, no era otra cosa que el deseo de activar el comercio para sacar de esas cosas algún provecho lucrativo. Indagaciones hechas en la literatura judaica, proporcionan amplios informes sobre cosas secretas, sobre todo el conocimiento de escritos antiguos de los judíos españoles, anteriores a la expulsión (1492, después de Jesucristo) , y que constituyen un interesantísimo material de investigación. Supe en Rodas y Palestina que hay familias judías que para ciertos exorcismos usan hasta hoy día olores relacionados con las constelaciones siderales. CAPÍTULO SEGUNDO Incienso, perfumes y ungüentos en la Iglesia Ortodoxa No hay duda que muchas de las costumbres judías pasaron a la Iglesia ortodoxa aun cuando ésta, en su mayor parte, tenía las suyas propias. En la consagración de una iglesia o de una casa comercial, ceremonia que en la confesión ortodoxa es reservada exclusivamente al obispo, la parte superior del nuevo altar consta de una simple mesa cuadrada de madera que ha sido previamente lavada con “nitra”, jabón fragante, y con agua caliente; después el propio obispo la restriega fuertemente con una esponja embebida en agua de rosas (el obispo se ha revestido para ello con una túnica de lino sobre su hábito), asistido por los prelados asistentes. Además, la mesa ha de ser hecha, en lo posible, de madera olorosa, las más de las veces de ciprés. También se usa en las Iglesias ortodoxas el ciprés para hacer con esa madera los cuadros sagrados que han de adornarla. También se emplea en la consagración de un nuevo altar otra substancia aromática que consta de diversas esencias juntas. Se llama ésta “mastíc de cera” y se compone de una mezcla de cera virgen, blanca, con almáciga, que se saca haciendo una incisión en la corteza del árbol sagrado (de almáciga), y que Lutero tradujo por “Würze aus Salbe”, que quiere decir “esencias de ungüento”, y que consta de incienso de Esmirna, áloe, tomillo, resina de pino e incienso blanco. Una vez fluida esta mezcla, cuya proporción cuantitativa está bien determinada en los libros litúrgicos respectivos, se hace una masa verdosa, movediza y en ella se refriegan, sobre la mesa del altar, pequeños fragmentos de reliquias y se echan en un vaso de forma de cáliz. Con eso termina la consagración. Después, se recubre la mesa del altar con un paño habitual. Pero no todas las iglesias poseen tales reliquias sobre el altar. Todavía sobre éste hay siempre una carpeta doblada, de seda amarilla o roja, en la que está representada la escena del entierro de Jesús y en cuya parte superior y por detrás, en forma de bolsillo, hay fragmentos de reliquia fijados por la mano del obispo con la misma masa de almáciga. En las iglesias griegas, esas toallas de seda se llaman “antimínsía”, cuyo uso remonta a los primeros siglos de la era de Cristo, no se realiza ninguna cena o fiesta eucarística: sobre ese paño desdoblado quedan la patena y el cáliz. Dada la prolija fabricación de la “almáciga”, el obispo consagra a la vez una cantidad de esas “antimínsías” . Otra de las substancias fluidas que pertenece a las más exquisitas esencias que son harto numerosas y de que hacen uso en sus cultos no solamente la Iglesia ortodoxa, sino numerosas iglesias orientales, es el santo “myron”. En el diccionario tal palabra figura vertida por “óleo consagrado” u “óleo ungidor”. Etimológicamente no siempre cuadra así, pues la palabra griega “myron” proviene del hebreo, donde con la partícula “mor” (análoga de “mar”, amargo), indica la mirra hecha ya una resina de color castaño obscuro, sacada del “Balsamodendron mírrha” (Linné), originaria de la Arabia feliz. También aquí el nombre fue sacado de un componente único aun cuando no el principal, y se extendió después a los demás. En realidad, en la composición del santo “myron” entran varias esencias fluidas o sólidas que en la iglesia rusa, según pudimos estudiarlo personalmente a fondo, son veinticuatro; en tanto que, según referencias de obras literarias, la iglesia griega de Constantinopla utiliza para ello cuarenta substancias. Cada una de esas plantas está impregnada de una fuerza curativa excepcional, y es muy posible llegar a la realización de curaciones extraordinarias aspirándolas como perfumes. Otros tantos ingredientes contienen los santos óleos de la iglesia gregorio-arménica. Todavía no se les ve en el lecho de los enfermos; sólo se les impone a los sacerdotes fallecidos. No nos interesa enumerar aquí uno a uno esos ingredientes. Quien se interesare por conocerlos no tiene más que buscarlos en el libro “Rito Mortuorio y antiguos oficios divinos de la Iglesia griega-católica ortodoxa de Oriente”, por el Pbro., Maestro de Teología, A. von Maltzew (Berlín, 1898), que durante muchos años fue sacerdote oficial de la antigua iglesia de la embajada imperial rusa. En la segunda parte de esa obra, de las páginas 89 a la 114, se describe el rito de la preparación del “myron” en amalgamación y se mencionan, separadamente, los ingredientes. Basta con recordar aquí que la ceremonia sagrada comienza anualmente el lunes de la semana santa y que las substancias aromáticas, entre las que tienen un papel importante el vino y el aceite de rosas, se cuecen ininterrumpidamente hasta el jueves santo. Durante ese tiempo se leen ciertos fragmentos de la Sagrada Escritura, preces alusivas, y se profieren ciertas fórmulas sagradas. El fuego que se coloca bajo la cacerola es encendido por el obispo de la más alta jerarquía; en la iglesia rusa de la era zarista, lo era también por un metropolitano; en la iglesia rusa de hoy día y en las iglesias independientes de la cristiandad ortodoxa, también por un patriarca. Cuando éstas no reciben el “myron” directamente de Constantinopla, el mantenimiento de este fuego corresponde después a otros obispos, religiosos de alta graduación y hasta a seculares. Para preparar el santo “myron” había en el histórico Kremlin (hoy día sin duda ya no existe), una sala especial, de regular tamaño, la llamada “Myrowarennaja Palata” (cocina del myron). Veíase allí en un gran fogón revestido de loza ricamente adornado, tres gigantescas cacerolas de plata de casi 1,50 metros de alto y un diámetro correspondiente, en las que se echaban durante todo el tiempo de la fabricación las esencias perfumantes. Una vez terminado esto, se sacaba el santo “myron” que quedaba del año anterior y con él se llenaban doce jarrones de alabastro de color rosa natural, todavía originarías de la antigua bízancio. Entonces, viejos y venerables sacerdotes transportaban los jarrones a la iglesia de los “Doce Apóstoles”, también en el Kremlin. Allí se le depositaba al pie de la mesa-altar. Esa iglesia no servía para ningún otro oficio divino. De ahí, según las necesidades, el santo “myron” era entregado a los obispos diocesanos, los que, a su vez, lo repartían a los sacerdotes de las parroquias para ser utilizado por el sacerdote, que al mismo tiempo hacía de médico, usándolo como agente curativo. Ese “myron” sagrado se usaba también en la coronación de los monarcas como un ungüento, lo que, según parece, pocas veces aconteció. Sabíase, sin embargo, que el Zar estaba pronto para curar con él a los enfermos imponiéndoles las manos; también se sabe que el rey inglés era ungido con él. Es igualmente muy importante el rito eclesiástico de la santa unción “myron”, que se realiza inmediatamente después del bautismo y que, hasta cierto punto, corresponde a la confirmación occidental. En eso también se veía por qué en la iglesia ortodoxa las criaturas pequeñas eran llevadas por sus madres a recibir la comunión. Además, limítase el uso del “myron” a aquel sacramento que podríamos llamar la “extremaunción” católica romana (en alemán, “letzte ólung”) , pero según el concepto de los ortodoxos tiene otra significación. La iglesia armenia sólo aplica la extremaunción a los sacerdotes, y esto, cuando ya están muertos. Cabe notar, además, que la lucha por la prerrogativa de la fabricación del santo “myron” en las iglesias orientales, fue muchas veces causa de amargos disturbios, cuyas consecuencias aun hoy día se dejan sentir. Mientras que en las ceremonias del culto que hemos mencionado como, también en los sacramentos, las substancias aromáticas deben considerarse como accidentes, atribuyéndoseles significación simbólica de portadores de la gracia espiritual, para nuestros fines, es interesante poder referir una consagración dentro de la iglesia ortodoxa, en la cual, de la plegaria que la acompaña, se deduce claramente que a las hierbas aromáticas no sólo se les atribuye fuerza curativa o protectora cuando se las traslada al dominio religioso, sino también que su fluido fragante, se conoce directamente como remedio, en el sentido médico, para los males físicos y como profiláctico para los animales de las casas y quintas, contra cualquier machacadura o lesión. Para terminar esta disertación sobre el uso de los ungüentos aromáticos en la vida del culto de la iglesia ortodoxa, transcribiré este breve texto. Sólo reproduciremos aquí el tenor de esa curación no recortada en la traducción alemana y copiada de la redacción fidedigna griega de una edición de la iglesia eslava (paleobulgárica) , hecha por “Trebník” (Moscou, 1902, 2.3 parte). Advertiremos que de la misma oración existe ya otra versión alemana bajo el título de “Oración para la bendición de hierbas aromáticas” en la publicación ya citada, del libro del Pbro. y maestro de Teología A. von Maltzew, página 791. Esa obra es hoy una curiosidad bibliográfica muy difícil de obtener. Oración para consagrar cualquier planta odorífera “Señor, Dios omnipotente, que todo lo llenaste con tu verbo y a la tierra ordenaste que produjera todos los frutos a su tiempo y diste la alegría y la vida a los hombres. Tú mismo, buenísimo soberano, bendice y consagra con tu Santo Espíritu estas semillas junto con las varias hierbas traídas a este templo sagrado, y a estos tus vasallos que reciben estas hierbas y semillas; límpialos de toda mancha, y llénales las casas con todos los perfumes, para que ellas y ellos y todos los que en ellas creen se sahumen, se preserven y libren de todas las celadas enemigas y los defiendan de todas las tentaciones que tengan, de día y de noche; de las actividades del demonio, para bendición de tu pueblo fiel, en el alma y en el cuerpo, así como a su ganado y todos cuantos pertenecen a sus casas y moradas. Para que todos los que usaren estas hierbas reciban protección en el alma y el cuerpo y para que tu misterio de la gracia (misterio sacramental), sea el sagrado remedio de nuestra redención; para que en cualquier lugar donde sea depositado o usado para atraer bendiciones, tu diestra después de haber dispersado las fuerzas enemigas, lo cubra todo con la soberanía de tu único, majestuoso y venerado Nombre, donde reside toda la soberanía, honra y adoración, con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos, ¡¡Amén!!” Entonces se rocían en forma de cruz y por tres veces las hierbas con agua bendita. Por último, citemos aquí para completar nuestras informaciones del empleo de los aromas en el culto de la iglesia ortodoxa oriental, el ejemplo de una, hoy insignificantísima hermandad de civilización egipcia, cuyo curioso uso encontramos entre los coptos. Allí predomina en muchas, sino en todas las esferas populares, la creencia de que se puede obtener el perdón de los pecados quemando incienso y confesando los pecados ante los vapores aromáticos que exhalan, aun cuando no sea necesaria la presencia del sacerdote, a quien sólo corresponde el poder de absolución. Bajo este concepto, se atribuyen también a los perfumes fuerzas purificadoras en sentido religioso. Nos encontramos así, en este caso, frente a una concepción que se asemeja a ciertos principios mágicos del chamanismo o de las cosmologías relacionadas con él. El doctor Steiner, fundador del movimiento antroposófico, introdujo la ceremonia del culto que en la comunidad cristiana conocemos por “consagración de los hombres”, el director de esa comunidad, es el doctor Rittelmeyer, teólogo universalmente conocido por sus notables obras. A esta hermandad pertenecen hombres célebres como el profesor Herm, Beckh, el licenciado Emilio Bock, el botánico Johannes Hemleben, etc., etc. En esa congregación de personas, salidas de círculos apegados principalmente a la iglesia protestante, se quema también incienso. El doctor Stéiner pensaba que la defumación cabe tanto en los actos del culto como en cualquier curación. A mí mismo me afirmó él que el empleo de los perfumes y los sahumerios tenía en las curaciones un campo antiquísimo de aplicaciones, así como un futuro espléndido. Tuvimos la gran suerte de ser amigos y discípulos, asistiendo a las clases universitarias del doctor Steiner y a ese genio debemos muchas indicaciones para la aplicación de la Osmoterapia. CAPÍTULO TERCERO Perfumes y esencias en el culto del Budismo Otro campo, más vasto aún, que debemos recorrer, siguiendo las fragantes huellas de las substancias aromáticas, es el del budismo. Los judíos tomaron muchas cosas del budismo. Éste estuvo de moda en los últimos siglos y muchos han escrito sobre su doctrina sin conocerla a ciencia cierta. Nosotros no tenemos a la vista la vitalidad de esa doctrina n i su utilización táctica tal como la predicó Gautama Buda y hoy se difunde en las comunidades budistas. Sería imposible describir aquí el uso de todas las substancias aromáticas. Cabe observar todavía que el propio Buda repudiaba cualquier veneración en el culto, pues su doctrina tiene por fin una cosa, contar con la existencia de divinidades, y en estas mismas se da un papel secundario, con relación al fin aspirativo de todos los seres. El budismo primitivo no es religión, como nosotros la entendemos. Era ateo, y para sus adeptos, aún hoy día, no hay oportunidad de ofrecer a ninguna divinidad la pureza primitiva. El desarrollo del budismo es poderoso, especialmente en las escuelas del norte, entre los chinos, y tibetanos y mongoles y también en el lamaísmo. Por cierta ironía del destino histórico, de esa doctrina atea o filosófica puede formarse una religión en el sentido exacto de esa palabra. En un principio el cielo de Buda era el desierto de los dioses o del dios; pero fuese poco a poco llenando de tal modo que hoy puede considerarse como un panteón de primer orden. En número, el cielo budista no puede ser superado por ningún otro de cualquier religión. Se encuentran allí, junto a los dioses propiamente dichos, los budas imaginarlos, los santos, los ángeles, las hadas, los