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El Don Quijote de
la Mancha y los Libros de Caballería. - Destrucción de los Misterios
atlantes y arios. - Hércules-Alcides. - El gran encantador Merlín, el jina. - El
Baladro de Merlín. - Los doce trabajos de Hércules y la Tabla Redonda. - El doce
en los Misterios. - "Yo soy Merlín, aquél que las historias...". - Arthus-Suthra,
Uter y Pendragón. - La isla Avalloria o "de los ancianos". - Un pasaje de Gibbon.
- Opiniones de Hume, Clemencín, Aribau y otros. - "El hilo de Oro". - El Kama-loca
gaelés. - El cuervo de Arthus y la Ciudad del Dite. - El Rey Pescador y su Grial
Santo. - Los eternos "lobos con piel de oveja". - Viejas "patrañas" verdaderas.
- Las crónicas de Turpín, Carlo-Magno, Orlando y los Doce Pares. - El Telesín de
Rusticiano de Pisa. El nieto bretón de Eneas. - Amadís y su Peña Pobre. -
Tirante el Blanco, el Caballero del Febo, Partinuplés y demás héroes
caballerescos. - La conquista jina de "el ultramar de la vida". - Salidos,
Galateas y demás gentes de la pastoril "Arcadio-jina". - La "Jerusalén
libertada", del Tasso. - Los "Cuatro hijos de Aymón". - Godofredo de Bouillon y
la Magia siríaca. - Circes y héroes. - La "fuente de la risa". - Los cruzados y
los jinas. - Los caballeros del Temple y el Viejo de la Montaña.
Quien con las luces teosóficas estudie
a fondo la incomprendida y calumniada literatura caballeresca que el doctor
Daniel Huet atribuye a árabes e hindúes, verá bien pronto que ella es simbólica,
iniciática o jina. La célebre sátira de Cervantes en su Don Quijote,
lejos de destruirla, como parece, la depura y sublima, cuando se sabe leer entre
líneas, y toda la Edad Media debió sus luces, en medio de la general ignorancia,
a la corriente de idealismo, caballerosidad, heroísmo y ciencia trascendente que
ella aportó al mundo de los bárbaros, aunque el mundo, ciego, no siempre llegase
a comprenderla.
Por desgracia, un tema tan amplio mal
va a poderse desarrollar en un mero capítulo. Quédese ello para un libro, aunque
se den aquí las tónicas oportunas del mismo; tónicas iniciáticas, es decir
abstrusas, intuitivas y hasta cierto punto secretas; tónicas que el lector por
sí mismo es el único llamado a desenvolver, a guisa también de "caballero
andante del Ideal", en demanda de su efectiva salvación jina tras las
negruras de esta miserable vida física, que no es sino tránsito, duda, dualidad
y lucha
.
Roma, por Julio César, había destruido
en las Galias ese culto iniciático-jina o de los Misterios Atlantes y Arios,
del que tan por extenso nos hablan Ragon en su Ortodoxie Maçonnique,
y Blavatsky en el tomo nI de su Doctrina Secreta; pero como el demonio de
ella en Gales, Escocia y aun Irlanda era casi nominal, no bien se desmoronó el
Imperio, llegaron las invasiones normandas y se recrudecieron las luchas de los
pictos y escotos contra los galoceltas, caledones o bretones, es decir, contra
los herederos de esos Tuatha de Danand galaicos, de los que nos hemos ocupado en
diversos lugares
,
y se hubo de resucitar la misma tradición primitiva de las hazañas simbólicas de
Al-cide, Hércules o "el Señor", es decir, de los atlantes de la Buena Ley
o jinas, que se salvaron de la gran catástrofe, en lucha contra los
secuaces de la Mala Magia, que en ésta perecieron.
Es, en efecto, una ley en la evolución
del mito la de que las hazañas recientes de un héroe se encapsulen, digámoslo
así, en las de otro más antiguo, como se ve en las de Napoleón imitando a César,
César a Alejandro, Alejandro a Dario, a Sesostris, etc., dentro de la eterna
repetición cíclica de la Historia entrevista por Vico. El nuevo Hércules o
Arjuna galocelta del año 514 se llamó ARTHUS, y su Instructor, el Krishna
nórdico que le animase en sus luchas, fué Merlín,
"...aquel que las historias
cuentan que tuvo como padre al
diablo
(mentira autorizada por los
tiempos),
príncipe de la Mágica y Monarca
y archivo de la Ciencia
Zoroástrica,
émulo a las edades y a los
siglos..."
