Mahoma, como bardo
nórdico. - El Paraíso de los mahometanos, la Walhalla de los nórdicos, la Tierra
de Befinn de los bardos y los Campos Elíseos de los paganos. - Hermosos pasajes
del Telémaco, de Fenelón. - El tránsito de esta vida a otra forzosamente
inferior o superior. - El problema de la felicidad en este pobre mundo. - Las
tres distintas "felicidades" del bueno, del malo y del tibio. - Opiniones de un
ilustre polígrafo extremeño. - La felicidad, como todo lo del mundo, no puede
existir sin el contraste de la lucha. - El verdadero destino del hombre es la
felicidad "jina" y otras aún superiores que nos son desconocidas. - "¡Creced,
multiplicaos y sed felices"'. - La imaginación, como única realidad
trascendente, es la clave de toda felicidad o desgracia humanas. - La felicidad
estriba sólo en el esfuerzo y en la muerte del deseo. - Tres distintos tipos de
"felices" aquí abajo, según varios poetas. - Nuestro ángel o "jina interior" y
su trabajo oculto a lo largo de esta vida. - "El momento-cumbre" y la edad de
los Cristos.
"¿Sed, quid indignor?"
Los pasajes coránicos transcritos en
el capítulo anterior demuestran que Mahoma fué un verdadero rapsoda al estilo de
Homero, de Hesíodo y de los bardos nórdicos Su misma descripción del Paraíso
jina, deparado a los justos una vez que han dado feliz cima a sus penalidades en
la Tierra, no es sino un eco fiel de aquella Mansión de la Dicha, o Walhalla
de los Eddas escandinavos, o de aquella Tierra de Befinn que los
bardos irlandeses del Gaedhil nos cantan como verdaderas Mansiones Solares
o Campos Eliseos, al tenor de la consabida etimología jina de Helios,
Helias, Elías o Eliu: EL SOL.
Las O'Logans transations, de
Irlanda, describen dicho encantado país jina en estos términos, que
recuerdan a los del Corán:
"¡Oh Befinn, Befinn querido,
ven conmigo al maravilloso país mío!; allí, donde el cabello de las mujeres es
rubio como el oro, y sus cuerpos, de la pureza de la nieve virginal; allí, donde
las preocupaciones y las congojas humanas jamás hallaron asiento... Blancos como
perlas son los dientes de ellas y negras sus pestañas. La vista se extiende sin
límites por las llanuras donde nuestros inmortales gozan de deleites infinitos,
con el color de las rosas en sus mejillas juveniles... Las praderas aquellas
están eternamente cubiertas de flores multicolores, esmaltando, graciosas, el
fresco césped, como las motitas que salpican el huevo de mirlo... Nuestras
hermosas llanuras de Junisfail (¿la Piedra de la juventud?) no son sino
desiertos tristísimos comparadas con tales llanuras elíseas. Aunque alegre y
embriagadora sea la hidromiel de Junisfail, es infinitamente más embriagadora la
ambrosía de aquel sublime país, porque él es el único digno de alabanza en todo
el mundo: la tierra bendita donde nadie muere jamás ni cae en decrepitud. ..
Dulces y cristalinas corrientes de agua se entrecruzan en aquella comarca
deleitosa, donde se ven los más perfumados bosques y se bebe el mejor vino. Sus
habitantes son hermosos todos y sin imperfección alguna... El amor no envuelve
jamás sombra de pecado ni de vicio, ni el dolor ni la maldad tienen allí su
asiento... Los que en semejante región vivimos podemos ver a la gente en todas
partes, aunque pretenda ocultarse; pero por nada ni por nadie podemos ser vistos
de los hombres: la nube, el Velo de la transgresión de Adán, es la que a
vosotros, los mortales, os impide vernos. .. IOh mujer infeliz: si alguna vez
vinieses a este mi país dichoso, tendrás en tu cabeza cabellos de oro, comerás
frescas viandas, beberás vino hidromiel, "leche recién ordeñada y pálida
cerveza! Allí, en fin, reposarías en sus brazos tú, ¡oh Befinn!..."
y en otro lugar de aquélla se lee:
"... El viernes (día de Venus)
hice una visita a la divina morada de Creide: ¡a la casa feliz de Creide, del
lado Nordeste de la Montaña, venciendo dificultades increíbles! . . . Allí he
pasado cuatro días y medio de una semana deliciosa; allí he vivido en la dulce
compañía de hombres y mujeres, todos en la más lozana juventud; de druidas
santos y de celestes músicos, servidos regiamente por toda clase de pajes y
doncellas, porque allí estaba Romaine para cuidar de todo cuanto concierne a los
siervos de la rubia Creide, la de áureos cabellos. Allí he dormido sobre
mullidos lechos de pluma, entre abrigados cobertores. Allí he bebido néctares
deliciosos en limpias tinas..."
Y en el Poema de Lomna, el
Enoch irlandés, se añade, en fin:
"¡Oh Lomna, Lomna!... Tú no fuiste
muerto por los hombres, por esos hombres de las malas gentes de Luighne; tú no
fuiste muerto por un jabalí ni por otra fiera alguna, ni has muerto por una
caída, ni tampoco en tu lecho... ¿Vives, pues, todavía, oh tú, Lomna
maravilloso? ¿Vives tú allí donde sólo los inmortales residen?.."
