CAPÍTULO 20
INQUIETUDES
No hay duda que entre el pensar y el sentir
existe una gran diferencia, esto es incontrovertible.
Existe una gran frialdad entre las gentes, es el
frío de lo que no tiene importancia, de lo superficial.
Creen las multitudes que importante es lo que no
es importante, suponen que la última moda, o el coche último modelo, o la
cuestión esta del salario fundamental es lo único serio.
Llaman serio la crónica del día, la aventura
amorosa, la vida sedentaria, la copa de licor, la carrera de caballos, la
carrera de automóviles, la corrida de toros, el chismorreo, la calumnia, etc.
Obviamente, cuando el hombre del día o la mujer
del salón de belleza escuchan algo sobre esoterismo, como quiera que esto no
está en sus planes, ni en sus tertulias, ni en sus placeres sexuales, responden
con un no sé qué de frialdad espantosa, o sencillamente retuercen la boca,
levantan los hombros, y se retiran con indiferencia.
Esa apatía psicológica, esa frialdad que espanta,
tiene dos basamentos; primero la ignorancia más tremenda, segundo la ausencia
más absoluta de inquietudes espirituales.
Falta un contacto, un choque eléctrico, nadie lo
dio en la tienda, tampoco entre lo que se creía serio, ni mucho menos en los
placeres de la cama.
Si alguien fuera capaz de darle al frío imbécil
o a la superficial mujercita el toque eléctrico del momento, el chispazo del
corazón, alguna reminiscencia extraña, un no sé qué demasiado íntimo, tal vez
entonces todo sería distinto.
Mas algo desplaza a la vocecilla secreta, a la
primera corazonada, al anhelo íntimo; posiblemente una tontería, el hermoso
sombrero de alguna vitrina o aparador, el dulce exquisito de un restaurante, el
encuentro de un amigo que más tarde no tiene para nosotros ninguna importancia,
etc.
Tonterías, necedades que no siendo
transcendentales, sí tienen fuerza en un instante dado como para apagar la
primera inquietud espiritual, el íntimo anhelo, la insignificante chispa de luz,
la corazonada que sin saber por qué nos inquietó por un momento.
Si esos que hoy son cadáveres vivientes, fríos
noctámbulos del club o sencillamente vendedores de paraguas en el almacén de la
calle real, no hubieran sofocado la primera inquietud íntima, serían en este
momento luminarias del espíritu, adeptos de la luz, hombres auténticos en el
sentido más completo de la palabra.
El chispazo, la corazonada, un suspiro
misterioso, un no sé qué, fue sentido alguna vez por el carnicero de la esquina,
por el engrasador de calzado o por el doctor de primera magnitud, mas todo fue
en vano, las necedades de la personalidad siempre apagan el primer chispazo de
la luz; después prosigue el frío de la más espantosa indiferencia.
Incuestionablemente a las gentes se las traga la
luna tarde o temprano; esta verdad resulta incontrovertible.
No hay nadie que en la vida no haya sentido
alguna vez una corazonada, una extraña inquietud, desgraciadamente cualquier
cosa de la personalidad, por tonta que esta sea, es suficiente como para reducir
a polvareda cósmica eso que en el silencio de la noche nos conmovió por un
momento.
La luna gana siempre estas batallas, ella se
alimenta, se nutre precisamente con nuestras propias debilidades.
La luna es terriblemente mecanicista; el
humanoide lunar, desprovisto por completo de toda inquietud solar, es
incoherente y se mueve en el mundo de sus sueños.
Si alguien hiciera lo que nadie hace, esto es,
avivar la íntima inquietud surgida tal vez en el misterio de alguna noche, no
hay duda de que a la larga se asimilaría la inteligencia solar y se convertiría
por tal motivo en hombre solar.
Eso es, precisamente, lo que el Sol quiere, pero
a estas sombras lunares tan frías, apáticas e indiferentes, siempre se las traga
la Luna; después viene la igualación de la muerte.
La muerte iguala todo. Cualquier cadáver
viviente desprovisto de inquietudes solares, degenera terriblemente en forma
progresiva hasta que la Luna lo devora.
El Sol quiere crear hombres, está haciendo ese
ensayo en el laboratorio de la naturaleza; desgraciadamente, tal experimento no
le ha dado muy buenos resultados, la Luna se traga la gente.
Sin embargo, esto que estamos diciendo no le
interesa a nadie, mucho menos a los ignorantes ilustrados; ellos se sienten la
mamá de los pollitos o el papá de Tarzán.
El Sol ha depositado dentro de las glándulas
sexuales del animal intelectual equivocadamente llamado hombre, ciertos gérmenes
solares que convenientemente desarrollados podrían transformarnos en hombres
auténticos.
Empero el experimento solar resulta
espantosamente difícil debido precisamente al frío lunar.
Las gentes no quieren cooperar con el Sol y por
tal motivo a la larga los gérmenes solares involucionan, degeneran y se pierden
lamentablemente.
La clavícula maestra de la obra del Sol está en
la disolución de los elementos indeseables que llevamos dentro.
Cuando una raza humana pierde todo interés por
las ideas solares, el Sol la destruye porque no le sirve ya para su experimento.
Como quiera que esta raza actual se ha vuelto
insoportablemente lunar, terriblemente superficial y mecanicista, ya no sirve
para el experimento solar, motivo más que suficiente por el cual será destruida.
Para que haya inquietud espiritual continua se
requiere pasar el centro magnético de gravedad a la esencia, a la conciencia.
Desafortunadamente las gentes tienen el centro
magnético de gravedad en la personalidad, en el café, en la cantina, en los
negocios del banco, en la casa de citas o en la plaza de mercado, etc.
Obviamente, todas éstas son las cosas de la
personalidad y el centro magnético de la misma atrae a todas estas cosas; esto
es incontrovertible y cualquier persona que tenga sentido común puede
verificarlo por sí misma y en forma directa.
Desgraciadamente, al leer todo esto, los
bribones del intelecto, acostumbrados a discutir demasiado o a callar con un
orgullo insoportable, prefieren tirar el libro con desdén y leer el periódico.
Unos cuantos sorbos de buen café y la crónica
del día resultan magnífico alimento para los mamíferos racionales.
Sin embargo, ellos se sienten muy serios;
indubitablemente sus propias sabihondeces los tienen alucinados, y estas cosas
de tipo solar escritas en este libro insolente les molestan demasiado. No hay
duda de que los ojos bohemios de los homúnculos de la razón no se atreverían a
continuar con el estudio de esta obra.