En efecto, del mismo modo que Jehovah
se le aparece a Moisés y Jesús a Pablo, o sea como el Maestro iniciador se
aparece al fin al discípulo antes de que éste inicie su labor redentora, Merlín,
el Archidruida o Pontífice, surge un día de su sepulcro ante los
asombrados ojos de Arthus, y del mismo modo que antes lo había hecho con el
Pendragón Vortigerno en el lago seco iniciátíco, le lanza a Arthus el terrible
Baladro (Threno o Profecía) de la serpiente blanca y de la roja,
arrolladas en la Tau, formando el eterno caduceo de Mercurio, y le habla del
formidable Jabalí de Cornuallis, del León de Justicia
,
y, en fin, de la necesidad que tiene Arthus, como "pendragón" o caudillo también
de los siburos, bretones, caledonios, tuathas y demás pueblos primitivos
occidentales, de emprender valeroso la difícil conquista del Santo Grial, el
Monte Santo de la Iniciación, que, como hemos demostrado en el capítulo "Parsifal",
de nuestro Wágner, mitólogo y ocultista, no es ningún "plato", "copa",
"joya" ni "piedra física", como dieron después en decir los necromantes
falsificadores del augusto mito ario-atlante, con cargo a uno de los sesenta y
ocho Evangelios apócrifos, al hablar de la lanza de Longinos y de las
predicaciones de Josef de Arimatea, para estímulo de todos aquellos héroes de la
Tabla Redonda, Galoz, Booth, Don Galván, Perceval o Parsifal, etc., etc.,
encargados de su conquista.
Según el mitógrafo español don
Buenaventura Carlos Aribau, en sus Libros de Caballerías (Revista Crítica de
Historia y Literatura, página 326 y siguientes); Pellicer, en una de sus
notas al Quijote, sostiene que Ambrosio Merlín fué un célebre inglés,
tenido por encantador y mago o profeta, que floreció por los años 480, y de
quien la grosera malicia de algunos, recordando las apocalípticas supersticiones
acerca también del Anticristo, se decía que fué hijo de una princesa loca y de
un feroz demonio íncubo, quien transmitió a su hijo toda su prodigiosa ciencia.
Feijoo, en su Teatro Crítico (II, disc. 5), aún daba más pelos y señales
de la tal madre de Merlín, diciendo que fue una religiosa del monasterio de
Cacumerlin. En cuanto a su Baladro, también se narran en él muy
minuciosamente los lazos santos que ligaran al viejo instructor Merlín con sus
tres principales discípulos: alero, Pendragón y Arthus, o sea "los
hombres nacidos de mujer", los "dioses" y los "héroes"
.
Merlín, pues, era un efectivo Maestro
o jina, y como tal, guarda conexiones con los héroes de todas las teogonías. Es,
por de pronto, el Hércules ógmico, del que ya hemos hablado a propósito de los
Tuathas, y por eso inspira con sus doce trabajos solares las
doce victorias de su discípulo Arthus, o Suthra, "hilo de oro
conector", o Verbo, entre su excelsitud y la bajeza del mundo. Arthus, a
su vez, crea sus doce discípulos, que son otros tantos héroes de la
eucarística Mesa, o Tabla Redonda, en representación de los
respectivos doce meses del año, o sean los doce hercúleos "trabajos de vida" que
actualmente realiza en la Tierra el Sol, cosa también representada de igual modo
iniciático en los doce patriarcas antediluvianos; en los doce hijos de
Jacob, patriarca de Israel; en los doce apóstoles, discípulos de Jesús;
en los doce puntos pitagóricos; en los doce hijos de Ida y de Adyti; en
las Doce tablas de la ley romana (que son las mismas del Decálogo, con
más otras dos secretas), y, en fin, en los doce dioses mayores, o signos del
Zodíaco, uno de los cuales es el Hombre.