Esta Tierra de Befinn, cuya
etimología extraña corre parejas con la del Lomna inmortal y la de la vetusta
Creide, no es sino aquella Mansión de las Maravillas de la Naturaleza, la
Tierra del Descanso, debajo del cielo que sostuvo Atlante con sus
hombros, que el héroe bárdico Rusismundo llegó a habitar después de sus luchas;
tierra a la que llegan todos los héroes caballerescos al ser "osirificados" o
coronados, como Clareo, el amante de Florisea, en la gran novela etíope y
bizantina que a través de los siglos acaba dando lugar a Los trabajos de
Persiles y Sigismunda, de Cervantes
,
porque, a bien decir, el mito escandinavo o protosemita nórdico, el mito
grecorromano, el irlandés, el coránico y el bíblico son uno mismo, cambiando
sólo los nombres y los tiempos.
Es más: héroes caballerescos de esta
clase, tales como Amadís de Gaula (simbólicamente, "el amador de la altura",
o sea el galo, el gálata, el galaico, el samaritano, etc., que todos estos
nombres son idénticos) y el gran Raimbaud de Vaqueiras (simbólicamente, el
vaqueiro astur, el búddhico "Conductor de la Vaca", que aparece como amante de
la divina Beatrice, a la manera de Dante y de Petrarca, en la página 118 de la
Hiddru tradition in Masonery), no son sino los prototipos
simbólico-caballerescos del héroe humano en lucha con el Destino o "Luz Astral",
y camino del mundo jina desde el día en que nace (si no antes) hasta el día de
su muerte, que es el de su iniciático triunfo. Como tales prototipos, tienen su
representación, día por día y pueblo por pueblo, en algún héroe
chico o grande, en algún genio o jina humano, que por su triunfo ha
venido a constituirse así, después de muerto, es decir, después de pasar a aquel
mundo, en el "hombre representativo", numen o guía, ora de una simple familia,
ora de una comarca, una región, una raza o una época, ya que en la matemática
seriación de las unidades humanas de los diferentes órdenes todos somos héroes:
grandes, pequeños o ínfimos, puesto que a todos, aquí abajo, nos es obligatoria
la lucha como, única razón de nuestra existencia en este mundo dual,
verdadera zona intermedia que pertenece a la vez al submundo (Hades,
Hella, Infierno o "lugar inferior") de los elementales, y al
supramundo (Campos Elíseos, Cielo, Devachán, Amenti, Paraíso, etc.) de los
jinas. Tal es el hermoso simbolismo pitagórico de los dos círculos secantes: el
de arriba, o supramundo, y el de abajo, o submundo, dando lugar en
su zona de fntersección a una tercera y doble región, que es nuestro mundo
.
Por eso,
cuando en cualquier obra de índole más o menos ocultista se quiere salir de este
nuestro transitorio y prosaico mundo, se tropieza en seguida y a la vez, como
diría el vizconde de Figaniere, con el submundo y el supramundo, que le son
simétricos, simbólicamente hablando, y que, por su conjunto, constituyen lo que
solemos llamar "el otro mundo": ese mundo doble que forzosamente tienen que
recorrer los héroes, como los recorriera Ulises. Los ejemplos de tales viajes "iniciáticos"
no acabarían nunca.
Fenelón, por ejemplo, en sus
Aventuras de Telémaco, el hijo de Ulises, nos describe el viaje de éste por
el otro mundo en los siguientes términos: "Angustiado Telémaco por ciertos
sueños en los que creía ver ya muerto a su adorado padre, se dispuso a bajar al
reino de las sombras por un lugar célebre, poco lejos del campamento. Alejóse
Telémaco de él sin que nadie lo notase, caminando a la luz de la Luna e
invocando a aquella poderosa deidad que siendo Selene en el cielo, era al par
casta Diana en la tierra y Hécate formidable en los abismos. Temblábale la
tierra bajo su planta; fulguraban en vivos relámpagos los cielos y le palpitaba
el corazón, bañándose su cuerpo en un frío sudor de muerte... Dos cretenses que
le habían acompañado hasta cierta distancia, se quedaron más muertos que vivos,-
rogando por él en un templo. Espada en mano, apenas dió algunos pasos nuestro
héroe comenzó a vislumbrar una vaga luz, cual la que suele alumbrar nuestras
noches. Reparó entonces en unas pálidas sombras que revoloteaban en derredor
suyo y a las que ahuyentaba con su espada. Luego le cerró el paso un cenagoso
río, cuyas impuras ondas describen a la continua angustiosos remolinos. Allí, en
aquellas márgenes pantanosas, vagaban los innumerables espectros de cuantos
muertos habían quedado aquí sin sepultura, y que para pasar a la otra orilla
imploraban en vano la misericordia del despiadado Caronte, el dios infernal cuya
vejez eterna es siempre melancólica y odiosa.