demonios, los genios protectores y particulares y los poderosos encantadores del sistema tántrico. Solamente el Olimpo Mejicano, que tan sólo de “pulques”, esto es, “bebedores” tiene 400 dioses, puede competir con él. El germen productor de ese panteón budista, lo creó la figura de Gautama Buda y aquí entran en escena los perfumes y perfumadores. Ya el uso de substancias aromáticas, bajo la forma de incienso, ante la estatua de Buda, extraña mucho, pues él mismo exigía de sus adeptos que renunciaran a la práctica de las perfumaciones. En el catecismo budista de Olcott, edición de Carlos Seidenstückre, Leipzig, 1908, pág. 80, entre los deberes de ellos, recogidos por un lego, leemos lo siguiente: “Observo el mandamiento de abstenerme de joyas, perfumes, especiería y todos los adornos”. Más adelante, en la pág. 87 del mismo libro, podemos verificar que la ofrenda de flores, incienso y velas aromáticas ante la imagen de Buda, pasa por algo muy digno de alabarse en la conducta de un creyente budista. Yo, que vivo muy lejos, en las afueras de Berlín, ando a veces por la floresta y luego de encaminarme al templo budista de Frohnau, puedo cerciorarme de que siempre hay flores muy fragantes ante la estatua de Buda, y en invierno, ramas olorosas de pino. Arriba, en dos terrazas, hay una gran cacerola de bronce: proviene de un pueblo japonés y sólo sirve para vaporizar perfumes. Históricamente considerado, este uso de los sahumerios debe remontarse al hecho antiguo de honrar a los Maharahaes, en las Indias, cuando al entrar en una casa. Se les recibía quemando esencias y depositando flores olorosas en su sillón, encendiendo pebetes, como una expresión de la honra que se le tributaba al soberano universal. Eso debe haber pasado después al soberano de la religión, “Dharmarahá”, como parece que fue denominado después Buda, hasta terminar en un culto general. Se explica también así que, a veces, encontremos en las figuraciones que se hacen del panteón budista, especialmente en pinturas en el Tibet y en Mongolia, como también en las llamadas iglesias lamaístas, incensarios que arden ante el protagonista. En lugar de ellos aparece en el templo, junto a las estatuas metálicas o hechas de madera o arcilla las más de las veces doradas, un incensario real. El conocido investigador del Asia doctor Wílhelm Filchner, portador del Premio de Cultura del Reich, cedido por el Führer, en su obra reciente, valiosa y sobre todo instructiva “Kumbun Dschamba Líng” describe el convento de las cien mil imágenes de Maitreia (F. A. Brockhaus, Leipzig), en el cual, habiendo penetrado en el Tibet oriental, cuando en su último viaje (1926~28), pinta la vida y actividades de uno de los monasterios del lamaísmo, y nos describe una serie entera de incensarios de los templos particulares de dicho claustro. Por las láminas que trae el libro, preciosas reproducciones fotográficas y dibujos detallados, podemos darnos cuenta del arte lamaico que se preocupó, con especial cariño, de esos incensarios. Casi siempre son hechos de metales caros, claveteados de piedras preciosas, y tienen a veces dimensiones considerables. Lo mismo se observa en las inseparables lámparas benditas, para las que apenas sirve de combustible la mantequilla ordinaria, sin sal, del lugar, o sino, muchas veces, el aceite aromático. También se hallan a veces, junto a los altares y en soportes especiales, pebetes impregnados de varios aromas. Esos incensarios y pebetes arden perpetuamente en el santuario y no deben extinguirse nunca, de modo que hay que alimentarlos continuamente. Las mismas cenizas de los pebeteros se juntan minuciosamente y se agregan a ciertos preparados medicinales. Esta costumbre no sólo se observa en los templos lamaicos del Tíbet y de Mongolia, sino también entre todos los budistas y más todavía entre los taoístas de la China, y es muy posible que el lamaísmo haya sacado de ahí el uso de los ceniceros para los restos de las velas perfumadas. Por otra parte, según informaciones del especialista ruso de la zona lamaica, profesor Pozdonegef, desgraciadamente fallecido hace más de una década, el empleo de pebetes de procedencia china en los conventos lamaicos y templos de jurisdicción china, fue prohibido por el alto sacerdocio, por miedo de que las mutuas relaciones entre lamas y chinos resultaran una desfiguración de las prescripciones. En cuanto a las velas perfumadas que arden en los templos lamaicos y que también se usan en las procesiones, tienen reglas especialísimas. Tales velas o pebetes se llaman en el lenguaje del culto del lamaísmo “dug-boi” o “dugbo” (escrito bdug spos). Ambas sílabas, traducidas literalmente, significan exactamente lo mismo, es decir, perfumador. Otros ejemplos en idioma tibetano nos autorizan para interpretar la sílaba “dug” (“bdug”) como abreviación de la palabra “dugsching” (escrita “bdug sching”), con que se designa una variedad de enebro a la que los botánicos, por indicación del diccionario tibetano del hindú Sara Chandra Das, en la página 666, llaman “Juníperos excelsus”. Ese arbusto, según las ideas indotíbetanas, debe, según su esencia, y por excelencia, servir para el que lo suministra, de perfume para fines del culto. Se comprende mejor esto, si observamos que los hindúes designan ese arbusto en el sánscrito sagrado, por “devadara”. Entre los mongoles que pasan por conocer el lamaísmo, los pebetes se llaman “Küdschí”. Esas finas velas humeantes consisten en una masa dura, resinosa, proveniente de una especie de junípero, cuyo porte según los investigadores autorizados, Przewalski, por ejemplo, alcanza a veces, la notable altura de tres metros. Las velas usadas en el culto lamaico son más pequeñas que las de la China. Además, en las iglesias lamaicas no debe sentirse ningún almizcle, pues como ni las cobras ni los lagartos soportan su olor, podrían ahuyentarse de los templos. Para impedir que también se extingan los seres menores en los templos debido a las velas humeantes, los monjes, protegen durante la estación ardiente debajo de una linterna, como lo refiere en su libro el ya citado doctor Fílchner. Como los mandamientos budistas mandan no perjudicar a ningún ser viviente, el lamaísmo también aplicó esa regla y a eso se debe, en suma, el que se prohíba prender las velas chinas; pues en su fabricación entra el cebo, que también es producto animal, recubierto de una capa de cera. Por lo tanto, esas velas dan humo feo que deposita un sedimento y obscurece las imágenes del altar. Además de las velas humeantes y de los vasos mencionados, en el lamaísmo se conocen los incensarios parecidos a los que usan los católicos aunque un poco diferentes en su forma y acabado, como en su mayor peso y tosco trabajo de mano. Pero, en el lejano Tíbet, se conocen elegantes tipos de vasos para el servicio del culto. Al respecto, Austin Waddell, miembro de la conocida expedición inglesa a la capital de ese país, nos informa en su libro “Lasha and its Mysteries”, que Dalaí Lama mandó fabricar a un joyero de París incensarios de oro. También se encuentran ahí algunos de Pforzheím, cuya marca está inequívoca a primera vista1 La diferencia en el uso de los incensarios está en el que el monje oficiante no lo hace oscilar suspendido en cadenitas, sino que se sirve de un corto cabo. En el culto lamaico se queman diferentes resinas denominadas con el término general tibetano “dug ba” (bdug pa, más arriba “bdug spos”), o también “ssang” (escrito “bsang”). Es interesante anotar que los mongoles que importaron para su idioma la expresión tibetana, asimilan todavía la del mongol puro “íden” (escrito “idegen”), a la nutrición (entiéndase alimentos). De modo que el incienso en ignición o el perfume del vapor que se desprende y sube, equivale de alimento, de manjar, a la divinidad. La expresión total, medio tibetana, medio mongólica, es “ssang-uniden”. En los claustros que no se pueden dar el lujo de emplear incienso legítimo en forma de resina, hallamos, tal como entre los israelitas, hierbas odoríferas, que reunidas se queman después de secas y pulverizadas. Los incensarios suspendidos por cadenitas se llaman entre los tibetanos “boí-por” o “bo-por” (escrito “spos por”), lo que, descompuesto, significa, “vaso de incienso”. Los mongoles emplean la misma palabra. La expresión “hacer subir incienso a los dioses”, se traduce en tibetano por “1ha-la podschi dugba”, y en mongol “tenggrí-dür anggílachu”. Séanos permitido referir ahora un interesante giro muy opuesto según Sara Chandra Das, de la literatura tibetana; “ssabhg ssel” (escrito “bsangs bsel”) . Conforme refiere ese escritor hindú ello significa: incienso que borra la mancha (en este caso, el pecado, la culpa). Comparemos esta misma idea con la acción del incienso, que tuvimos oportunidad de conocer, por idéntica costumbre de los cristianos coptos, según la cual el creyente confiesa sus pecados ante el incienso y espera, de este modo, obtener el perdón de ellos. Según el obispo Leadbeater, eso sucede porque nuestros pecados y faltas repercuten en el cuerpo astral y son eliminados por los perfumes que tienen acción astral. A esto hay que añadir que en el lamaísmo se conoce todavía un acto religioso especial, y que se refiere a las velas que dan mal olor cuando se queman. Es un rito, según el cual, por el poder mágico de un Lama, dotado de capacidades especiales y conocimientos tántricos, todos los pecados de la respectiva comunidad se condensan en un títere de pasta, con cara de hombre, o un pastel oblatívo (en tibetano, “gtor ma”). Las emanaciones de substancias vegetales mal olientes, al arder, suben y envuelven, según este ritual, la figura de pasta. Su destrucción se hace siempre fuera de las murallas del claustro, y los monjes, que hasta allí conducen a la víctima, se cubren con una fina red la boca, para no ser damnificados por la imponderable exhalación de la funesta figura. Si la víctima tiene figura humana, es despedazada al llegar al lugar de su destino, lanzados a la estepa sus pedazos y, las más de las veces, quemados en una hoguera. La gran significación que los budistas atribuían a la fabricación de los perfumes para los dioses puede deducirse del hecho de que “Magajuna” uno de los más notables filósofos del budismo “Mahayana” haya compuesto en sánscrito una obra sobre la preparación de velas perfumadas, trabajo del que subsiste hasta hoy una traducción tibetana. El título alemán sería, más o menos: “Perlenschnur Des Kleínods der Waíhrauchbereitung” (en español: Collar de perlas de la Joya de la preparación del incienso). A ningún médico, sacerdote hindú, de cualquiera región del país le es dado ignorar ese libro. Merece especial atención, el hecho de que el lamaísmo tenga figuras santas modeladas en barro, al que le agregan gran cantidad de hierbas aromáticas. Sí, hay algunas de esas figuritas hechas exclusivamente de materias aromáticas comprimidas y que sólo sirven para fines del culto o para fines curativos. Entre esa colección debemos destacar las estatuas de Buda, conocidas con el nombre tibetano de “dscho” (escrito “jo”, por abreviación de “jo bo”), esto es, del señor o “maestro”, que vamos a encontrar tanto en Lasa (capital del Tibet) como en el claustro mongólico “Erdeni Dsu” y, el precioso “dscho”, y en Pekín. Todas ellas, lo que es más importante para nosotros, son talladas en la tan apreciada y por sobre todas las maderas la más olorosa, el sándalo (Síríum, Myrtifolium) , en sánscrito “candana”, y por los tibetanos conocido con el nombre de “tsandan”. Cuando en la literatura lamaica se alude a estas estatuas, se desprende inmediatamente que son de madera. Fuera de eso, en todas partes, en el Tíbet y en Mongolia, se emplea la medula del sándalo oloroso, del que hay gran variedad, para la preparación de perfumes y muchas veces como base medicinal. En cuanto a su empleo en el culto hay un libro que se titula: “La sublime oración del sándalo”. Otro específico aromático es el “akaru” que sirve, entre otras cosas, para la fabricación de las varillas oficiales de los sacerdotes-guías y de los médicos iniciados. A veces los recipientes (tazas) que entre los monjes lamaicos substituyen los antiguos platillos para las limosnas búdicas, son hechas de esa clase de madera. Además, del techo de los templos de Lama, penden bolas de paño, por lo general muy grandes, que constan de once almohaditas o saquitos cosidos, dentro de los cuales se colocan diversas hierbas fragantes que embalsaman el aire. Según lo dice el profesor Pozdnejes, estas bolas se llaman entre los tibetanos y mongoles “tschimapurma”. No es necesario decir que allí comparecen los enfermos que buscan curación mediante la aspiración del perfume. Es preciso anotar que en todos los altares de los lamaístas figuran dos bacinetas para el sacrificio; una con una vela perfumada y la otra llena de agua saturada de esencia. En muchos conventos de Lama, de las regiones del Buthan o Síkkim, que están en regular comunicación con los angloindúes, vemos que se ha substituido el agua perfumada de los altares por joboncíllos de proveniencia inglesa. Como se ve, con esto los lamas llegaron a la conclusión de que tal procedimiento disminuye en mucho los gastos que les impone el culto. Es algo casi imposible colegir, de la voluminosa literatura lamaica, todos los pasos que dicen relación con las esencias o que hacen alusión a ellas. Podemos traducir dos estrofas referentes a las mismas, de un devocionario lamaico. Ese texto sólo existe en idioma tibetano y se remonta a un escrito del antiguo y venerable sánscrito, el “Aryabhadracaryapranídhanaraja”. Dice así: Flores sublimes, escogidos rosarios de florecillas, Música y ungüentos de deliciosa fragancia, Luces esplendentes y los mejores perfumes Traigo a los victoriosos (los budas) Magníficas túnicas y extra finos perfumes, Saquitos llenos de pebetes partidos, Iguales en número a las montañas del Mirú, Y todas las más lindas creaciones Traigo yo a los victoriosos. Completando lo dicho anteriormente, mera muestra de las indicaciones valiosísimas sobre el empleo de esencias en el culto lamaico, hay que agregar todavía, que en los atrios de muchos templos se encuentran grandes urnas donde, durante ciertas festividades, se queman substancias aromáticas. El doctor Filchner, en la pág. 70 de su citada obra trae una linda fotografía de dichos incensarios. Otros incensarios más sencillos, hechos de ladrillo o simplemente de barro se pueden encontrar en los patios o tejados de las casas tibetanas y en cuyas cercanías se ven diversos emblemas místicos (ver, por