Y de igual modo que la grosera
tradición relativa a la apoteosis jina de Hércules (como la de Enoch, Elías,
Simeón ben Yocai, etc., que llevamos descritas) le hace víctima del fuego
devorador y pasional, originado al vestir la terrible túnica de su esposa
Deyanira, la tradición caballeresca de Merlín nos le presenta a éste encerrado y
encantado en su tumba, como castigo a su debilidad con su esposa Bibiana,
quien, por halagos, le arrancó, en prueba de amor, la Palabra Sagrada que podía
encadenarle, ni más ni menos que al asceta Kandú la ninfa Pranlocha, según se
lee en los Puranas védicos. Desde entonces, Merlín yace en la terrible
ciudad del Dite o Daythia del submundo, como yacen en el tarn, en
el dolmen, en el valle iniciático o en la montaña sagrada los gaedhélicos Tuatha;
yace, añade la tradición, "transformado en cuervo", es decir, sumido en
las tinieblas, o "noche" del humano ciclo de caída, o "kali-yuga" , en espera
del cisne, el Lohengrin humano o "Caballero andante del Ideal", que ha de
venir a desencantarle, o sea a sacar de nuevo la salvadora Magia blanca a
la luz del día para traer otra vez la Edad de Oro a la Tierra. No hay que decir
con esto si la leyenda simbólica de Merlín no está enlazada con todas las
grandes leyendas iniciáticas, desde la del sacrificio de Daksha, el Prometeo
encadenado y el "cuervo-cisne apolíneo" de Cástor y Pólux (noche y día, invierno
y verano, contrarios complementarios, en fin, en la Naturaleza) , hasta la
Divina Comedia, el Paraíso Perdido, las leyendas lohengrinescas de la
infanta Isomberta o Isis, la de las dos aves; blanca y negra, de Odin (Hugín y
Munín) , el cuervo-cisne de los templarios y de los piratas Wikingos
escandinavos, y todas las demás, que son consecuencia de la primitiva leyenda
jina del Gautama y su "Vaca", y la primitiva leyenda egipcia de Osiris-Isis-Horus-Tiphón,
la terrible Tetracys pitagórica, por la que temían jurar hasta los dioses...
El anciano Merlín, el joven
verbo Arthus, los doce patriarcales caballeros de la Redonda Mesa
eucarística del Grial, mesa actualmente en poder del "Rey Pescador",
"Ictius" (personaje que no hay para qué señalar con el dedo despertando
sectarias suspicacias), son todos una teogonía medioeval y jina, que
puede ponerse sin desdoro al lado de cualquiera otra de las antiguas en su
séptuple significado astronómico, numérico, geométrico, filológico,
biológico, artístico e histórico. Por desgracia, la eterna necedad
humana, ayudada por los "lobos con piel de oveja" o "mercaderes del Templo", la
hizo fracasar, como acaso logren realizado también con el presente movimiento
teosófico.
Y como se trataba de teogonías
secretas, sólo se podía llegar a ellas por iniciación. De aquí todo el conocido
ritual caballeresco (transcripción de otros más antiguos y que ha venido a parar
hasta la moderna francmasonería), con sus cuatro grandes épocas: la teosófico-iniciática
y secreta del siglo XI; la guerrera y mundana de las Cruzadas; la albigense, y
la ya decadente y literaria que ha llegado hasta nosotros informando con sus
principios, tanto o más que el propio Cristianismo, a toda la vida moderna, con
sus "leyes de caballerosidad y de educación", "códigos del honor, la dignidad y
la galantería", "palabras de caballeros", y tantas otras que parecen haber
encontrado, como Merlín, su tumba en la sima materialista de la Gran Guerra y en
lo que después se nos quiere traer...
Así durante la terrible noche de la
Edad Media (noche de la que no hemos salido aún quizá) brillaron soberanas las
"patrañas viejas y las olvidadas hazañas de nuestros padres -o jinas-,
contenidas en los tres libros del esforzado y virtuoso caballero Amadís, hijo
del rey Perión (o Pelión) de Gaula y de la reina Elisena", como
reza la portada del Amadís de Gaula, "corregido y enmendado por el
honrado y virtuoso caballero Garci-Ordóñez de Montalbo, regidor de la noble
villa de Medina del Campo", y por eso ha podido asegurar Clemencín
(Comentarios al Quijote, cap. VI) que la cuna de los libros "caballerescos
españoles lo ha sido Portugal"; como la de los franceses lo han sido la Bretaña
y Normandía; la de los ingleses, Gales y Cornualia; la de los normandos,
Escandinavia, y la de todos ellos, en fin, la leyenda ario-atlante de ese ser
amado de Isis o Amadís, que se pierde en las tinieblas de la
prehistoria, libro ibero y nórdico occidental con el nombre de Hércules, el
Arjuna del Mahabharata, que también pasase a América con el nombre de
Quetzalcoatl.
¡Qué de libros no han derivado, en
efecto, del Baladro, de Merlín (480) , Y de las no bieI; conocidas y
"apócrifas" Crónicas del Arzobispo Turpín (800); de la jinesca y anónima
Historia de Carlo-Magno, de Orlando y de los Doce Pares (1110); del
Telesín y Marquín galeses (las Shekinales y el Melquisedec
cabalistas) , traducidas en 1120 por el "jina" Rusticiano de Pisa; de las
Historias bretonas de Brutos,. el nieto de Eneas, hasta Calevastro o Kale-d'astro,
prínciPe de Gales, muerto el año 700, traducidas al latín por Maese
Eustaquio en 1115, y la gemela Historia latina de los bretones Merlín, Arthus,
Lancelote, Issota, Tristán y Perceval, del benedictino galés Godofredo d,e
Monmouth en 1138, todos a base, por decido así, del Dolophatos, o
Novela de los Siete sabios de Grecia, y del libro hindú de Los Siete
con.. sejeros de Send-bad, traducido al francés por Heriberto Leclerc.