Y luego, describiendo ya el reino de
Plutón, como antecámara del otro mundo, el sabio arzobispo francés sigue
diciendo: "En torno del trono de ébano del rey de los infiernos revoloteaban
fatídicos los congojosos desvelos; las crueles desconfianzas; las venganzas,
cubiertas de heridas, y destilando sangre los injustos odios. La roedora
avaricia se devoraba a sí misma, y el despecho se desgarraba las carnes con sus
propias manos. Allí estaban, en fin, la loca soberbia que lo arruina todo; la
traición, siempre alimentada de sangre y sin poder gozar. sin embargo, jamás del
fruto de sus perfidias; la envidia, esparciendo en torno de sí mortal veneno, y
destrozándose a sí misma cuando dañar no puede; la impiedad, que se labra un
abismo sin fondo, en el cual ha de precipitarse sin esperanza; las visiones
macabras, los horribles fantasmas de los muertos, espanto de los vivos; las
aterradoras pesadillas y los crueles desvelos que causan tanta angustia como los
más horrorosos ensueños. Todas, todas estas y otras imágenes funestas ceñían al
fiero Plutón y llenaban su fatídico palacio...
Allí los condenados no han menester
más castigo de sus delitos que el espectáculo de sus delitos mismos. Animado
secretamente Telémaco por la diosa Minerva, entró valerosamente en aquel abismo.
Allí se encontró con una multitud de hombres que yacían castigados por haber
procurado las riquezas con crueldades, engaños y traiciones. Reparó que entre
ellos se hallaban muchos sacrílegos hipócritas que, fingiendo tener amor a la
religión, se habían prevalido, sin embargo, de ella, como del más excelente
pretexto para satisfacer su soberbia, burlando la sencillez de los crédulos.
Estos, que así se habían servido para el mal hasta de la propia virtud, que es
la mayor dádiva que pueden hacernos los dioses, eran castigados como los más
delincuentes entre todos los hombres. Los hijos que habían degollado a sus
padres; las esposas que habían bañado sus manos en la sangre de sus maridos; los
traidores que habían traicionado a su patria y violado todos los juramentos,
padecían allí harto menores penas que los hipócritas y simoníacos. Así lo habían
querido los tres jueces del infierno, porque decían que los tales no se
contentan con ser malos, como el resto de los impíos, sino que, además,
pretenden pasar por buenos, y hacen, con su falsa virtud, que los hombres no se
atrevan a creer en la verdadera. Los dioses, de los que tan impía y
solapadamente se han burlado en el mundo, y a quienes han hecho despreciables en
la opinión de los otros, ahora se vengan con todo su poder de todos los insultos
que así se les han inferido".
Después de recorrer de este mundo las
mansiones inferiores, el héroe Telémaco pasa a los Campos Elíseos, que Fenelón
describe, a su vez, así:
"Reyes y héroes estaban en los
fragantes bosquecillo s de los Campos Elíseos, sentados sobre céspedes siempre
verdes y floridos. Mil arroyuelos de puras linfas regaban aquellos amenos
sitios, manteniendo en ellos la más deliciosa frescura. Multitud de avecillas
canoras agitaban con sus armonías aquel encantado ambiente de los
bienaventurados. Allí se veían juntas las más hermosas flores de la primavera
con los más sabrosos frutos otoñales. Allí jamás sopló con su frío aliento el
Aquilón tempestuoso, ni se experimentaron jamás los ardores de la canícula. Ni
la guerra, siempre sedienta de sangre; ni la envidia cruel, que muerde con su
diente envenenado; ni el temor, ni los celos, ni las desconfianzas, ni los demás
vanos deseos se acercaron nunca a aquella santa mansión de la paz. Allí ni tiene
fin el día, ni espacio las tinieblas nocturnas, y en torno del cuerpo de los
justos, sus moradores, se difunde una purísima y apacible luz que con sus rayos
le ciñe a guisa de ropaje, no una luz semejante a esotra que ilumina los ojos de
los tristes mortales, y que es más bien tiniebla tan sólo, sino una celestial
emanación de gloria que parece empaparlo todo, penetrando sutilmente hasta por
los cuerpos más densos, cual por el cristal penetran sin perderse los rayos
solares. Una luz, en fin, que no sólo no deslumbra, sino que, al contrario,
fortifica los ojos e infunde en lo más íntimo del alma un no sé qué de inefable
serenidad. Una luz que sirve al par de alimento a aquellos hombres dichosos
sobre toda ponderación; que en ellos entra; que sale de ellos irradiando; luz,
en suma, que hace ver, sentir y respirar la más indescriptible y más inagotable
de las alegrías. Los bienaventurados moradores de los Campos Elíseos se. hallan
así sumergidos en aquel piélago venturoso, cual lo están en el mar los peces, y
no desean poseer otra cosa alguna, pues que con semejante luz están llenos, así
el mundo como los humanos corazones. Por eso, ellos ni sienten ya deseos ni
buscan vanas delicias o absurdas riquezas, pues la plétora de su felicidad tiene
su manantial perenne en ellos mismos, en el interior de su propio ser, sin
necesitar de otro alimento, sin entrar en ellos la pobreza, las enfermedades,
las aflicciones, los remordimientos, enojos, disgustos, discordias, ni aun
siquiera la esperanza misma, fuente casi siempre de temores. La muerte propia ya
no les amenaza con su guadaña. Las montañas de Tracia, cubiertas de perpetuas
nieves, podrían ser arrancadas de sus sólidos asientos, antes de que los justos
moradores del Elíseo se alteren por el asunto más mínimo. Sólo, sí, se
compadecen, pero con piedad dulce y tranquila, que en nada altera la serenidad
de su estado, de las infinitas miserias que oprimen a los hombres en su
peregrinación por la tierra. Sus rostros irradian una juventud eterna; una dicha
eterna y una gloria divina. Su alegría no es desordenada, sino apacible, noble,
majestuosa; un sublime gozo trascendente de la verdad y de la virtud. Tienen,
sin intercadencias, en todos los instantes, aquel júbilo mismo que experimenta
una madre cuando vuelve a ver al hijo que tenía por muerto; huellan gozosos las
regaladas delicias y se acuerdan con placer de aquellos melancólicos y breves
años, en los que, para ser buenos, hubieron menester el pelear contra sí propios
y contra el avasallador torrente de los hombres malos, sin dejar de admirar un
punto el auxilio y favor de los dioses, que los llevaban como por la mano a lo
largo del sendero de la virtud, entre tantos y tan graves peligros. Se ven
felices y saben además que habrán de serlo siempre. Cantan en loor de los
dioses, y todos juntos no son sino una voz, un solo pensamiento, un solo corazón
y una felicidad tan sólo, que en aquellas unidas almas parece el flujo y reflujo
del mar, viendo correr los siglos con más rapidez que entre los mortales las
horas, y, no obstante, mil y mil siglos sucesivos no disminuyen lo más mínimo su
dicha, siempre entera y siempre nueva. No llevan, no, las falsas diademas con
las que les exornó el mundo, sino que los mismos dioses les han coronado con sus
propias manos con guirnaldas floridas, inmarcesibles...