ejemplo: “Mi viaje por el Tíbet”, ed. 1914, V. II, figura 14). Los vapores de incienso y las esencias desempeñan un papel predominante en las prácticas adivinatorias del lamaísmo, poniéndose en trance el medium por influencia de ellas. Frhr von Perckhammer, hizo un cuadro que no ha sido expuesto hasta ahora, en el que se representa a un lama, en el patio del Yungho-Kung, en el templo de la Eterna Paz, presagiando justo a un incensario. Entre los utensilios del templo budista ya sea de la China, Corea o Japón, encontramos una serie de accesorios destinados a servir de recipientes en la cremación de esencias: cacerolas, bacinetas y urnas, muchas veces de una semejanza pasmosa con los conocidos “katzi” de la iglesia ortodoxa. Todavía no encontramos en el culto nipón de Buda, en ninguna parte, el incensario suspendido en cadenitas de correderas, que vimos en el lamaísmo. Merece tal vez mención en lo tocante a las correlaciones entre esencias y religión, el hecho citado por Chandra Das, en su Tibetan-English Diccionary (Calcuta, i 902, página 653) ; y es que el lamaísmo originario de las indias reconoce un grupo de semidioses y genios, llamados en sánscrito “Gandharda” y por los tibetanos “Disa” (escrito “Dri za”). Ambas expresiones significan literalmente “consumidores de perfumes” y son tenidos por seres imaginarios, venidos de una zona aromática de profusa vegetación, el “Gagdhamadna”, en el Himalaya. Según Jaeschke, célebre misionero, los tibetanos creen que esos “disas” pueden tomar la forma de insectos, y que no sólo pueden revoltear por las florecillas y otras plantas olorosas sino también sobre los montones de basuras y cadáveres y alimentarse de sus olores predilectos. Ciertas escuelas de misterios en la India enseñan que las larvas astrales se alimentan de las exhalaciones de los morfinómanos y alcohólicos. Que esos seres, incitan a sus víctimas a absorber continuamente las drogas venenosas y de ahí deducen que tales pacientes sólo se pueden curar cambiando dichas exhalaciones, mediante la aspiración de ciertas esencias. Volveremos sobre esto más adelante. Nota. Valiéndonos de las prescripciones de esas escuelas hemos podido curar alcohólicos, morfinómanos y víctimas de otras drogas heroicas donde habían fracasado otros tratamientos. CAPÍTULO CUARTO Plantas aromáticas del Oriente No sólo la iglesia greco-oriental (ortodoxa) tiene de común con la iglesia romana de occidente el uso del incienso, sino también otras iglesias de oriente, como la armenia, la copta, la siria, la abisinía, la índica de los llamados cristianos tomistas y hasta los gnósticos, etc. Para el incienso no sólo emplean el conocido incensario suspendido por cadenitas de corredera, sino que especialmente en los pueblos balkánicos y en las sectas del rito antiguo de la iglesia rusa, se le echa en un vaso metálico más liviano, que consiste en una concha de superficies adyacentes unas a otras, la que se fija en un mango de tamaño determinado. En los Balkanes, ese utensilio se llama “katzi”. Podemos ahorrarnos de dar la etimología de la palabra que se emplea tanto en el lenguaje eclesiástico de los griegos como de los rumanos y rusos. Probablemente proviene de la expresión turca “Katzani” que quiere decir caldera, aun cuando por otro lado parece emparentada con la raíz eslava “kad”, que significa, como lo explicamos, sahumar. Hay que advertir como muy explicable y comprensible, que tanto en griego como en los idiomas eslavos, las expresiones de incienso, de sahumar, decazolita, se asocia al significado de una planta fuertemente aromática. Para el griego, el “thymian” (Thymus serpyllum) no solamente como entre nosotros conocido como hierba comestible, sino también curativa, llamada en alemán “Feldquendel” o “Feldkümmel”. (En español, alcaravea, comino del prado y una de las variedades del tomillo.) Nuestro tan común “thymian” (tomillo), no es sino un derivado de “thymos”, expresión que todavía se usa en griego moderno como una expresión botánica, escrita y hablada, para determinar las plantas en cuestión. El pueblo dice “thymari” y de esa raíz salieron “thymiazein” (fumigar) “thymiama” (fumigación, sahumerio) y “thymiaterion” (cazolita). En vista de la acción estimulante que produce el “thymian” o tomillo, cuando se le restriega entre los dedos, especialmente en las constituciones débiles (las flores de las plantas sirven también para llenar las llamadas almohadillas de hierbas), no podemos rechazar la suposición de que exista, con toda probabilidad, una relación entre dicho “thymos”, acentuado en la primera sílaba y “thymós”, acentuado en la última, con el que originariamente se designó el principio vital o la vitalidad de las personas. Esa palabra se usa mucho, por ejemplo, en el idioma de Homero, para designar el corazón y el alma como sede del sentimiento y la voluntad, la pasión, el deseo, especialmente de comer y beber y finalmente del carácter. Luego se advierte cómo la forma de la palabra tiende un leve hilo de unión activa del aroma “thymian”, para el objeto de tal acción sobre el hombre, como portador de las manifestaciones vitales de las llamadas funciones. No puedo dejar de mencionar que el Montserrat, la montaña sagrada del Graal. cerca de Barcelona está lleno de tomillo de maravillosa acción curativa. Después de cuatro años de permanencia allí, llegué a la suposición de que una buena parte de las curas maravillosas que se consiguen positivamente en Montserrat son efecto de las emanaciones del tomillo. Hice desde hace tiempo algunos experimentos con esencia de tomillo y obtuve siempre resultados asombrosos. Pasemos, todavía, a otra planta de olor acre, muy apreciada por los eslavos confinados en la más áspera región septentrional. Es el enebro (Juniperus comunis y otras especies) . Los polacos eslavos lo llaman “kadik”. También la población de la Prusia Oriental y Occidental y de la antigua provincia de Posen, conocen por ese nombre al aromático arbusto. La raíz de la palabra eslava “kadik.” la encontramos nuevamente en las expresiones que aquí nos interesan en todo el vasto campo de la lengua de la iglesia eslava o, según los lingüistas, paleobúlgara. Allá se dice por incensario y sahumerio, “kadílo”; por sahumar, “kaditj”, y por perfumación, “kaschdenije”. Como materias aromáticas para quemar en defumaciones en los incensarios o braseros sobre carbón de madera, como se hacía antiguamente en Alemania para planchar ropa, notaremos resinas de diversas procedencias, las más con otros agregados vegetales, cuyo valor es a veces grande, La palabra griega “ladanon”, de la que también se sirven los eslavos como “ladan”, sirve de término general para designar cualquier incienso. En las iglesias más pobres de las poblaciones eslavas se quema enebro, a falta de algo mejor. El incienso resinoso llega en fragmentos amorfos con aspecto de goma arábiga o, en las mejores y más perfumadas cualidades, aparece en el mercado como preparado duro, y es pulverizado antes de usarlo. Las especies más finas, que dicho sea de paso, la iglesia católica quema en sus festividades, consta de muy variadas plantas y substancias minerales, cuyo examen microscópico ofrece un cuadro multicolor. El uso del incienso es más frecuente en la iglesia ortodoxa que en la católica romana y, en la iglesia armenia, donde el incienso es llamado “gntroug”, el oficio divino permanece completamente envuelto en nubes perfumadas. La víspera de los domingos y días festivos, o al menos la víspera de estos últimos, el sacerdote ortodoxo bendice, en medio de la iglesia, cerca de cinco (panas), hostias, viáticos y, por cada taza de harina y vino, un vasito de aceite. Con el aceite, el sacerdote, una vez terminado el oficio de la mañana, unge a los fieles haciéndoles una cruz en la cabeza con un pincelíto. La víspera de las festividades se agrega al aceite, exclusivamente para tal ocasión, una cierta porción de un óleo perfumadísimo de rosas, cuyo aroma difundido intensamente por todos los ámbitos de la iglesia acompaña a los fieles hasta su casa. Los enfermos se ponen ropa limpia y aun cuando sea mera sugestión, son innumerables los que aspirando ese perfume se curan de sus dolencias. El óleo más caro y mejor se compra en Bulgaria, donde se cultivan grandes campos de rosas fragantísimas, con este fin especial. También en la Venecia de México, Xochimilco, cerca de la capital, hay islas enteras plantadas de rosas, y los indios, según antiguas costumbres, exprimen las hojas para sacar de ellas un extracto que aprovechan para curaciones. Para la fabricación de otra especie que también se usa en el culto de la iglesia ortodoxa griega, la reina de las flores proporciona su incomparable esencia, especialmente para la destilación del agua de rosas, que además de ser muy limitada, tiene comparativamente raro empleo. Los antiguos usos en los misterios de los Mayas prescriben como oblaciones no solamente mariposas, sino especialmente rosas. Idénticos usos encontramos en la iglesia gnóstica, donde se queman rosas en el altar y hasta allí se llevan enfermos para que se curen con su perfume. CAPITULO QUINTO Substancias odoríferas y otras entre los Mayas, Incas y Aztecas Investigando bajo las deducciones paleoepigráficas del Profesor Hermann Wirth en las ruinas de las islas de Pascua, en las de Yucatán y en sus exploraciones a la misteriosa Eleusis, consagrada a Demeter, en Grecia, llegamos a la convicción de que todos los citados cultos fueron precedidos por los primitivos misterios nórdicos. Ellos dieron los primeros pasos de lo exotérico hacia lo esotérico (de lo público hacía lo oculto). El uso de las plantas sagradas y de los perfumes se originó allí. Lo mismo puede decirse de los sacerdotes Mayas e Incas o de los adeptos de los templos egipcios, que cultivaban plantas olorosas y usaban pebetes. No sólo se les usaba como extractos para embalsamar cadáveres, sino también para preparar cierta atmósfera por medio del humo, en sus templos, a fin de influenciar el ánimo de sus prosélitos. Cierto es que en Oriente se encontraban las regiones de los perfumes, pero también las civilizaciones americanas conocieron el empleo de las esencias y todavía hoy día se encuentran indios quetchuas y aimarás, que viajan al pie del altiplano de los Incas, por toda la América del Sur, Central y México, ofreciendo hierbas sagradas y esencias. Hay curanderos que buscando hojas de coca recorren en el día treinta millas, sin sentir el menor cansancio ni fatiga, y que recuerdan a los ascetas semivolantes del Tíbet, (escritos por la señora Neel en su libro sobre el Tíbet. A este respecto, podemos recordar que cuando Cortes llegó a Méjico y Pizarro al Perú, fueron enviados a saludarlos delegaciones del Rey de los Aztecas, Moctezuma, y, respectivamente, del Jefe de los Incas. Lo primero que llevaban de regalo eran esencias para preparar el terreno hacia un entendimiento recíproco. Cuando firmaron la paz, las partes siempre estaban fumando, lo que después se conservó bajo la forma de la pipa de paz. Sería de desear que el usual champagne de hoy en las conferencias (véase Ginebra), fuese substituido por esencias compensadoras. Pero, volviendo a los Aztecas e Incas, podemos demostrar hoy que las pocas enfermedades y epidemias que entonces había, se curaban con relativa facilidad por medio de esencias y baños. Una forma especial de la sífilis, que, por lo general, desaparece comparativamente con facilidad y que no tiene consecuencias, vino de México y tenía su divinidad particular. Esa divinidad, exactamente murió, según la leyenda, en sacrificio voluntario al sol y le dio a éste la fuerza de curar esa enfermedad por medio de sus rayos. Es conveniente leer cómo juzgaban los sacerdotes médicos las sangrías y otras prácticas de los médicos españoles y cómo las repelían con indignación, pues según ellos, eran más perjudiciales que útiles a la salud. No es menester, entretanto, ir tan lejos. Podemos apelar al libro mayor de la literatura mundial, la Biblia,, y ahí encontraremos que los profetas Ezequiel, Isaías y Moisés, prescribían el uso de las esencias, y el sabio Salomón dio instrucciones precisas para la fabricación de pebetes con fines médicos y para el culto. También el pueblo de Israel, siempre comercialmente bien dotado, como ya dijimos, y hoy todavía se revela entre los judíos, se servía de las esencias para trocarlas por armas. Como ya lo indicamos anteriormente, los pueblos primitivos se valían de un sueño especial y artificial para el que aplicaban sus medicinas, entre ellas las esencias, para curar enfermos. Los mexicanos tenían además del “peyotl”, otras plantas medicinales, que alcanzaron gran influencia en todos los países del mundo, entre ellas el tabaco. Apenas llegaron a México los primeros españoles encontraron fumando a los nativos, y no pensaron que ese hábito iría a influir tanto en la vida cultural y económica de toda la humanidad. Las hojas de tabaco eran apretadas en tubos y puestas a secar; después se tragaba el humo. Fuera de eso, había en los templos grandes recipientes en los que se quemaban hojas secas de tabaco. Lo interesante es que en los escritos con figuras del “Codex Troano”, se representaba a los sacerdotes fumando. Por Sahagún, el gran sacerdote católico, sabemos que del tabaco se preparaba una especie de bebida, que provocaba el ya mencionado sueño especial. La receta que todavía conservan los indios, no se la revelan a nadie. En ciertas ceremonias rituales, los sacerdotes deben fumar. Esa misma costumbre la encontramos más tarde entre los indios tupís que ejecutaban sus danzas guerreras fumando. En el Código (farmacéutico) florentino hallamos igualmente un cuadro en el que los sacerdotes deponen pipas en el altar y, además, un dios representado con los adornos del dios solar, Tonhatiu, y el dios del viento, Quetzalcoatl. En la fiesta de Quetzalcoatl, los fieles de rodillas, se presentaban cachimbas (pipas). Asimismo en el alto relieve del altar de Palenque, vemos que la divinidad ostenta por supremo emblema una aureola de humo. En las pirámides y templos se quemaba incienso y en la composición del incienso tenía un papel preponderante el tabaco. Éste conocido por flor Habana, proviene de México. En realidad, el hábito de fumar se esparció del país sagrado de los Mayas, por el mundo entero. Los etnólogos no ponen en duda el que haya sido México la patria del tabaco y del chocolate. También fueron los Incas del Sur los primeros que plantaron patatas. Hoy es muy difícil acentuar la significación de tales productos en todos los países. Es