CAPÍTULO 10
EL YO PSICOLÓGICO
Esta cuestión del mí mismo, lo que yo soy, eso
que piensa, siente y actúa, es algo que debemos auto-explorar para conocer
profundamente.
Existen por doquiera muy lindas teorías que
atraen y fascinan; empero de nada serviría todo eso si no nos conociésemos a sí
mismos.
Es fascinante estudiar astronomía o distraerse
un poco leyendo obras serias, sin embargo, resulta irónico convertirse en un
erudito y no saber nada sobre sí mismo, sobre el yo soy, sobre la humana
personalidad que poseemos.
Cada cual es muy libre de pensar lo que quiera y
la razón subjetiva del animal intelectual equivocadamente llamado hombre da para
todo, lo mismo puede hacer de una pulga un caballo que de un caballo una pulga;
son muchos los intelectuales que viven jugando con el racionalismo ¿Y después de
todo qué?
Ser erudito no significa ser sabio. Los
ignorantes ilustrados abundan como la mala hierba y no solamente no saben sino,
además, ni siquiera saben que no saben.
Entiéndase por ignorantes ilustrados los
sabihondos que creen que saben y ni siquiera se conocen a sí mismos.
Podríamos teorizar hermosamente sobre el yo de
la Psicología, mas no es eso precisamente lo que nos interesa en este capítulo.
Necesitamos conocernos a sí mismos por vía
directa sin el proceso deprimente de la opción.
En modo alguno sería esto posible sino nos auto-observáramos
en acción de instante en instante, de momento en momento.
No se trata de vernos a través de alguna teoría
o de una simple especulación intelectiva.
Vernos directamente tal cual somos es lo
interesante; sólo así podremos llegar al conocimiento verdadero de sí mismos.
Aunque parezca increíble nosotros estamos
equivocados con respecto a sí mismos.
Muchas cosas que creemos no tener tenemos y
muchas que creemos tener no tenemos.
Nos hemos formado falsos conceptos sobre si
mismos y debemos hacer un inventario para saber qué nos sobra y qué nos falta.
Suponemos que tenemos tales o cuales cualidades
que en realidad no tenemos y muchas virtudes que poseemos ciertamente las
ignoramos.
Somos gente dormida, inconsciente y eso es lo
grave. Desafortunadamente pensamos de sí mismos lo mejor y ni siquiera
sospechamos que estamos dormidos.
Las sagradas escrituras insisten en la necesidad
de despertar, mas no explican el sistema para lograr ese despertar.
Lo peor del caso es que son muchos los que han
leído las sagradas escrituras y ni siquiera entienden que están dormidos.
Todo el mundo cree que se conoce a sí mismo y ni
remotamente sospechan que existe "la doctrina de los muchos".
Realmente el yo psicológico de cada cual es
múltiple, deviene siempre como muchos.
Con esto queremos decir que tenemos muchos yoes
y no uno solo como suponen siempre los ignorantes ilustrados.
Negar la doctrina de los muchos es hacerse tonto
a sí mismo, pues de hecho sería el colmo de los colmos ignorar las
contradicciones íntimas de que cada uno de nosotros posee.
Voy a leer un periódico, dice el yo del
intelecto; al diablo con tal lectura, exclama el yo del movimiento; prefiero ir
a dar un paseo en bicicleta. Qué paseo ni qué pan caliente, grita un tercero en
discordia; prefiero comer, tengo hambre.
Si nos pudiésemos ver en un espejo de cuerpo
entero, cual somos, descubriríamos por sí mismos en forma directa la doctrina de
los muchos.
La humana personalidad es tan solo una marioneta
controlada por hilos invisibles.
El yo que hoy jura amor eterno por la Gnosis, es
más tarde desplazado por otro yo que nada tiene que ver con el juramento;
entonces el sujeto se retira.
El yo que hoy jura amor eterno a una mujer es
más tarde desplazado por otro que nada tiene que ver con ese juramento, entonces
el sujeto se enamora de otra y el castillo de naipes se va al suelo.
El animal intelectual equivocadamente llamado
hombre es como una casa llena de mucha gente.
No existe orden ni concordancia alguna entre los
múltiples yoes, todos ellos riñen entre sí y se disputan la supremacía. Cuando
alguno de ellos consigue el control de los centros capitales de la máquina
orgánica, se siente el único, el amo, empero al fin es derrocado.
Considerando las cosas desde este punto de
vista, llegamos a la conclusión lógica de que el mamífero intelectual no tiene
verdadero sentido de responsabilidad moral.
Incuestionablemente lo que la máquina diga o
haga en un momento dado, depende exclusivamente del tipo de yo que en esos
instantes la controle.
Dicen que Jesús de Nazareth sacó del cuerpo de
Maria Magdalena siete demonios, siete yoes, viva personificación de los siete
pecados capitales.
Obviamente cada uno de estos siete demonios es
cabeza de legión, por ende debemos sentar como corolario que el Cristo íntimo
pudo expulsar del cuerpo de la Magdalena millares de yoes.
Reflexionando todas estas cosas podemos inferir
claramente que lo único digno que nosotros poseemos en nuestro interior es la
ESENCIA, desafortunadamente la misma se encuentra enfrascada entre todos esos
múltiples yoes de la Psicología revolucionaria.
Es lamentable que la esencia se procese siempre
en virtud de su propio embotellamiento.
Incuestionablemente la esencia o conciencia que
es lo mismo, duerme profundamente.