No encontrando Telémaco a su padre
entre aquellos reyes de los Campos Elíseos, buscó para ver si por lo menos
descubrían sus ojos a su abuelo, el divino Laertes. Cuando así inútilmente le
buscaba, se vino hacia él un venerable y majestuoso anciano. No era la vejez de
éste como la de los demás hombres, a los que oprime el peso de los años, sino
que se veían en él juntas todas las bellezas de la juventud amada con cuanto la
ancianidad tiene de grave y de sereno, porque en los viejos más decrépitos
renace la. belleza no bien pisan los Campos Elíseos. Llegóse, pues, el anciano
hasta Telémaco, como a persona a quien mucho amase, dejándole suspenso: "Hijo
mío -dijo al joven el viejo-, te perdono el que así me desconozcas. Yo soy
Arcesio, el padre de Laertes, tu abuelo. Pasé de aquella a esta vida un poco
antes de que mi nieto Ulises, tu padre, partiese para el sitio de Troya. En
aquel tiempo eras tú muy niño; estabas en los brazos de la nodriza, y desde
entonces deposité en ti grandes esperanzas, que, en verdad, no han resultado
vanas, pues que te veo aquí abajo que vienes a buscar a tu padre, y los propios
dioses te favorecerán en tu empresa... Deja, pues, de buscar a Ulises acá, en
los Elíseos Campos. Él vive aún y es aguardado en Itaca. También, aunque
oprimido por los años, vive Laertes, aguardando a que su hijo le cierre los
ojos, porque los hombres pasan allí como las flores que se abren hermosas por la
mañana y a la tarde ya están agostadas y pisoteadas por los pasajeros. Como el
agua de un torrente, huye sin detenerse el linaje humano. Tú mismo,. hijo mío,
que al presente disfrutas de una juventud tan viva, verás trocada
insensiblemente tu frescura, belleza, salud, fuerza y alegría, desvaneciéndose,
como un sueño que deja tan sólo amarguísima memoria. La enemiga y desvalida
vejez arrugará tu rostro, agobiará tu cuerpo, enflaquecerá tus trémulos
miembros, secará, en fin, la fuente de los consuelos de tu corazón,
disgustándote de lo presente, atemorizándote con lo futuro, y quitándote el
sentido para todo, menos para el dolor. Este tiempo viene con grandísima
velocidad, al par que se ahuyenta el fingido presente. 'Gobiérnate, pues, con la
vista siempre puesta en lo venidero, y con pureza de vida y amor a la justicia
prevente un lugar mañana en esta morada excelsa de la eterna paz..." Hablando
así Arcesio, sus palabras penetraban hasta lo más íntimo de su corazón,
esculpiéndose en él para siempre como en bronce entallado por la mano de genial
artista. Eran ellas como llama sutil que se encendía en las entrañas del joven
con no sé qué clase de soberano incendio, que le consumía en uno como dolor
dulce, un inefable deliquio, mezclado con un místico tormento, capaz de
arrebatar hasta la misma vida.
Estos sublimes conceptos del arzobispo
de Cambray merecen el más serio estudio en orden a la felicidad falsa de la
tierra y a la verdadera felicidad jina del cielo.
Al llegar, en efecto, el hombre a la
época en que ya puede alcanzar a comprender cuanto le rodea, no habrá uno que no
pare su atención y se pregunte a sí mismo: ¿Qué es la vida? ¿Cuál es el lugar
que me toca en este mundo? ¿Por ventura, estas dotes que me hacen superior a
todos los animales, estarán destinadas a perecer?
Desde el monarca más poderoso hasta el
obrero más humilde, la mente humana divaga en el círculo de tales preguntas. Y
no se diga que la limitada inteligencia de algunos les priva de semejante idea,
pues el espíritu de conservación y el anhelo de inmortalidad a todos nos domina.
El morir es fuerza, pero el ansia de vivir es un instinto invencible.