de sentir solamente que la preparación de perfumes de esas plantas haya pasado al olvido y tengamos que recurrir a los papiros en busca de los rituales de los oficios divinos. Las patatas, cacao y tabaco eran plantas sagradas, empleadas sólo y para los consagrados del dios. Fue mucho más tarde que los españoles los hicieron accesibles a la gran masa y de ahí al mundo entero (sacrílegamente, según la opinión de los naturales). Cuando pensamos en la importancia que para todos los pueblos de la tierra tienen esas tres plantas arrancadas del conjunto de un pueblo, nos inclinamos a suponer que existen muchas cosas más en los misterios mejicanos, de no menor importancia. Durante los primeros años de matrimonio, a las esposas estaba vedado fumar, pues ya conocían su perniciosa influencia en la concepción. Es por eso que ello induce a pensar que la inmensa disminución de la natalidad en el mundo se deba, en gran parte, al hábito de fumar que han adoptado las mujeres. “Palíoquina” se llama en el Golfo de Darien a los curanderos, y en las “Tradiciones y cantares de Panamá” el folklorísta Garay nos describe cómo los sacerdotes indígenas aplican las esencias aromáticas al son de cantos mantrámicos, mientras los enfermos son envueltos en una nube de humo y de perfumes. Lo más admirable es que el curandero, al ver las notas empleadas por nosotros en la escritura de la música, se apresuró a transcribir las suyas, siendo digno de notar que las transcritas por él eran las mismas Runas conocidas que encontramos en las tradiciones nórdicas, es decir, las “Runas”, “Hombre”, “Dios”, “Vida”. Y estos mismos indios aseguran que existe correlación entre tono, color y perfume, asunto a que hemos de volver más tarde. Siendo el maíz el alimento principal de los antiguos como en los actuales mexicanos, diremos que con él se preparaban muchas cosas y, entre ellas, substancias odoríferas. En uno de sus códices antiguos, manuscrito, se ve a una mujer cocinando maíz para sahumerios, y el texto dice: “auh in izquitl ín quincequía uel ínpan onmolonja on motecaica icematonaoac tia quivelmatía” (y el maíz que ella tostaba se esparció por todos los habitantes del mundo y, cuando los toltecas olieron el maíz tostado, les olió muy bien). La fabricación de perfumes y esencias hizo que se llegara a la ciencia moderna del asfalto. Sabemos aún, por las narraciones de los conquistadores europeos, que los antiguos mejicanos ya conocían la extracción de esencias del asfalto (alquitrán) , otra prueba de la altísima cultura de ese pueblo. En el calendario mexicano, los festejos de la primavera comienzan con el sacrificio de las criaturas en el altar de los dioses Tepictoton y otros en el templo de Tlaloc. La población mexicana en los primitivos tiempos de los aztecas y mayas se calcula en más de 8º millones. La mujer mexicana es sumamente fecunda, y aun hoy no son pocas las Familias de 20 y más hijos, de modo que así puede comprenderse este uso religioso empleado para contener el fuerte aumento de población. Esas inmolaciones fueron descritas por los sacerdotes españoles como horribles crueldades, sirviendo ellas de pretexto principal para que los colonizadores españoles arremetieran contra la religión y el culto de los indígenas. Cuando comparamos sinceramente hoy día los crímenes que se cometen en torno al artículo 218 del Código penal alemán, tal vez notemos un “plus” para la moral de México en aquellos tiempos remotos. Con respecto a las inmolaciones humanas, es preciso decir que los mexicanos creían en una reencarnación; cada una de esas criaturas se volvía una especie de dios que partía para una más alta encarnación. Los sacerdotes de Tialoc que practicaban actos, para nosotros tan horribles, ostentaban los colores del culto solar y estaban provistos de un saco de copal. Quemaban el incienso y éste, hecho con resinas de árboles sagrados, se mezclaba a los vapores que se desprendían de los corazones incendiados de las víctimas moribundas y eran ahí aspirados ávidamente por los creyentes, para encarnar en sí mismos las fuerzas espirituales de las criaturas. Estaban como en la presencia de dioses y dejaban que el vapor actuara en ellos como un misterio. Si estudiamos las condiciones de las guerras actuales y observamos que los beligerantes apelan al mismo dios implorando victoria para sus ejércitos, nos ha de complacer el relato del cuadro que describimos a continuación y tomado del antiguo país civilizado de los aztecas. En la vasta planicie mexicana acampaban varías poblaciones. Las más conocidas eran los Mexitis, cuyo nombre fue el que sirvió para designar el país; venían después los totonaques, los otomíes y muchos otros, que por lo general peleaban entre ellos, esas guerras no eran tan brutales como las nuestras ni de exterminio. Hasta cierto punto la guerra figuraba como un acto sagrado, Debemos comprenderla como una lucha de los propios dioses que se debía decidir en la tierra. Los hombres eran los instrumentos y los enviados para ello de los dioses omnipotentes. En determinadas épocas y por intermedio de delegaciones previamente designadas, aparecían los adversarios, vestidos de guerreros, en las arenas del combate. Se utilizaba un gigantesco templo en las dos plazas principales y delante de ese templo se realizaba una ceremonia sagrada real, del modo más dignamente posible, quemando perfumes y olores exquisitos en su puerta. Mediante los vapores que ascendían imploraban a los dioses para que bendijesen las armas de ambos contendientes. Entonces, las sacerdotisas, puestas en trance, indicaban el tiempo y lugar en que debía realizarse el primer encuentro. Las batallas se trababan en forma caballerosa. Una vez terminada la guerra volvían juntos para la capital del vencido, a fin de firmar satisfactoriamente la paz, que celebraban con grandes ceremonias y perfumaciones de acción de gracias a uno de los dioses. Entre nosotros, por el contrario, vemos el descortés tratado de Versalles, firmado por los modernos pueblos civilizados que en todo instante discuten las altas conquistas de su cultura. ¿No sería lícito pensar con cierta razón en la conocida frase de Seume: “Mirad, acaso nosotros los salvajes no somos todavía gente mejor”. CAPÍTULO SEXTO Culto y Medicina Tendamos ahora el puente del terreno religioso al de la medicina, aun cuando a veces sea menester tocar nuevamente la religión. Un tema sobre el cual todavía hoy día y debido al mal trato infligido por los sabios, bien poco tenemos que decir, es la medicina de los pueblos lamaicos. Sin embargo, hay una cosa cierta, estrecho es el lazo entre la acción religiosa y la médica, y en el lamaísmo la actividad del culto y de la medicina se hallan reunidas en la persona del sacerdote. Sucede esto hasta tal punto que ahí pocas veces el médico es sacerdote, pero al contrario, el sacerdote es siempre médico. La admisión al estudio de la medicina lamaíca presume una práctica obligatoria de trece años, con todos los especialistas budistas, tal cual lo enseñan en los claustros. El monje que venciera con éxito esa ardua tarea, debía hacerse la idea de ser discípulo del Esculapio búdico y, después de un año de estudio, recibirse de médico titulado. Evidentemente que ahí también aparecen “médicos no recibidos y charlatanes”, pero allá es el éxito en los resultados quien define. Ya dijimos que habíamos de renunciar a examinar más de cerca la medicina lamaíca. Hay, sin embargo, una cosa cierta: La medicina lamaíca trabaja con un repertorio bien organizado, a su modo de ver; en él desempeñan un papel preponderante las esencias de origen vegetal. Salta a la vista que los lamaístas no conocen las combinaciones químicas. Pero, como hijos de la naturaleza, son sus celosos observadores y tal vez con sus ojos y la prolongada experiencia de siglos, vean más que nuestros penetrantes reactivos y nuestros lentes microscópicos. La predominante del tesoro de la medicina india consiste en esencias aromáticas, siendo las más oriundas del reino de Flora. Es digno de notar aquí que la farmacología de las materias aromáticas no se restringe a las olorosas, comprende otras que para nuestro gusto no merecen tal designación. Ellos agrupan estos perfumes en cinco categorías, a saber: repugnante-penetrante, picante, aromática, según el sentido nuestro, rancia y azumagada. La misma división hacen los chinos. A fin de dar, finalmente, al lector una idea sucinta de cómo sabe acumular la medicina del lamaísmo las esencias de las plantas como factor activo, vamos a traducir aquí algunos datos del primer capítulo de “La Quintaesencia de los remedios”, obra cumbre de la medicina lamaica (en tíbetano: “bdud rtsí srjíng po”; en mongol: “rasian-u jirüken”), que tiene especial relación con todo esto. Se describe allí una ciudad situada en la India, en cuyas murallas se dan lecciones de ciencias médicas. Está cercada de jardines floridos y fragantes donde se producen las más excelentes hierbas medicinales. Se enumeran una a una estas plantas. Nosotros sólo citaremos algunas de ellas, como la granada, la pimienta, el sándalo, el alcanforero, la canela, etc. Cuatro montañas circundan la ciudad orientadas hacía los cuatro puntos cardinales, de modo que cada una de ellas produce sus plantas características. En esta obra se describen las fuerzas curativas inherentes a cada planta, entre las que se describe particularmente su perfume. “Con el perfume de sus fragantes, espléndidos y agradables remedios, de cuyas propiedades activas están llenas sus raíces, tallos, retoños, hojas, flores y frutos, se calman todas las dolencias de cualquier persona.” Es de mencionar, todavía, que la montaña que está al oeste de la ciudad y en cuyas faldas crece la “arrura” (Terminalia chebula) la planta panacea de la medicina indotíbetana, se denomina expresamente “montaña olorosa”. En el idioma tibetano se llama “boj (bo) dschí-Ri” (escrito: “spos kyj ri”), en cuya primera sílaba “boi”, reconocemos inmediatamente aquella palabra que antes encontramos para significar el incienso. En sánscrito, ella corresponde a la expresión “gandhamadna” de la cual, como ya sabemos, provienen los “djsas”, aquellos genios que se nutren de emanaciones. De éstas volveremos a tratar más tarde, pues también los autóctonos mexicanos contaban con ellos. Hablaremos ahora de un caso interesante. Las cuadrillas de ladrones de la Malasia (también Insulindja) se sirven de un notable veneno en el ejercicio de sus fechorías. Una campanulasia de elegante forma e inflorencia blanca, que tiene un palmo de largo, produce, desperdiciando lo más posible una gran cantidad de polen. Cuando fresco es propiamente inóculo. Se esparce el polen sacudido de las flores maduras durante algunos días y queda expuesto al sol índico sobre las piedras; este sol abrasador hace que la masa de polen se convierta pronto en un narcótico extremadamente drástico. Los criminales se sirven de ella poniéndose una gruesa máscara (un paño mojado en la nariz) y dándolo con un tubito por la cerradura del cuarto donde pretenden entrar a robar. El narcótico, levemente, alcanza poco a poco hasta los pulmones (le las víctimas dormidas y las entorpece. Media hora de espera, y obtenido el resultado, penetran los asaltantes en la habitación, sin preocuparse de la bulla, matan a los adormecidos, echándoles en un segundo por la boca o nariz grandes dosis del veneno y así pueden dedicarse a su criminal labor sin ser estorbados. Existe la creencia de que las serpientes atraen a los pajaritos con su mirar hipnótico; eso, sin embargo, no es verdad. Existen ciertos investigadores que suponen que todo proviene de cierto olor o especial emanación de la serpiente, capaz de entorpecer o adormecer a los pájaros y forzarlos a inmolarse. Para ilustrar este asunto sirve la siguiente experiencia: enciérrese una serpiente en una caja de vidrio y hágase pasar por el frente a algunos pajaritos; éstos no serán influenciados de ninguna manera por la mirada del reptil. Sin embargo, si se les introduce dentro de la caja, se atontan pronto con las emanaciones. Los antiguos mexicanos que conocían mucho las serpientes ya refieren esto, y al referirlo quisiera mencionar que los indios mexicanos precolombianos, no solamente tenían parlamentos constituidos sobre el principio de un Caudillo, tal como lo tenemos hoy día para bien de la cultura en España, en Italia y Alemania, sino que tenían también congresos científicos, a veces astrológicos, como refiere el Padre Sahagún, sino que poseían también escuelas médicas de las cuales salían médicos notables. Esas escuelas estaban ubicadas en conexión con jardines botánicos donde se cultivaban hierbas aromáticas. Remito al lector al libro “Huaxtepec y sus reliquias arqueológicas”, así como a la descripción del antiguo templo de Ome Tochlí. Habían dos sistemas de curas que se complementaban, la hidrohelioterapia y la osmoterapia. Además de eso, usaban plantas medicinales, algo de fototerapia, sistema curativo basado en la influencia de los rayos luminosos y tratamientos por hechizo o encanto complementaban estas curas, que se mantienen desde entonces hasta hoy día y de los cuales se puede aprender mucho. Cuando tomamos un baño caliente de media hora, eso nos exige un sacrificio de tiempo y paciencia. En el antiguo México, un baño caliente saturado de todos los perfumes duraba un día entero. Yo mismo experimenté ese método y llegué a un resultado sorprendente. Un oficial americano fue desligado de todo ejercicio, por haberle inutilizado una grave hernia2. Años más tarde supo de esos baños mexicanos, se sometió a tres baños en un día y alcanzó completa curación, lo que sólo parecía posible mediante una operación. Podemos suponer con razón, que tal sistema está llamado a volverse, dentro de poco, nuevamente popular y debemos recordar que eso hemos de agradecer a los antiguos mejicanos. Por lo menos nos animará a estudiar todos los sistemas curativos de los aztecas y mayas y entonces encontraremos comprobación para la Osmoterapia. La región originaria de todos los perfumes, en la más amplía acepción del término, ha sido hasta hoy el oriente en la extensión en que se conocía en la antigüedad y la edad medía hasta el tiempo de los grandes descubrimientos geográficos. No he de admirar, pues, que todos los numerosos cultos oriundos de allí, con la larga evolución que tuvieron y en que viven hoy en parte, hayan usado en abundancia materias aromáticas de toda clase con fines ostensiblemente de culto o allegados a él. Podríamos dejar de mencionar las ricas aplicaciones de especias en la