Nacido el hombre para ser educado, en
su educación consiste la bonanza o la desdicha de su vida. Tierno arbolito que
se doblega a la voluntad del jardinero que le cuida, en la pericia de éste, del
educador, estriba todo, sin negar por ello la diversidad nativa de las
inclinaciones y temperamentos.
Como dice Rousseau, la primera voz del
recién nacido es un gemido, una prisión su primera envoltura. Ningún ser más
desvalido que él, ni más desventurado; ninguno más torpe, endeble y necesitado
de amparo, y ninguno más nacido para vivir en sociedad, por tanto.
Con lágrimas venimos; con lágrimas
mediamos en nuestra carrera, y con lágrimas, en fin, solemos despedimos de la
tierra. Colocados en un punto casi imperceptible del espacio, juguetes de
nuestras pasiones y esclavos de nuestras dolencias, somos arrastrados de
continuo como una pluma que se lleva el viento.
Y, sin embargo, existe en el hombre
una facultad poderosa que, abstrayéndole de esta lacrimosa vida, encuentra
inesperados recursos, propios para hacerla, no sólo tolerable, sino hasta
lisonjera. La poca felicidad de que gozamos aquí abajo, más se la debemos, en
efecto, a nuestra creadora imaginación que a los hechos verdaderos. Cimentados
están en su propia mente, ese insondable seno de nuestra alma que no puede
expresar ningún vocablo, los goces más excelsos y expansivos que disfrutar
podemos. .. Mas, ¡oh condición mísera de la naturaleza humanal, para lograr
tamaños goces, también es preciso antes sufrir.
En la infancia, cuando la razón yace
en capullo, los goces y padecimientos del nuevo ser son meramente físicos.
Acariciado por todos los que mira, el niño se considera con derecho a exigirlo
todo. Como sus armas sean las lágrimas, usa de ellas como el mejor guerrero, y
así, retozando en su casa como el corderillo al lado de su madre en pleno campo,
pasa el niño una vida bastante cercana todavía a la de los animales, aunque
tranquila.
Mas la hora de la razón y de la
responsabilidad suena al fin, y el hombre entra de lleno en el mundo, y entra
encontrando precisamente en esta difícil época un gran vado en su corazón. ..
Inquieto se revuelve; alza su vista al azulado cielo, presintiendo en sí ya un
gran misterio, del que nada, en
verdad, alcanza a comprender; siente inundarse de tristeza su alterado pecho, y
busca fuera de sí propio ya la satisfacción integral de su afán, que no es sino
la ley natural de la conservación de la especie humana, cifrada en la ley
imperiosa del amor entre los sexos. El amor le embarga entonces sus facultades
todas; el amor le arrastra por entre peligros sin cuento, y el amor, en fin, ese
mismo que tan puro se le presenta en el primer momento, acaba a veces sumiéndole
en mísera corrupción. Poco diestro todavía el ya joven en el arte de pensar, se
siente arrastrado por la pasión y su tiranía...
Pero una ley superior aun a la pasión
misma ataja bien pronto su locura. En vano intenta el joven soslayar su fallo,
pues que allí mismo, donde la Naturaleza puso el deleite, le colocó también el
hastío, cual si la vida humana estuviese obligada a caminar siempre entre la
flor y la espina, no siéndonos dable el coger la primera sin clavarnos
dolorosamente la senda. únicamente nos está permitido en el dilema el buscar
flores con la mayor hermosura posible, y al par también con las menores espinas.
Tales flores no son, empero. aquellas que aparecen a primera vista más galanas y
radiantes, con perfume tan intenso que embriagan al pronto, aunque al final
fastidien; ni tampoco aquellas que por todas partes brindan el ser cogidas, sino
otras flores más modestas, sencillas, suaves: las tranquilas virtudes, que
cimentadas en un trabajo moderado y adornadas de un sentimiento exquisito,
realzan, por encima de todo lo mortal. la excelsa condición trascendente del
hombre.
El encontrar tan bellísimas flores
debe ser el noble afán de todo hombre sensato. Sus espinas acaban también
tornándose en flores nuevas, y los eternos goces que ellas deparan, de tal modo
superan a los padecimientos sufridos para conseguidas, que llegan a borrarse. al
fin, estos últimos.
El género humano ha sido criado
para ser feliz., no para ser desgraciado, y el imaginar que el natural destino
de la humanidad es el vivir martirizada, es, a más de una impiedad absurda, una
atroz impostura; porque no
cabe pensar ni un momento que las preciosas facultades con las que contamos para
adquirir las virtudes dichas nos hayan sido dadas por la Naturaleza para que las
dejemos inactivas o, lo que es peor, para que las apliquemos locamente para
nuestro tormento y nuestra ruina, siendo una gran fortuna el que verdad tan
consoladora sea axiomática, casi instintiva, como todas aquellas que llevan en
sí el sello de la Naturaleza misma... Pobre, y aun algo más, es, pues, la
sentencia que se pone en boca de Dios, una vez que hubo creado a la primera
pareja humana: Crescite et multiplicamini et implevit terram, se dice que
dijo; yo más bien habría puesto: ¡Creced, multiplicaos y
SED FELICES!