medicina si no fuera precisamente el fin de este libro el insistir sobre ellas. Conviene, pues, no olvidar que su empleo estaba en forma predominante sino exclusiva en manos de los sacerdotes y servidores de la religión que casi siempre fueron también médicos. Recordemos que debían poseer un conocimiento especial de las propiedades activas de estas hierbas, especialmente los miembros de la casta sacerdotal, a quienes en el Egipto se les confiaba el embalsamamiento de los cadáveres. La opinión de nosotros, los europeos, sobre ese proceso, es que en él se empleaban, sobre todo, substancias de aroma fuerte, contenidas en el bálsamo que así era denominado en forma general. Sería menester escribir un libro entero sobre estos procedimientos egipcios si quisiéramos seguir de cerca la aplicación de las esencias y su procedencia en cada religión y método curativo del antiguo oriente. Iguales resultados nos daría una investigación de este asunto entre los pueblos todavía vivos, sus religiones y prácticas médicas consagradas por la tradición e instituidas por la experiencia primitiva. Nos limitaremos a ciertas indicaciones que nos proporciona el recuerdo o las más de las veces que hemos visto, lente en mano, de algunos actos del culto de la iglesia ortodoxa, la que con orgullo se denomina greco-oriental. Sus adeptos no se reclutan sólo en Grecia y otros países de levante; a ella se afilian los búlgaros, servios, rumanos, rusos, los del cárpato, georgianos y gran número de árabes. Hasta en Berlín hay una sede de esta confesión en su apacible iglesia, a cuyos servicios he asistido frecuentemente no sólo para escuchar su coro incomparable, sino para ver la cantidad de perfumes que gastan quemándolos ante el altar. Naturalmente que no existen diferencias dogmáticas entre los adeptos de esa iglesia en las mencionadas naciones, en cuanto a miembros de una iglesia y las diferencias de culto sólo se limitan al idioma en que se hacen los oficios divinos. Hemos citado entre las naciones que profesan dicho culto a Bulgaria, y es bueno recordar que esa nación tiene como más importante fuente de riqueza y producto de exportación la esencia de rosas que se elabora en los innumerables laboratorios del país con las flores que abundan muchísimo y son especialmente cultivadas a ese fin. Cuando uno atraviesa el sur de Francia o algunas regiones de España, sus ojos pueden contemplar campos extensísimos dedicados al cultivo de la vid; en Bulgaria existen regiones enteras donde se cultiva exclusivamente el rosal. CAPÍTULO SÉPTIMO Significado del empleo y del comercio de sahumerios y perfumes en la antigüedad y en la Edad Media Para la recolección de las flores y la fabricación de esos perfumatorios son observadas estrictamente las constelaciones de los astros y sobre todo la marcha de la luna, a fin de prepararnos en el tiempo y fechas exactas. Los campesinos de España y de íberoamérica saben mucho de esas cosas. De paso podemos recordar la liturgia de la iglesia católica romana para darnos una idea del uso del incienso en la Santa Misa. En muchos pueblos de ultramar, sobre todo, los católicos llevan sus enfermos a Misa para curarlos, lavándolos con agua bendita y pidiendo al sacerdote oficiante que le bendiga con incienso. Eso entre sus antepasados se hacía siempre y servía de sortilegio. No hay pueblo primitivo, ya sea en el África, en las estepas argentinas, en las islas del Mar del Sur o en el norte de Siberia y sobre todo en la América Central y México, entre los que no se encuentren hechiceros o magos que transmiten de padre a hijo el secreto de la preparación de esencias y sahumerios y que ejercen su especial y lucrativa profesión de curanderos. Son, pues, valores de todos los pueblos primitivos, de los que no debemos reírnos, sino aprovecharlos, llevándolos en lo posible a un nivel científico y aplicándolos en beneficio de nuestros contemporáneos. Los sacerdotes españoles que otrora avanzaron con los conquistadores de México, destruyeron muchos documentos de aquella civilización. Sin embargo, la rica literatura transmitida por el devoto padre Sahagún y otros, nos proporciona informaciones fidedignas respecto a la preparación de las esencias y sahumerios en aquellas misteriosas partes de América. Cuando la naturaleza es pródiga no hay que ser avaro con sus dones, y por cierto que eso no acontecía en México, y sobre todo en Oriente, pues está probado, históricamente, que en el entierro de Herodes cinco mil esclavos iban delante del cortejo llenando el espacio de sahumerios, vapores y perfumes. Por el Nuevo Testamento sabemos que la bella pecadora María Magdalena lavó los pies del Señor con bálsamo y que los secó con su cabellera. Y por los Proverbios del Antiguo Testamento nos enteramos de que Judith friccionó el rostro con ungüentos aromáticos. Los fenicios, artistas en la preparación de tales medíos, se lo enseñaron a los griegos y hoy, al viajar por las montañas que el sol de Homero iluminó, vemos una flora natural magnífica, especial para esos fines. Los griegos, que siempre procuraban importar lo mejor de otros países, sacaron mucho y aprovecharon ese arte de los egipcios. En los cantos de Homero, Hera es friccionada con óleo aromático. Basta recordar las leyendas griegas de la creación de la diosa olímpica Perséfone, la historia de los viajes y andanzas de Hércules y Ulises, para ver cómo en todo, aquí y allí los griegos impregnaban de hierbas aromáticas no sólo sus vestiduras, sino hasta los muebles. Por la Ilíada sabemos que Hera se perfumaba con esencias especialísimas para atraer a Zeus, el gran dios. Hasta se conservan en los nombres de ciertos perfumes los de productos helénicos. Puede decirse que en aquel tiempo cada una de las islas griegas se hizo célebre por un olor especial de su fabricación, lo que se fue transfiriendo, de tierra en tierra, como instrumento de cambio. Uno de los mayores exportadores en la especialidad de esencias fue la Arabia. Su cielo siempre azul que durante ocho meses da en las montañas libre acceso al sol, y que marca a la sombra una temperatura de 45 grados, difunde durante toda la noche un extraordinario rocío que influencia especialmente en las flores con un olor fuerte. Existen ahí florestas enteras de una especie determinada de enebro; ahí crecía el raro “Adenium obesum”. Es imposible fabricar en el resto del mundo incienso tan perfumado como el de esos prados tropicales. De cuán valioso era, por otro lado, el consumo del producto árabe, colíguese de informaciones interesantísimas de un escritor coetáneo, el cual evaluaba el gasto de sahumerios y defumatorios que Nerón había gastado en el entierro de Popea Sabina, su esposa, muerta el año 65 d. J., en toda la producción de Arabia podía proporcionar en un año entero. Pensemos ahora en que Arabia mantenía una gran flota. De Arabia se llevaron después los moros norteafricanos las esencias a España, de cuyas bibliotecas podríamos copiar innumerables recetas de su voluminosa literatura. De España muchas de esas cosas pasaron a la América Latina llevadas por los misioneros, y juntándose allí con las recetas de los aborígenes tenemos hoy, aun cuando algo confusas, una valiosa fuente de investigación que nos ilustra sobre el intercambio entre Europa y América, en asunto tan especialísimo. Es imposible poder fijar los límites entre la leyenda y las primeras manifestaciones de la historia. En México, India, Grecia y la antigua Roma, encontramos innumerables leyendas y cuentos en los que se refieren curaciones de enfermos por medio de vapores y sahumerios, y de ahí puede desprenderse que esa práctica no es de ahora sino de todos los tiempos. En todos los países citados, no solamente en los templos, sino en las casas particulares se colocaban vasijas con plantas aromáticas para procurar con ellas la curación de los enfermos y alejar sus achaques, esto es, estimular el interior del organismo para su propia curación. El que no haya permanecido, ni se haya desenvuelto hasta hoy esas actividades se explica así: Los pueblos de esas épocas combatían en la arena religiosa por sus intereses económicos; desterraron, más o menos, el empleo de los defumatoríos, y así obscurecieron en lo íntimo la comprensión de sus fuerzas curativas que ahora tratamos de reconstruir. Así como los sacerdotes describieron su olimpo con todas las sobreexcelencias de su propio gusto, así tampoco se olvidó Mahoma de mencionar que los lindos cuerpos de las huríes de ojos negros eran hechos del más puro almizcle y por eso envolvían a Alá en su paraíso. El Sultán Saladino ordenó que las paredes de las mezquitas fuesen lavadas con agua de rosas y esa orden se conserva aún hoy día como un hábito. Se protegían con todo esmero ciertas especies de materias fragantes y ciertos perfumes: Plinio, en el año 65 a. J., habla de persecuciones por causa de falsificaciones de ciertos productos aromáticos. Más tarde, vemos que los Estados monopolizan el comercio de las esencias, rindiendo en esa época el impuesto tanto como hoy el monopolio del tabaco y del alcohol. Un ejemplo fehaciente lo tenemos actualmente en Bulgaria con la fabricación y exportación de esencia de rosas. Así como en la Edad Medía los magos y astrólogos tenían un lugar oficial en las cortes, para indicar a los señores con datos astrológicos el posible porvenir, o actuar sobre ellos, suavizándoles las desarmonías de la sensibilidad, así también había perfumistas que, llegada la ocasión, debían preparar la esencia adecuada para las recepciones. Mas no siempre estas cosas, que deberían haber sido sagradas, se empleaban con buen fin. Vemos así que Catalina de Médici, esposa de Enrique II de Francia, se valió de esencias venenosas que ocultaba en su guante para tenerlas a mano y ahuyentar a un adversario o un adorador que no aceptaba. Luis XV tenía un olfato tan especial que exigía que su cuarto fuese perfumado todos los días con una esencia distinta. No siempre un olor drásticamente desagradable es causa de daños en la salud; por otra parte, puede, presentando síntomas que puedan relacionarse a él, ser gran peligro para la salud y en tales casos deben servir de alerta. Se sabe que los vellitos cercanos a los nudos de la caña de la mayor parte de nuestros bambúes son aplicados por muchos salvajes con fines criminales. Se pican los vellitos con cuchillos bien afilados durante horas, secándolos después sobre piedras calientes por espacio de días enteros. Las fibritas, bien picadas al ínfimo tamaño, se curvan en gancho y en ese estado se mezclan, con instinto asesino, a los alimentos de un enemigo odiado. Éstas se enganchan a las paredes de los intestinos, los alimentos siguientes las arrastran e impelen; los intestinos sangran y ya después de la primera deposición de la comida fatal aparece la sangre. Sigue la supuración del canal digestivo y de la dosis suministrada y del número de repeticiones, depende que la víctima muera de esa desgracia a los pocos días, o hasta tres años más tarde. Cabe decir que los alimentos con esa mezcla fatal toman un olor especialmente desagradable, de forma que el que conoce este procedimiento se da cuenta inmediatamente. En Colombia, entre Cali e Ibague, existen bambusales paradisíacamente hermosos. En un viaje que hice por ese edén, mi mujer me llamó la atención hacia la belleza de los bambúes, le conté esa relación y pronto tuvimos oportunidad de lidiar con tales enfermos; desgraciadamente, la mayor parte de ellos estaban irremediablemente perdidos. En la América Latina, los hechiceros se valen de todas las substancias posibles como portadoras de venenos; las más de las veces cenizas, otras sal, y hasta jabón. La víctima recibe de regalo una pastilla de jabón y poco después enferma con su uso. Antiguamente ya se conocía el jabón de lavar; sin embargo, sólo después de 1713 se vieron en el comercio los primeros productos olorosos que constituyen hoy una industria universal. Ya dijimos que en el Tibet se colocan sobre el altar en lugar de las esencias prescritas para el culto substitutos en forma de jabones perfumados, de fabricación inglesa; y así en los últimos tiempos, los americanos dieron con una idea completamente nueva. Esto lo encontramos en un recorte de una revista; se describe en ella un nuevo truco comercial americano: “Sale with smell” (venta con perfume), y es natural que el olor ha de ser bien agradable. Después que las estadísticas establecieron, según observaciones hechas en todos los ramos importantes, que los clientes compran de preferencia las cosas de perfume agradable, fue de lo más natural aprovechar prácticamente esta verificación. El perfumista ganó inmensamente en muchos ramos. Tuvo que luchar ardientemente para conseguir dar a las mercaderías un perfume agradable. Artículos de caucho, de toda clase, que antes tenían un olor desagradable, traían de súbito olor a violetas y rosas. Los tejidos de olor azumagado o a quemado tomaban olor a perfume. Hasta los envoltorios en que los grandes almacenistas de víveres venden sus géneros toman delicioso olor. Con él se va el olor desagradable de la tinta de imprimir. Las medías de seda, el cuero y el papel para los más importantes “magazines” deben tener ahora buen olor. Nadie sabe todavía cuánto va a perdurar esa moda. Para muchos productos tratase de una moda permanente. Sin embargo, la mejor idea fue la de una firma contra incendio que esparció reclamos con olor a madera quemada. Los fumadores saben que el gusto del tabaco mexicano es un tanto acre y el aroma, principalmente en ciertos tabacos habanos, no priva sobre todo si se les compara con los cigarrillos manufacturados en el Estado de Veracruz. ¿Cómo proceden en eso los indios? Preparada una especie de esencia de las más finas hojas del mejor tabaco la derraman en pañuelito y lo depositan en una caja llena de variedades inferiores. Los cigarrillos así tratados mejoran tanto que bien pueden comparárseles a los más finos habanos. Ese proceso debería ser recomendado al fumador mismo, ya que todo se podría perfumar al contacto con la cigarrera. Un corifeo de la ciencia internacional, el Profesor Ballestero, de la Universidad de Madrid, dio hace poco en Berlín una interesante conferencia. Habló acerca del descubrimiento del Nuevo Mundo que fue forjado en la península ibérica e investigó las profundas causas económicas latentes en la búsqueda de un camino a las Indias. La India era el principal proveedor de toda clase de aromas y especias. El interés por esas cosas, entre las que se incluyen naturalmente las materias primas para defumantes y esencias, fue tan extraordinario que no podía ser satisfecho por las vías normales de navegación ni por las caravanas de esa época. Se vieron obligados a buscar nuevos caminos y tierras productoras para traer a Occidente especias en mayor escala. Al principio no fue sólo la caza del oro el estímulo para los grandes descubrimientos. Se sabe que habían en ese tiempo grandes especieros que reunían todos los medios para armar navíos y enganchar a osados navegantes capaces de arriesgar sus vidas por los planes fantásticos de aquella época. Se sabe también que no hay que dejar como de las últimas causas invocadas para el descubrimiento de América el ir a buscar una fuente de nuevas esencias, y para ello de las rutas indispensables. Es verdad que junto con las nuevas tierras se hallaron muchas materias primas de esas especias; y, entretanto, el oro y el ansia de obtenerlo cada vez en mayor cantidad, fue sofocado en los inmigrantes todos los buenos gérmenes, aniquiló la secular cultura y promovió hecatombes de vidas humanas. CAPÍTULO OCTAVO Los sistemas de cura conocidos y sus consecuencias Ya describimos suficientemente el uso del incienso y esencias en la vida religiosa de los pueblos, pero sólo ligeramente dijimos que esos mismos productos son empleados como remedio. Podríamos ahora, bajo el aspecto de la historia de la civilización, alargar la materia y agregar, aquí y allí, muchas cosas interesantes y explicarlas. Sin embargo, la idea de este libro no es sólo, documentar la osmoterapia en la literatura religiosa antigua, sino es establecer hoy las posibilidades de valorizar la utilización y realización de los olores y perfumes en la curación de los hombres. Se nos presenta, irremisiblemente, una pregunta: “¿En este asunto, vale la pena presentar algo nuevo? ¿No estamos saturados de sistemas y medicinas?” Cuando examinamos el laberinto de las medicinas en el que anualmente se abren cuatro o cinco brechas, medicinas que aparecen a veces como simple moda y que luego desaparecen, la frecuencia de tales novedades suscita, naturalmente, dudas. Se dirá: “ya esperábamos con alguna certeza esta otra, que alguien se propusiera curar a los hombres con perfumes y sahumerios”. “Ya hemos tolerado resignados la cura de agua fría del Padre Kneipp, al espiritista Weisenberg con su queso blanco, la cura por medio del “torrente del vientre” y otras; “pero ya es de más el tener una cura por aspiraciones, defumaciones, perfumes curativos, etc., cosas que entran en el terreno del lujo, de los muestrarios de los peluqueras e institutos de belleza”. Nos permitimos rogar al lector que tenga paciencia con este libro y no emita su juicio hasta el final, sobre todo si abandonó un consultorio médico sin obtener la cura deseada. La Osmoterapia vendrá a ser algo especial, principalmente legítima, que ha tenido por padrinos el entendimiento humano, la razón y la lógica, pues es una herencia tradicional que estamos obligados a propagar hoy en gran escala a todo el mundo. En todo momento se presentan personas que sienten y perciben fuertemente, aun cuando no todo, fuerzas y corrientes invisibles a nuestra corta vista. Goethe, por ejemplo, trata en su “Fausto” de todas esas cosas y tiempo ha de venir en que se vuelva también a la comprensión de su teoría de los colores. Vean el gran descubrimiento del día: “la radio”. Cuando conversamos todas estas cosas con personas ligadas íntima y sensiblemente con la naturaleza ya sean navegantes del mar o del aire, comprendemos entonces la frase de Shakespeare, puesta en boca de Hamlet: “Hay más cosas en el cielo y en la tierra que en tu vana filosofía.” Pasma oír cómo debate la gente sobre cosas que aun son tan secretas. En los últimos años hemos aprendido a ver muchas cosas de los salvajes con otros ojos y a no rechazar lo no probado como supersticiones, sino probar y al contrarío, investigar, escudriñar y aplicar los viejos sistemas y procesos ajustándolos a los actuales. Nos quedan siempre dudas; buscar, para esclarecerlas, nuevas rutas es nuestro deber. Al dejar, recientemente formada, la Facultad de Medicina, ¡Dios sabe lo que supuse!; pero luego después en la clínica, busqué con mi ignorancia y encontré otros maestros entre los aborígenes de la América Latina. Fue mi camino. Esos indios no habían perdido el contacto con la naturaleza, con el cosmos, el todo y los hombres; sabían observar a los animales, Los perros y los gatos, nuestros animales domésticos, cuando enferman, aunque por su constitución interna sean carnívoros, buscan hierbas, plantas, para curarse. ¡Qué instinto tan admirable, tan maravilloso! Los indios, desde tiempo muy antiguo, hacen algo parecido; pero así como en los animales es el instinto quien los mueve, en los hombres es la intuición. Aquellos pueblos primitivos tenían templos y colegios regidos por sabios sacerdotes, los cuales hicieron estudios admirables en botánica; comprobando que no sólo es la raíz, el tallo, las hojas, sino también la flor y el fruto, los que tienen propiedades curativas. En el perfume extraído de la flor y del fruto de las plantas se sintetizan todos los valores curativos de las mismas. Dirá el lector: ¿Pero tenemos necesidad de regresar a tiempos milenarios, a los conocimientos y usos de los indios? ¿No tenemos hoy día cosas muy superiores? TENGAMOS PACIENCIA Y VEAMOS. - Examinemos más de cerca los sistemas de cura conocidos. Tenemos, desde luego, la alopatía, medicina oficial elevada por sus especialistas a un altar de infalibilidad, ¿Quién no ha visto, sin embargo, a la cabecera de un ser querido enfermo todas las fallas de esa ciencia humana? Basta con leer la crítica de un Bernard Shaw, tijera que recorta los tejidos de la opinión médica oficial. Allí se ve cuán débil es todo aquello y escarnece en forma más venenosa que Moliere. O bien recordemos la desastrosa vacunación de niños en Lübeck y nos horrorizaremos de ese experimento desgraciado. Es verdad que a veces aparecen en la medicina oficial innovaciones como el psicoanálisis del Profesor Freud, de Viena, o las de sus discípulos Adler, Jung y otros, que más tarde se desligaron de las ideas de Freud. Nosotros mismos refutamos al Profesor Freud y lo rebatimos fuertemente, aunque en verdad él mostró una ruta en la que considera lo psíquico y lo parapsíquico. Fuera de eso, todo se mueve en grosera base material, tratan, más o menos, al organismo como máquina impelida por energías e intentan actuar casi siempre químicamente en el grosero cuerpo material. El triunfo todavía en la medicina oficial es generalmente empírismo que dice: el remedio, si hizo bien a Juan, debe servir también a Pedro y Federico. Nadie piensa que muchas veces, las naturalezas de Pedro y Federico son fundamentalmente distintas de la de Juan. Hipócrates, padre de la medicina, pregonaba esta fórmula: “Natura sanat, medicus curat.” Y así es, la naturaleza sana a los hombres con sus medios; es preciso, pues, estimular la naturaleza, influirla favorablemente si quiere obtener la salud. Por naturaleza entiéndese, pues, cierta fuerza inherente al cuerpo que no sólo actúa repeliendo las molestias, sino también curando. Todo impulso o reacción es fuerza curativa natural. Más tarde volveremos sobre esto. Por de pronto no nos satisface la alopatía reinante mientras emplea venenos, pero la respetamos, porque admite esa fuerza curativa propia del organismo. Al lado de la alopatía tenemos entre los sistemas curativos más conocidos, la homeopatía. Su descubridor, Hahnemann, tuvo la idea de que algo debía haber dentro de nosotros, una naturaleza, una energía sanativa provocadora como reflejo, de síntomas mórbidos. Le vino después la idea genial de hacer actuar primero en un cuerpo sano los medicamentos, extractos vegetales o substancias minerales, tal como los emplea la alopatía. Después, si provocan los mismos síntomas de la enfermedad, los incorpora a su tesoro terapéutico. Él los describe como una especie de medios excitantes de la naturaleza íntima de las personas. Los homeópatas piensan que para obtener tal excitación no hay necesidad de suministrar el remedio en dosis excesiva, maciza, al contrario, siendo esa fuerza curativa sutilísima en los actuantes, hacen mejor las dinamizaciones decimales, centesimales y aún más altas, infinitesimales. Convengamos, pues, en que ambos procesos curativos tienen, de común, el empleo de extractos vegetales y ambos desarrollan una fuerza medicinal interna. La diferencia consiste, apenas, en la cantidad de droga suministrada. La homeopatía, como la alopatía, admite la fuerza curativa propia del organismo y por eso también la respetamos. La homeopatía es más sutilizante; y aquí por de pronto nos asalta una idea: “¿No sería posible sutilizar tal vez aún más esas cantidades hasta la forma de un gas o emanación?” Eso, homeopáticamente, es concluyente. Vamos a los naturistas. Los médicos naturistas, por lo general de pocos conocimientos, toman en cuenta, ante todo, esa fuerza natural y dicen: “Si existe tal fuerza o agente físico, es muy posible activarla o excitarla también por medios físicos.” Y para ello se valieron del sol, de la luz, del aire, del agua fría o caliente, de la electricidad, de los masajes y de otros agentes, como factores medicinales. Sería preciso un capítulo especial para mostrar cuán perjudicial es a veces infundir calor al cuerpo por medio de chorros de agua fría. Con masajes exagerados, quemaduras de la piel con los baños de sol y procesos eléctricos mal aplicados, esa terapéutica se ha tornado en un peligro general. Los sistematistas principales, como Kneipp y otros, no menosprecian las plantas medicinales; al contrario, recomiendan una serie de test para ayudar a sus procedimientos. También concuerdan con las ideas de ellos el empleo de las plantas y dentro de la naturaleza íntima ven las propias fuerzas inherentes al cuerpo, el principio capaz de efectuar la curación. Los purgantes de Kneipp han producido, mediante los áloes, dolores de estómago y trastornos intestinales. ¿Y los magnetizadores, tan populares en Estados Unidos y Alemania? Con Mesmer surgió una nueva idea. Él, como primer magnetizador, decía: “Sí el hombre posee esa fuerza curativa interna, ella sólo puede ser de naturaleza espiritual magnética y es evidentemente transmisible de hombre a hombre.” Concibió él una especie de rayos N, una especie de “od” a lo Reichenbach, y pensó: “Si en un paciente no es suficiente su fuerza magnética interior curativa para salvarlo, debe tomarla él prestada de otro que le transmita algo de su fuerza medicinal.” Los magneópatas creen poder alegar que poseen fuerza como los acumuladores de la que nos podemos proveer. Veamos el peligro de este sistema. Hay hombres conocidos como “portabacilos”, es decir, personas que en sí y para sí enteramente sanas llevan en la nariz, en la garganta o en otra parte, bacilos peligrosos para terceros con quienes ellas tienen contacto íntimo, principalmente si éstas son más sensibles que ellas. Se conocen casos de magnetizadores portabacilos que han sido causa de tremendas desgracias. ¿Quién nos asegura que no podarnos caer en manos de tan nocivas criaturas? Ya que en todos los centros espiritistas dan fases que Pueden constituir un peligro. También los magnetizadores están de acuerdo sobre esa fuerza curativa o natural inherente al cuerpo. Algunos de ellos no se convencen de esa provisión y dicen que cada persona lleva en sí, por naturaleza, la fuerza curativa necesaria. Que ésta debe ser dirigida, o mejor dicho, comandada, ya sea por el paciente, ya por otra persona. Por fin se ven los hipnotizadores y frente a ellos los partidarios de la autosugestión. Ambos tienen de común el creer que tal fuerza curativa se halla en el subconsciente. Sobre todo Coué, que es en este campo el precursor, alcanzó un éxito colosal, El psicoanálisis de Freud gira sobre este mismo plano. Hasta los “Gesundbeter”, como partidarios de la “Ciencia Cristiana” no conocen otra cosa y llaman a esa fuerza “Dios”. Es de suponer que con tantos sistemas y escuelas rivales no habría de haber enfermos. Para simplificar las cosas bien podían acordar en cualquier sistema ecléctico. Nada de eso. Aquí también parece imperar la máxima: “¿Para qué simplificar una cosa, sí aun cuando todavía complicada, marcha a pesar de toda?” Recientemente se recomendaban toda clase de panaceas que hacían recordar a la “panacea mercurialis” de los alquimistas, y con ellas se cometen muchas imposturas y desórdenes. No obstante, no todo en ellas es falso. Existen, puede decirse hasta cierto punto, ciertos curalotodo; de entre ellos, sólo a título de curiosidad, quiero mencionar dos. Uno de ellos es la miel de abejas y su principal elemento el azúcar. La miel, ese verdadero preparado de los dioses, puede curar infinitas dolencias, pues encierra elementos valiosísimos, ya que las abejas saben extraer de los cálices de las flores las infinitamente pequeñas y sutilisimas substancias curativas y esenciales. Naturalmente, que el éxito medicinal de la miel depende directamente de la región de donde proviene el panal. Igualmente de eso depende el color, el olor y la calidad. La miel del valle de Luxemburgo difiere mucho en valor de la de las grandes haciendas de Costa Rica. Hay muchas veces plantas venenosas en las cercanías de la colmena. Eso puede influir desfavorablemente en la calidad de la miel, del mismo modo que influye la clase o especie de abejas. Todos saben lo sana y nutritiva que es una buena miel de abejas, porque su principal componente, el azúcar, es un elemento básico nutritivo y curativo. Sí, es de los mejores remedios y es lástima que muchas personas lo ignoren. Con el azúcar puédense obtener maravillosas curas de la vejiga y del riñón. Para tales molestias receté hasta una libra de ese alimento con excelente resultado. Es también un remedio excepcional contra la fiebre. A estos enfermos no se les debería prohibir jamás jarabes o limonadas con azúcar, pues el azúcar es fácilmente digerible, influye favorablemente en el curso de la temperatura y provee, además, de las calorías necesarias. Aún más, el azúcar fortalece la resistencia del sistema nervioso y actúa calmándolo; no hay inconveniente, por lo tanto, para satisfacer la constante exigencia de los niños por ese dulce alimento. El azúcar, siendo un remedio tan sencillo, es casi desconocido en su acción contra las picaduras de insectos, de las que impide la hinchazón y evita la comezón. En las grandes heridas, tajos en las piernas, incisiones profundas, hace mucho bien, actuando con gran rapidez y