A primera vista no parece sino que el
hombre es feliz en tanto que goza, de modo que si le fuera posible una sucesión
dilatada de placeres, sin que ninguna desazón o pesar viniera a perturbarlos, se
contemplaría feliz en el grado más eminente. Y es tan universal la coincidencia
en este punto, que todas las religiones están de acuerdo en proclamar la
existencia de un paraíso o gloria, donde el justo, después de muerto, goza sin
intermisión de la dicha más fecunda y perdurable que la imaginación puede
concebir.
Hay, sin embargo, un gran escollo en
este punto, a saber: que es sobrado culpable que quien antes no se ve aquejado
de alguna dolencia o atormentado por alguna aflicción, no puede verse libre de
ella, como no puede disfrutar del placer de descansar quien no está fatigado,
del de comer quien está inapetente, del de beber quien no tiene sed. Y del
propio modo no puede sentir los placeres que resultan de contentar las pasiones,
ya sean sensitivas, ya afectivas, ya intelectuales, quien antes no se vea
apremiado por estas pasiones mismas. En resumen: no hay placer sino al
satisfacer algún deseo. Y: como los deseos no son sino la expresión de las
necesidades, se deduce que es imposible el placer sin que le preceda la
correspondiente necesidad de cuya satisfacción el placer resulta, o, en otros
términos, que no nos es dable el gozar sin que anden alternados la necesidad, el
anhelo determinante del malestar y el placer que por el subsiguiente bienestar
se origina, o en fin: no hay gozar allí donde no anden siempre alternados el
mal con el bien.
¿Quién será, pues, el hombre más
infeliz? Aquel, sin duda, que, encontrándose con muchas y muy grandes
necesidades, carezca totalmente de medios para satisfacerlas. ¿Quién el más
feliz? Aquel que cuente con más completos medios de satisfacer sus multiplicados
deseos. ¿Será tan feliz, en fin, el hombre que, teniendo pocas necesidades,
esté, sin embargo, provisto de todos los medios para satisfacerlas, como aquel
otro que teniendo muchas necesidades pueda también proveer a todas ellas? Sin
duda, la felicidad del uno y del otro puede tenerse por completa; pero, pues
goza más quien más deseos contenta, puede también asegurarse que será una
felicidad más rica en placeres la del segundo que la del primero.
Tales son las cuestiones que el gran
polígrafo extremeño D. Julián de Luna y de la Peña
se propone al comienzo de su Tratado de la Felicidad, obra por desgracia
inconcluída e inédita, y hay que convenir que en aquellas cuestiones se plantea
un problema trascendente, que roza de un modo directo con el misterio de
ultratumba.
Hay, en efecto, en el complejo
problema de la felicidad una concepción infantil, egoísta o estática, y otra
concepción superior, eminentemente viril, dinámica y altruísta,
correspondiéndose, a bien decir, la una con lo que llamar podríamos el ideal de
la bestia humana, y la otra con el del jina que, más o menos, llevamos
también todos dentro. Nuestra mayor o menor racionalidad estriba en cómo
ponderamos la una con la otra; y nuestro destino de ultratumba es más que
probable que esté cifrado también en el triunfo definitivo que se haya logrado,
al fin, de la segunda sobre la primera.
Porque es indudable, dentro de la
lógica e innata idea de nuestra responsabilidad moral, que el hombre es el autor
de su propio destino. Los defectos, como alguien ha dicho, se heredan, pero
también las virtudes, y cada hombre posee en sí mismo, por herencia de :Questros
antepasados, un capital de salud, de felicidad y de éxito, con el que podemos
siempre y en todo caso hacer algo útil. "Todos los hombres -dice Gibbon- reciben
además dos clases de educación: la que les dan los demás y la mucho más
importante que cada cual se da a sí mismo". A la demanda de la frase célebre de
Mazarino, que pedía sólo un hombre que tuviese lo que se llama "buena suerte",
el gran Sáinte-Beuve respondía en carta a Madame Loines: "La fortuna entra
ciertamente por mucho en las cosas humanas, pero entra por muchísimo más la
conducta" porque, como añade Fogazzaro en El Santo: "Entre los
pensamientos de cada hombre existe una especie de jerarquía. Ciertas nociones
dominan en él y gobiernan su vida: el deber religioso, el moral, el civil, etc.
De tales deberes tiene el hombre, más o menos, el concepto que le fué enseñado
por sus preceptores. Pero esta jerarquía de ideas fundamentales e imperiosas no
es el hombre todo. Por bajo de ella hay multitud de otras ideas que se agitan y
modifican bajo las impresiones y experiencias de la vida, y más profundo aún
existe otra región de su alma, su inconsciente, donde ciertas facultades ocultas
realizan un trabajo "oculto también -el trabajo del jina- y donde se
producen los místicos contactos con Dios".
En cuanto a la manera de fomentar
semejante trabajo oculto de nuestro ángel o jina interior para
elevamos a superior vida, he aquí la doctrina que en La Voz del Silencio
nos expresa la Maestra H. P. B.:
"Una vida casta, una mente despejada,
un corazón puro, un intelecto ansioso de conocimientos, una percepción
espiritual clara, un cariño fraternal hacia toda la humanidad, una buena
disposición para recibir y dar consejos e instrucciones, un sufrimiento animoso
de la injusticia personal, una declaración esforzada de principios, una defensa
valerosa de aquellos que son injustamente atacados., una devoción perseverante
hacia el ideal de progreso y perfección de la humanidad, que la Ciencia Sagrada
describe:. estos son los escalones de oro por los cuales el principiante puede
alcanzar el Templo de la Sabiduría Divina. o. Acudiendo así en auxilio de
las leyes de la Naturaleza y trabajando en armonía con ella, la propia
Naturaleza nos mirará como uno de sus colaboradores o Creadores y nos
prestará obediencia". La pacienzuda labor precisa para ello es, en efecto, la
única que labrarnos puede un más alto Destino, porque sólo a fuerza de paciencia
es como el ínfimo gusano de seda convierte en raso para principescas vestiduras
la pobre hoja de morera que le nutre.
Por desgracia, este mundo es de lucha,
porque, como parte integrante que es a la vez del submundo y del supramundo, nos
obliga a todos los hombres a debatirnos entre el impulso salvador hacia ideales
redentores futuros, el lastre ancestral o kármico de los vicios, y esa inercia o
ley de vulgaridad egoísta que hace de la pereza animal una tercera fuerza. Las
tres referidas realidades están, como hemos demostrado en otra parte,
simbolizadas en el juego del tresillo: la una, por el jugador que, asistido de
los necesarios "triunfos" o "estuches", aspira a triunfar, o sea a "llevarse la
jugada", pasando en su día, repetimos, al triunfante mundo de los jinas; la otra
es la dolorosa realidad contraria, representada por el que, asistido de ciertos
"triunfos", también aspira a derrotar al héroe o "jugador", a la manera como
nuestras pasiones nos derrotan; la tercera realidad, en fin, es la de aquellos
desgraciados "tibios” que no llevan la contra a nada, porque para ellos lo
importante es pasar el rato del modo más escéptico, perezoso y egoísta.
¿Lo
dudáis, lectores? Pues ved aquí tres distintas concepciones de la felicidad
terrestre, correspondiéndose estrictamente con tres diferentes clases de
hombres: la del ignorante, la del "equilibrado" y la del rebelde. Las tres se
deben a muy gallardos poetas.
La primera es la del personaje de
Gabriel y Galán titulado El Sibarita, cuya plena felicidad se describe
así en el gráfico lenguaje de los rústicos extremeños:
¡A mí n'ámas me gusta
que dali gustu al cuerpo!
Si yo juera bien rico,
jacía n'ámas eso:
jechalmi güenas siestas
embajo de los fresnos,
jartalmi de gaspachos
con güevos y poleos,
cascalmi güenos fritis
con bolas y pimientos,
mercal un güen caballo,
tenel un jornalero
que tó me lo jiciera
pa estalmi yo bien quieto,
andal bien jateao,
jechal cá instanti medio,
fumal de doci perras
yandalmi de paseo
lo mesmo que los curas,
lo mesmo que los médicos.
. .
Si yo juera bien rico.
jacía n'ámas eso,
¡que a mí n'ámas me gusta
que dali gustu al cuerpo!
El segundo ejemplo de felicidad lo
tenemos en estas otras do poesías; la una es de Iriarte, y dice así:
Las cosas que hacen feliz,
amigo Marcial, la vida,
son: el caudal heredado,
no adquirido con fatiga;
tierra al cultivo no ingrata;
hogar con lumbre continua:
ningún pleito; poca corte;
la mente siempre tranquila;
decentes fuerzas; salud;
prudencia, pero sencilla;
igualdad en los amigos;
mesa, sin arte, exquisita;
noche, libre de tristezas;
sin exceso en la bebida;
mujer casta, alegre, y sueño
que acorte la noche fría;
contentarse con su suerte,
sin aspirar a más dicha;
finalmente, no temer
ni anhelar el postrer día.
La otra es del capellán Rey Soto, y
continúa:
Dame, Señor, para que en ella
muera,
una de esas casonas aldeanas,
con portón blasonado, con ventanas
de poyos y magnífica escalera;
con negros y altos techos de
madera,
arcones perfumados de manzanas,
balaustres de piedra en las
solanas,
con hórreo al Pie, y palomar y era.
Dame un huerto con pródigos
frutales
y sangrientos de rosas los rosales,
donde cante una fuente alegre y
sola;
un libro de poemas, un tintero,
papel, café, cigarros, un frailero
y un perro que a mis pies mueva la
cola.
La tercera y más alta de las
felicidades, en fin, es la del rebelde, la del que anhela algo superior, la del
titán humano, en suma, que se subleva heroico, si es preciso, hasta contra el
Destino mismo. Semejante felicidad, que ya precisa la justificación de otra
vida más alta que aquesta miserable vida, está cantada por Carlos Navarro, en
los siguientes términos:
Destruir para siempre las cadenas;
tomar la negra noche en claro día;
derramar esperanza a manos llenas;
convertir el dolor en alegría.
Trocar los odios fieros en amores;
dar inefable bien por mal profundo;
sembrar las rutas de olorosas
flores,
gozar del Paraíso en este mundo.
Alzar el pensamiento a las
estrellas
y difundir la lumbre, como ellas.
Hacer la eterna paz; matar la
guerra;
anular privilegios y egoísmos.
Repartir la fecunda y ancha tierra,
y ser los dueños de nosotros
mismos.