casi siempre mejor que cualquier otro curativo por más cuidadoso que sea. Tal acción se explica si se sabe que toda herida sana por medio de una secreción propia y que esa secreción descompone el azúcar en alcohol y gas carbónico; y que los dos impiden el desarrollo de las bacterias. Además, hace que las ligaduras no sean renovadas muy seguido, cosa que, aun cuando algo antihigiénico, favorece más la cicatrización, pues la herida no se ve privada con tanta frecuencia de su humor curativo. Dejando el emplasto de azúcar durante una semana sobre la herida, es segura la obtención de una pronta curación. Miel y azúcar no hacen más que activar la fuerza curativa propia del organismo. Podríamos seguir con otros sistemas: cura por el agua de mar, cambio de clima, etc., y decir a los colegas que no desprecien estas cosas sencillas, al contrario deben probar todo lo que puede ser útil, inclusive los olores. Pero vamos a lo que nos interesa, Probamos que los principales sistemas terapéuticos se valen de plantas medicinales y que tales procesos tienen la pretensión de constituir la historia de la medicina. Ya vimos que los pueblos primitivos se sirvieron de tales plantas. Para todas las medicinas hay que tener en cuenta que existe un síntoma que denominaremos idiosincrasia. Se trata de una hipersensibilidad del organismo ante ciertas substancias. Varias personas después de usar ciertas hierbas medicinales, o bien fresas, camarones y otras cosas, se ven acometidas por la urticaria, que a veces llega a producir serios trastornos. Otros, en cambio, permanecen indemnes a tales influencias. Eso quiere decir que lo que a unos hace daño es útil y favorable a otros. Por otro lado, sabemos que hay gran cantidad de plantas venenosas que aun tomadas en pequeñas proporciones acarrean desastres y a veces la muerte. Eso nos impele a rechazar la alopatía y a colocarnos, de preferencia, al lado de la homeopatía que sólo receta dosis innocuas, aunque no resuelva todas nuestras exigencias. Volveremos sobre esto al hablar de las enfermedades alérgicas. Cabe preguntar ahora si al entrar los medicamentos al estómago éste no separa las substancias químicas, haciéndolas ineficaces. Es por eso por lo que estamos obligados a buscar nuevos caminos que nos proporcionen substancias más sutiles todavía y posiblemente más activas. Este nuevo método es la “Osmoterapia”, la curación por medio de esencias odoríferas. Antes de entrar nuevamente en la historia directamente relacionada con las perfumaciones, quiero recordar el sistema curativo por medio de las plantas tal cual lo presenta Paracelso y que tan admirablemente nos transmitió el médico doctor Kart Zimpel, allá por el año 186º en su terapéutica espagírica. En el tiempo en que todavía estaban fundidas la medicina y la religión, se sabía que casi todas las plantas son más o menos venenosas y que contienen substancias vítalizantes. Esto es: que cada planta posee algo nocivo, pero, al mismo tiempo, algo curativo y benéfico. La misión de nuestros químicos sería entonces separar lo bueno de lo malo. Eso se llama “ars spagyríca” o de Paracelso. Los sabios de la antigüedad no publicaban estos secretos, No había entonces registro de patentes que los protegiese. Tampoco querían que un sistema elaborado con tanto celo y cuidado, fuese a perderse en el futuro. Por eso se lo transmitían a ciertas sociedades que entonces, para las nuevas generaciones de médicos, representaban coma una universidad. Como hemos visto, la tradición de esas ciencias se remonta a los misterios egipcios y griegos y se completa con las investigaciones del autor de este libro en el ámbito de los misterios toltecas, mayas e incas, en cuanto se refiere a medicina. En nuestras investigaciones arqueológicas, cuando visitamos excavaciones y museos, nos encontramos con la indubitable prueba de que los hombres prehistóricos no desconocían, ni mucho menos, las enfermedades. En algunos jarrones que nos quedan del tiempo de los Incas podemos ver dibujos de hombres afectados de diversas dolencias: parálisis, abscesos. Interesantes son los “Etwín Smith papírus”, que se remontan a 1500 y a 3000 años antes de Jesucristo, En México, como dejamos anotado en otro capítulo de la obra, existía una divinidad de la sítilis. Cirujanos primitivos tenían que extraer astillas y flechas; y ya se sabe con qué éxito llegaron a aplicar una especie de prótesis rudimentaria en miembros mutilados. Los sumeríos (3000 a J.) preparaban remedios para combatir el dolor de muelas y hacían empastes en las dentaduras. Los remedios que usaron todos estos pueblos primitivos fueron naturales: aire, sol, agua, tierra y plantas medicinales y sus perfumes, que intuitivamente aplicaban. Era una medicina netamente popular. No hace muchos años, el doctor suizo Rickli curaba por la acción de los rayos solares; el Profesor Kneipp, por la hidroterapia; Schroth y el teólogo Órtel fueron los introductores de la Dietaterapía moderna, y en esta especialidad es, actualmente, universalmente conocido Bírcher-Benner. Los médicos modernos, los que saben apreciar y aplican los nuevos sistemas, son enemigos acérrimos de tanta medicina de patente. Se ha llegado al extremo de que existen inyecciones para todo, desde el simple catarro nasal hasta el cólera. Parece que el médico no tiene más que adquirir los inyectables contra la enfermedad que diagnosticó. La medicina, creernos, ha de ser menos ortodoxa y científica y más popular, y los médicos qué se distancian del pueblo y de la naturaleza tendrán que sufrir las consecuencias, pues por muy adelantados que nos ufanemos, los fracasos a veces son tremendos. CAPÍTULO NOVENO Nuevos fracasos y éxitos Hace unos veinte años tuve ocasión de asistir a un Congreso médico sobre la malaria. Para documentarme tuve que estudiar la historia y antecedentes de tan terrible enfermedad. Desde las primeras investigaciones de Klebs y Tommasi Crudeli, descubridores del “bacillus malaríe”, pasando por investigaciones posteriores que dieron como resultado el descubrimiento del “anopheles” como propagador de la enfermedad, hasta nuestros días, la ciencia ha hecho maravillosos progresos hasta el punto de que en la actualidad se dispone de medios eficaces para ayudar y proteger a la pobre gente que vive en regiones azotadas por esta enfermedad. Uno de los países más castigados por la malaria era el Panamá. Como se sospechaba que las aguas sucias podían ser motivo de la propagación de los microorganismos productores de la malaria, las autoridades sanitarias del país ordenaron que en la azotea de todas las casas se instalaran depósitos de agua limpia y pura. El resultado fue contraproducente en absoluto. Pero las autoridades echaron la culpa al público a quien acusaban de negligencia y descuido en la conservación y limpieza de los depósitos de agua; por lo cual fueron dictadas órdenes severísimas y se impusieron fuertes multas. Una comisión especial era la encargada de vigilar el cumplimiento de las anteriores disposiciones y, entre los infractores, fue seriamente sancionado un pobre hombre que había dejado caer, seguramente sin intención, petróleo en su depósito. Poco podía sospechar aquel ciudadano que, sin darse cuenta, había dado en el clavo, ya que, como se comprobó más tarde, el petróleo era un medio eficaz para combatir la propagación del “anopheles”, portador de la infección. Después de ese fracaso ruidoso, vinieron los modernos procedimientos alemanes, y ya la malaria se vence gracias a ellos. Un caso parecido, aunque no análogo, ocurrió en Alemania. Se creía que los obreros que trabajaban en fábricas donde se laboraba con ácidos, estaban fácilmente expuestos a enfermar. Se decía, que el aire saturado de gases inorgánicos era altamente dañino y perjudicial para el organismo. Un químico y médico experto, el doctor Kapff, hizo interesantes observaciones que dieron como resultado la demostración del error en que se estaba a ese respecto. Al visitar dicho doctor diversas fábricas donde se laboraba con ácidos se encontró con que, contra lo que venía creyendo el mundo médico hasta entonces, los obreros de estas fábricas estaban completamente sanos, y no sólo esto, sino que, además, entre ellos se desconocían las enfermedades infecciosas, los resfriados, la bronquitis, el asma, la tuberculosis, los desarreglos intestinales; disfrutaban de excelente apetito y vivían más de lo común. Y para patentizar que sus demostraciones tenían sólido fundamento, recordó que en la antigüedad, Galeno, uno de los padres de la medicina, había curado muchos casos de tuberculosis mandando inhalar a sus pacientes las emanaciones de ácido sulfúrico del Vesubío. Por el año 1840, hubo en Inglaterra una epidemia de cólera. Se sorprendieron los médicos de que entre los obreros de las fábricas de lana artificial, que estaban constantemente bajo la acción de las emanaciones del ácido clorhídrico, no se había dado ningún caso de cólera. Recientemente, médicos eminentes han continuado las investigaciones iniciadas por el doctor Kapff, y se han dedicado a reconocer y estudiar a obreros que trabajan en fábricas donde se labora con ácido acético, ácido fosfórico, ácido nítrico, ácido salicílico, etc. Fruto de esas investigaciones y estudios es la naciente Acidoterapia y la instalación en importantes clínicas alemanas de inhalatorios. Cada día son más conocidas las publicaciones del doctor Hartmann sobre la acción terapéutica de los ácidos, médico que se hizo célebre por su interesante trabajo a este respecto presentado en el Congreso Médico de Insbruck, 1924. De todos es conocida, hoy en día, la labor desinfectante de muchos ácidos; pues bien, nosotros afirmamos, junto con las eminencias antes citadas, que a esta interesante cualidad de los ácidos hay que añadir otra muy importante y trascendental, la de que por la inhalación de emanaciones de ácidos pueden combatirse con gran eficacia enfermedades, como la difteria, la escarlatina, la tos ferina, las enfermedades cerebroespinales, etc. En el hospital de Karlsruhe, llamado clínica Weinbrenner, se ha usado también esas emanaciones para evitar las temidas complicaciones que suelen presentarse al operar, tales como embolias, pulmonías, Y, en la actualidad, muchos cirujanos alemanes sólo trabajan en un ambiente completamente antiséptico obtenido mediante emanaciones olorosas de ácidos. En Nuremberg, un médico práctico ha instalado inhalatorios públicos. En una amplía sala se distribuyen cómodamente sentados unos cincuenta pacientes de diversas enfermedades de los pulmones. Encima de una mesita central está colocado el inhalador, más complicado que el nuestro (descrito en otro capítulo del libro), pues es de funcionamiento eléctrico aunque su efectividad sea la misma. Mientras los enfermos aspiran el remedio osmoterapeuta el doctor da conferencias médicas o simplemente instructivas de otras ciencias. Han sido tantos sus éxitos y maravillosas curaciones, obtenidas todas de una forma tan sencilla, que a veces cuesta trabajo obtener un asiento en una sesión osmoterapeuta de dicho doctor. Médicos de primera fila han instalado inhalatorios similares. Así, pues, querido lector, así como médicos modernos evitan y curan la malaria con nuestra Osmoterapia, que como hemos visto es inhalación, curaremos casi lo incurable. Hay una diferencia esencial, capital, entre los sistemas anteriormente mencionados y la Osmoterapia, y esa es la que quiero yo, en mi carácter de fundador de la Escuela Osmoterapéutica, dejar bien subrayada para los tiempos venideros, pues estoy seguro que el día en que la ciencia médica, tanto alopática como homeopática, reconozcan la validez de ese principio, la Osmoterapía será uno de los sistemas imperantes. Todas las escuelas anteriores actúan principalmente sobre el cuerpo físico, aunque sea sobre el sistema nervioso y animan justamente la fuerza latente curativa propia dentro de nosotros. La Osmoterapia, teniendo en cuenta que no tenemos en el cuerpo material algo estable sino que nuestro organismo está sujeto a un constante morir y nacer, hasta tal grado que a los siete años somos completamente distintos de lo que somos años más tarde, no podemos tener resultados matemáticos en la curación de las enfermedades, pero tenemos otro cuerpo, un cuerpo prototipo, causal, específico que permanece siempre idéntico en su esencia; la Osmoterapía va actuando con sus olores o arcanos (esencias curativas) sobre ese cuerpo base, y entonces resulta, como efecto reflejo sobre el físico y por ende la curación, pues así llegamos a la esencia dinámica de la fuerza curativa. Kant, como filósofo, y muchos médicos de conocimientos avanzados, admiten ese “nisus formativus” como agente que preside la evolución de las formas orgánicas. Nuestros resultados son por eso tan grandiosos y esa es la novedad de nuestra escuela, que la pone por encima de todas las demás. Y basado en esto, invito a todos mis queridos colegas a hacer la prueba con nuestras esencias curativas, nuestros perfumes osmoterapéuticos. Que abandonen por un momento esa rutina, casi ciega, en la aplicación de inyecciones, y que se remonten al mundo de las causas, que penetren en el verdadero Yo, que experimenten con nosotros la íntima satisfacción de aportar al noble campo de la medicina el sistema terapéutico definitivo. Es necesario armarse de valor para abandonar el viejo mundo rutinario y penetrar resueltamente en el nuevo de las verdades y de las causas. CAPÍTULO DÉCIMO Fuerza curativa natural del organismo Los médicos que se gradúan en nuestras escuelas no tienen más que un ideal, y es que, cuando obtengan el título, se puedan establecer provistos de todos los aparatos técnicos modernos en una parte céntrica de la capital o en uno de los pueblos principales de las provincias o Estados, Raros son los que se conforman con ir a un pueblo de segundo orden, pero ninguno, o por lo menos muy pocos, son capaces de sacrificarse e ir a un poblado aislado. Ahí se deja el cuidado de los enfermos a falsos practicantes, las más de las veces curanderos; y hay que confesarlo con honradez, que existen, por ejemplo, en América, curanderos indios a quienes hay que rendirles el sombrero. Allá más lejos todavía de los poblados y rancherías, en las serranías, ni curanderos hay, y cuando se presentan casos graves quedan, como vulgarmente suele decirse, a la buena de Dios. Cuando uno pasa por esos lugares, la gente del campo relata sus últimos apuros, y se ve que han habido casos de pulmonías, tifus, viruela, apendicitis, peritonitis, lesiones traumáticas, en fin, todas las enfermedades que vemos en los hospitales, y sin embargo, esa gente abandonada, ha sanado sola, mediante el impulso de la fuerza propia curativa del organismo. A los animales les pasa igual, también enferman y se curan gracias a su propia naturaleza; los pobres animales se acomodan al sol, no comen, obedecen en suma al instinto, mucho más que nosotros a la intuición. Recordemos a este respecto las palabras bíblicas, cuando dicen: “no sabéis que sois templo de Dios y que él mora en vosotros”. Pues esa fuerza curativa propia puede llamarse un impulso divino y ese impulso en este caso es curativo. Los médicos debemos contar siempre con esa fuerza reactiva, guiarla, mas nunca pretender reemplazarla por los medicamentos. Sí observamos nuestra propia naturaleza a diario, veremos fenómenos que, por lo a menudo que se presentan, no nos llaman la atención. Estamos sentados junto a la ventanilla de un tren y de pronto se nos mete en un ojo un pedacito de carbón procedente del humo de la locomotora, instantáneamente nuestro ojo queda bañado en lágrimas que tratan de expulsar hacia el exterior el pedacito de carbón para evitar la sensación molesta que nos ocasiona el cuerpo extraño; nos entra polvo en la nariz, inmediatamente se produce el estornudo expulsor del elemento perturbador; cuando en el campo de batalla el soldado recibe un balazo que no puede después ser extraído, el proyectil va quedando envuelto poco a poco por unas secreciones calcáreas que terminan por hacerlo inofensivo a nuestro organismo. Podríamos seguir citando una cantidad de ejemplos para explicar la fuerza de la naturaleza que se presenta de una forma tan sencilla, pero queremos mencionar un fenómeno más complejo. Nosotros tenemos dentro del organismo una especie de ejército que combate a los elementos nocivos y cura así muchas de nuestras enfermedades, son los glóbulos blancos, los llamados fagocitos, que acuden como al mando de inteligentes oficiales a comerse (por eso se llaman fagocitos) los gérmenes nocivos. Todos estos fenómenos no dependen de nuestra voluntad, sino que están supeditados a algo espiritual dentro de nosotros, porque el impulso mismo en su esencia íntima no puede ser material, no puede ser explicado por leyes de quimiotaxia o de mecánica, es algo divino. Lo que sabemos es que ese esfuerzo propio curativo disminuye con una vida antinatural, anormal, se apoca con nuestros vicios, cuando ingerimos venenos por vía bucal o por medio de inyecciones so pretexto de curar las enfermedades. El hígado es capaz de retener hasta un litro de sangre y substraerla de la circulación en afecciones cardíacas, y así salva a muchas gentes de una muerte repentina. Estas observaciones que son recientes han obligado a los médicos a cambiar radicalmente ciertos tratamientos en las enfermedades del corazón; ¡qué tarde descubrieron que habían hecho mal! Curioso es el fenómeno que, estando el hombre en las regiones árticas o en las cercanías de una caldera de vapor, al atravesar la región del Ecuador, donde en el primer caso se tienen muchas veces temperaturas de 5º grados bajo cero y en el último 85 grados sobre el punto de congelación, el cuerpo permanece inalterable a 37 grados poco más o menos, esto puede muy bien explicarse por la acción del subconsciente o del alma humana. Antes considerábamos la fiebre como una enfermedad, y fueron los naturistas los que por muchos decenios predicaban que la fiebre constituía otro impulso del organismo para deshacerse de las enfermedades, es decir, para curar el organismo. La Osmoterapia ofrece un medio de una importancia incalculable para impulsar la fuerza curativa propia y ésta se manifiesta también en que actúa sobre el carácter, sobre el modo de ser del enfermo. En la práctica diaria nos encontramos con pacientes que derraman lágrimas cuando nos refieren los síntomas de su enfermedad. Otros son diferentes, no se emocionan a pesar de la gravedad de la enfermedad que sufren; los hay que son irascibles, se enojan cuando el médico no les da la respuesta que ellos esperan; susto, angustia, agitación del corazón, son síntomas característicos, unos tienen lasitud y otros postración. Durante la enfermedad se acentúa más este modo de ser y nos aflige el comportamiento de los pacientes al tomar con disgusto el remedio. ¡Cómo nos satisface cuando lo toman con cierta alegría y fe! Cuando insistimos a los mismos enfermos queriéndoles sugerir el factor fe, nos contestan: “Ay, no puedo, soy así, es mí modo de ser”; y realmente así son, si los estudiamos veremos que es cuestión de carácter y temperamento, Las investigaciones experimentales de la psicología moderna provocadas con gusto, con olores, ruidos, tonos y colores, ban logrado provocar reacciones efectivas. Podríamos citar a Brunswick, a Leontíevx, o también la obra de A. Lehmann (Grundgesetze des menschlihen Gefühleslebens) . Muchos de estos psicólogos aceptan a Freud y creen que el carácter sea debido a deseos sexuales no satisfechos durante la época de la pubertad. Esto nos lleva a la siguiente consideración: Los perfumes habituales del comercio a base generalmente de almizcle excitan más la imaginación y las glándulas endocrinas; en el sentido sexual ayudan, pues, a descomponer el carácter y apocan la fuerza curativa propia del organismo. Sería, pues, recomendable a los padres que elijan prudentemente el perfume que usan. Concretamente, en las enfermedades, como han probado las experiencias psicotécnicas, la Osmoterapia ofrece a todos los tratamientos médicos una ayuda grandiosa, por ser las esencias osmoterapéuticas las mejores impulsoras de la fuerza curativa propia del organismo. Recomiendo a los alópatas, homeópatas, naturistas, a todas las escuelas médicas, que experimenten unida a sus tratamientos la Osmoterapia y pueden estar seguros de su mayor éxito. Por otro lado, llamo la atención a los perfumistas de la inmensa responsabilidad que pesa sobre ellos y que se percaten de los efectos excitantes o sedantes de las substancias que usan. En la práctica diaria han quedado maravillados muchos padres quejándose del carácter de sus niños, ya sea por la falta de atención en el colegio o en su comportamiento en la calle, o en la casa, al aplicar nuestros perfumes. Ya volveré sobre esto. CAPITULO UNDÉCIMO Energía solar y rayos osmóticos Sin luz no hay vida. A esta verdad axiomática añadiremos la afirmación de que la luz, en todos sus aspectos, es una emisión de ondas. Toda luz, que es al mismo tiempo energía, proviene del sol; por eso es el astro rey la fuente de la vida. Energía solar son el crecimiento y la reproducción. Los investigadores modernos han probado que la materia no es más que energía compacta. Inmensa es la diversidad de manifestaciones de los rayos solares; de éstos los más importantes son los rayos directos. A ellos se debe la formación y la actividad de la célula vegetal, que es, a su vez, la base de la vida física en la tierra, porque cuanto comernos, bebemos o aspiramos es energía solar acumulada en nuestros alimentos sólidos y líquidos y en los perfumes que exhalan las plantas y otras substancias aromáticas y que actúan sobre nuestro sistema nervioso central por medio de nuestro sentido olfativo. Nosotros necesitamos luz directa; existen animales que pueden vivir en la oscuridad. En las minas de Alemania hay caballos que nacen dentro de la misma mina y nunca ven la luz del día; sin embargo, se desarrollan perfectamente bien. ¿Pero, viven sin energía solar estos animales? No, porque el mismo carbón o el mismo hierro que les rodea no es más, repetimos, que energía solar acumulada. La energía solar es única pero, como ya dijimos, su manifestación es muy diversa. El fuego, el calor es energía solar desprendida del carbón o del combustible, cualquiera que sea. La electricidad y el magnetismo son también energía solar. El sol, decimos, emite rayos de color blanco y estos rayos blancos contienen todos los demás colores, porque la diferencia entre estos no estriba más que en la longitud de onda de sus rayos. El color rojo, por ejemplo, sólo se diferencia de los demás, del verde, del amarillo, etc., por su longitud de onda. Los rayos luminosos de los colores se perciben a simple vista, pero sabemos que hay rayos que son invisibles. Los objetos, las cosas tienen color, de otro modo no podríamos verlas; es decir, todo cuanto nos ro dea y podemos percibir mediante nuestra vista y distinguir por sus distintos colores, irradia ondas. Por el alambre eléctrico que nos trae la corriente corren millones de electrones, del mismo modo que corren millones de gotas de agua por las tuberías de conducción. Cuando quemamos gas en lugar de usar la electricidad, sabemos que el gas está formado de trocitos invisibles de carbón, acumuladores a su vez de electrones, los cuales dan el color y la llama al gas en combustión, que son sinónimos, en este caso, de luz y calor. Vemos que en el fondo todo son emanaciones de electrones. Hablamos de rayos luminosos, de rayos caloríferos, pero existen unos rayos de los que la ciencia no ha hablado aún y nos cabe a nosotros la satisfacción de lanzar esta hipótesis; se trata de los rayos olorosos, a los que denominaremos rayos “Osmóticos”. Así como los rayos luminosos los percibimos mediante nuestra vista, los rayos osmóticos son percibidos por medio del olfato. La ciencia que se ocupa de estos rayos es la Osmología, y la que cura con ellos es la Osmoterapía. La unidad de medida de los rayos luminosos es el metro; la ciencia tiene, pues, para estos rayos una unidad fija. Respecto a los rayos osmóticos vamos a proponerla nosotros; la unidad rosa, y así decimos: la reseda puede tener tres unidades rosa, el jazmín, cuatro, etc. En último término todo se reduce a diferencias de longitud de ondas osmóticas. En el ambiente tenemos moléculas de Oxígeno, cada molécula tiene dos átomos; dicha molécula es la unidad independiente más pequeña. Cuando cae un relámpago en la atmósfera se destruyen probablemente algunas moléculas y los átomos libres son atraídos por otra molécula; pero no están unidos como los dos átomos base. La nueva molécula formada de dicho modo constituye lo que llamamos ozono, el cual es perceptible por el olfato. ¿Por qué el 03 es percibido por el olfato y el 02 no? Pues, sencillamente, porque se ha realizado un cambio de longitud de onda; lo que nos indica que es por ahí por donde debemos continuar nuestras investigaciones para hallar el lugar que les corresponde a los rayos odoríferos en la escala clasificativa de todos los rayos. Con el Cloro hemos realizado experiencias semejantes a las hechas con el Oxígeno; encontrándonos con que en el momento en que al Cloro le hemos unido un electrón, con lo que hemos cambiado su longitud de onda, ha empezado a emanar ondas odoríferas. En el grabado tenemos una célula vista al microscopio. La célula asume las más diversas formas más o menos irregulares según los tejidos que constituyen; la célula vegetal, por un regular, es apretujada y de forma rectangular. Las funciones de la célula son tan complejas que podemos decir que es el organismo elemental con todas las posibilidades y potencialidades de la vida fisiológica. Aunque su forma varíe muchísimo su estructura es siempre la misma, y está constituida de la siguiente forma: Una envoltura membranosa muy delgada, que es lo que en los vegetales llamamos celulosa; el citoplasma o protoplasma, que es una sustancia viscosa con granulaciones; el núcleo, envuelto por una membrana nucleosa, que contiene a su vez el ácido nucleico y, casi siempre, el nucleolo. El citoplasma, entre varias substancias contiene hierro, albúmina y otras substancias electrolíticas. Así podemos considerar que cada célula es un campo eléctrico con sus polos, positivo y negativo. Y como las células forman los tejidos, éstos a su vez los órganos, y el conjunto de los órganos nuestro cuerpo, es decir, un todo formado de millones y millones de células, podemos comparar nuestro organismo a un aparato eléctrico de radio, con su central emisora que es la epífisis y su centro receptor que es el plexo solar. Centro de recepción de ondas odoríferas es la nariz, y del mismo modo que los rayos blancos del sol contienen todos los demás rayos, como los ultravioleta que penetran en los puntos más recónditos de nuestro organismo para realizar su labor constructiva e impulsar la fuerza curativa del mismo, las ondas odoríferas no solamente penetran en la nariz produciendo la sensación olfativa, sino que invaden todo el organismo. Ahora bien, estas ondas pueden tener como vehículo o ser vehículo de corpúsculos de materia, por lo que no se puede decir que el olor sea solamente un fenómeno electromagnético sino también químico; pero puede muy bien ser que, a fin de cuentas, toda actividad química no sea más que un fenómeno electromagnético. Experiencias han demostrado que la división de las células es un acto mitótico y que el proceso en sí es de carácter oscilatorio; con lo cual se ha demostrado la existencia de unos rayos mitogenésicos. Una vez germinada la nueva célula, separada ya de la de procedencia, es decir, convertida ya en una entidad con vida propia; es necesario no perturbarla en su actividad biológica. Ciertas corrientes eléctricas tienen ese defecto. Haberlandt y Gurbitsch, citado este último en otra ocasión, han descubierto estos rayos “Mitogenéticos”, rayos del crecimiento. Estos rayos están llamados a explicar muchos fenómenos biológicos hasta ahora inexplicables, ya que ellos son los rayos intercelulares, los que promueven e impulsan la división de las células en toda la vida orgánica. Con estos estudios se convence uno de que son siempre los mismos procesos los que se verifican tanto en el átomo como en el Cosmos. El átomo, hasta cierto punto tiene su metabolismo, puede decirse que incluso respira; es un microcosmo frente a la célula, que se alimenta, asimila y desasimila e irradia. Es la célula un microcosmo frente al organismo en general, y éste, a su vez, es un microcosmo frente al Universo y también irradia y emite ondas. Estas ondas no se circunscriben a un terreno reducido, van, como toda onda, tratando de abrirse camino, y así el ser humano es emisor de ondas invisibles a la vista ordinaria. La ciencia ha podido hacer experiencias muy curiosas con los rayos mitogenéticos emanados de los extremos de las raíces de cebollas y de ciertas flores; sobre todo Gurwitsch, quien con levaduras ha hecho interesantísimos experimentos dando un paso hacia adelante en el progreso de la biología; y ya son hoy día un ejército la cant