He aquí tres tipos distintos de ideal
de felicidad, tres tipos muy humanos, cada cual a su manera; y, lo que es bien
triste, todos los hombres, salvo una excelsa minoría, que es por ello gloria y
ornato de la humanidad, suelen recorrer a lo largo de su vida dicha escala de
aspiraciones, en sentido inverso a como las llevamos dadas anteriormente. Por
eso ha podido decir el prefacio a la traducción francesa de la Historia de
Felipe II, por Watson, esta verdad dolorosísima:
"En la juventud, en esa dichosa edad
de las ilusiones en la que el entusiasmo hacia la virtud eleva el alma por
encima de todas las cosas, se cree firmemente en la virtud misma, y se siente
tanta indignación como asombro cuando se la ve escarnecida en. el mundo. El
joven. a la vista de la maldad que osa menospreciar una por una todas las
virtudes, se encuentra siempre en situación violenta; se agita en vanos
esfuerzos, en votos estériles hacia el bien, y sufre cruelmente cuando ve que la
desvergüenza y la perversidad están adueñadas del mundo... Pero, más tarde,
cuando los años van calmando su imaginación, anquilosando su corazón ardiente y
apagando los juveniles fulgores de su mente ansiosa; cuando el joven ha
adquirido por sí la triste convicción de que se irrita en vano contra algo más
fuerte que él y que resulta fatalmente inconmovible; cuando ve que todos los
hombres se parecen en su despotismo, en su orgullo y en su hipócrita codicia,
llevando la dulzura hasta la bajeza, el interés personal hasta la demencia, y
hasta la estupidez la total ignorancia de sus fueros y derechos, siente la
tentación de echarlo todo a rodar y volverse escéptico, guardando para sí sus
principios redentores y diciendo con el clásico: "¿Sed quid indignor? -
Ridere sabius est..."
Este terrible momento en que la mal
llamada realidad riñe- con el ideal la suprema batalla, es, por decirlo
así, el momento cumbre, el decisivo de cada vida, al que se conoce
vulgarmente por "la edad de los cristos", pues que él se presenta
inevitablemente en la plena virilidad, o sea entre los veintiocho y los cuarenta
años, como razón suprema de nuestra vida terrestre misma. Si el hombre es
entonces derrotado, ya no será en adelante sino un cadáver de Hombre, un alma
muerta de las que, al tratar de Plutarco, hemos hablado en el capítulo V. Su
felicidad, en lo que le reste de vida física, ya no podrá ser sino francamente
grosera y escéptica, o gazmoñamente hipócrita, que es peor aún, pues, como dice
El Emilio, de Rousseau (volumen IV de sus obras completas), "no hay más
esclavo que el que realiza el mal, porque lo realiza siempre a pesar suyo, y la
verdadera libertad, lejos de estribar en esta o en la otra forma de gobierno,
radica en el propio corazón del hombre que merece tal nombre de libre,
llevándola éste doquiera consigo, mientras que al hombre vil le sigue siempre la
servidumbre". "El día de la esclavitud moral -añade Homero, Odisea, 17-
despoja al mortal de la mitad de sus virtudes, porque las mismas mudanzas de la
fortuna no son sino sucesos que templan los vigores del carácter, haciendo
verdaderamente grande al hombre que ni se envanece con la fortuna próspera, ni
con la adversa se abate (Tito Livio, libro 45, c. VIII), y hasta el propio dolor
tiene sus delicias", como no ignora ningún místico.
Esta felicidad, como dice Hans Sanchs
a Walter al hablarle (véase Los maestros cantores, de Wágner) de los
verdaderos Cantos de Maestro, no está apoyada sino en las Reglas del
Supremo Arte, el
ARTE DEL "HONESTE VIVERE",
del Derecho romano, el vivir no sólo para uno propio, sino para la Humanidad, y
con el altruísmo del
SACRIFICIO.

Véase Wágner, mitólogo"
ocultista, capítulo de "Tristán e Iseo", que, a bien hacer, debiéramos
transcribir aquí, como asimismo todo lo relativo a otros héroes que saltan
en diversas páginas de los tomos que le preceden.
No podemos detenemos aquí a
desarrollar este símil geométrico, que es del mayor alcance trascendente,
según pueden convencerse los lectores estudiándole.
Este honrado ascendiente mío
(abuelo materno) nació en Zarza Capilla (Badajoz), en 1789, y murió en
Cabeza de Buey (Badajoz) , en 1848. Jefe politieo. escritor y estadista a
quien tanto debe la región extremeña, aparece biografiado en el tomo nI,
págs. 115 Y siguientes de la Revista de Extremadura, y también en el
tomo VIII, págs. 52 a 58 de la misma publicación. Hijo Luna de un siglo
amamantado por la Enciclopedia y la Revolución francesa; bautizado en sangre
por la conquista de las libertades civil y política de nuestra patria;
testigo, en fin, de los pasmosos progresos científicos y materiales de su
época, su patente misticismo se orientó hacia los redentores problemas
sociales que hicieron su aparición por entonces con los fisiócratas, los
socialistas de cátedra y los miembros insignes de esas Sociedades
económicas de amigos del país, a los que España tanto debe. De aquí su
gran obra sobre Economía política, que conservamos inédita y en la
que fustiga duramente a Adán Smith, Juan B. Say. Malthus y cuantos en mala
hora han hecho de la ciencia económica un instrumento de dolor y de opresión
verdaderamente universal.