Amadís
en la Peña Pobre llamándose "BeItenebros"
o el "hijo", el "sumido en las tinieblas de la duda y de la desesperación", no
es sino el Segismundo, el welsungo de Wágner, que, pudiendo llamarse
Friedmundo, "boca de par", y Frohwalt, "el que se agita en la alegría
o el éxtasis", toma el nombre de Wehwalt, "el que aquí abajo yace en el
dolor de la vida física", para ascender luego a los cielos del Ideal (o de su
señora Auri-ana) tras sus torturas. Tirante el Blanco, Lanzarote,
como El Caballero del Febo o Solisdán, Partinuplés o Partéríope
(el hijo de las Musas del Partenón), Perceforest, Amadls de Grecia,
Roldán, Oliveros, Guy de Borgoña, Ricarte de Normandía, Baldovinos o "Val-bovino",
Reinaldos, Lisuarte, Olivante de Laura, Florismarte de Hircania, Belianís,
Tablante "de Rico-Monte", Rugel o Rigel de Grecia, Esplandián, Pierres
y su Magalona (o "maga Elena"), Cirolingio de Tracia, Durandarte,
el Cid y, en fin, la copiosa serie de los Palmerines de Oliva y de
Inglaterra, Primaleón, Platir, Polendos, Don Duardo, etc., no son sino otros
tantos "héroes solares", más o menos históricos, que en sus crónicas y países
respectivos resucitarán, más o menos "superhombres u hombres del Ideal", la
nunca muerta leyenda del primitivo Hércules (el sabio, el griego, el
egipcio y el hindú), como se resucitará siempre que en las grandes angustias de
los pueblos éstos clamen al Destino, entonando, como la EIsa del Lohengrin,
el tema del supremo dolor, llamado también por Wágner en sus obras EL TEMA
DE LA JUSTIFICACIÓN
.
Todo esto sin contar, alIado de los
libros jinas o caballerescos, esos otros tan afines a ellos y nacidos de
su decadencia que se consagraron también, en prosa y verso, a cantar las
delicias jinas o paradisíacas de la feliz Arcadia, tierra de Ultramar (el
ultramar de la Vida, el "reino de Sobradisa", el "Jardín de Flores", o sea el
otro mundo) , con sus Salicios, Nemorosos, Filebos, Darineles, Galateas, Filis y
Dianas, en los que tanto sobresaliese -y él harto sabía por qué- el inca
Garcilaso, del que hablásemos en anteriores capítulos al tratar de sus
antecesores incas. Bien lo comprendió así el genial Cervantes, cuando de su
valeroso caballero Don Quijote vencido, y de su escudero Sancho, quiso hacer en
los últimos capítulos "dos nuevos pastores de la soñada Arcadia del Descanso
post-vitae", cual si el héroe manchego presintiese ya vecina su muerte
física, tras el natural cansancio de todo caballero andante que, a lo largo del
Sendero de Liberación, ha recorrido las cuatro partes del mundo en busca de
aventuras de todo género en las que poder mostrarse superhombre, jina o justo...
Los libros de caballería, con todas
sus degeneraciones de los últimos tiempos, que acabaron por desacreditarlos,
son, pues, eternos. Lejos de haber muerto, como erróneamente se dice, bajo la
sátira del manco de Lepanto, viven hoy de nuevo, con su Grial y todo, e
inmortalizados, además, por la más sublime de las músicas descriptivas en esas
inmortales obras del coloso de Bayreuth, que se llaman Lohengrin, Tannhauser,
Tristán e Iseo, Parsifal y El anillo del Nibelungo, a todos los cuales hemos
consagrado un modesto pero adecuado comentario en el tomo nI de esta
Biblioteca.
Por otra parte, en la rápida
exposición que vamos haciendo en este capítulo, no sería perdonable el que
omitiésemos algunos pasajes, jinas también, aunque de contraria índole, de las
Cruzadas, el imponente hecho histórico que puso al Occidente en comunicación con
el Oriente y preparó, además, el descubrimiento de América.
Pasando por alto las maravillas que se
cuenta precedieron a la elección del gran caudillo Godofredo, primer rey cruzado
de Jerusalén; las hechicerías de la madre del sultán Kerbogá y de los mágicos de
Judea; los casos de Guillermo de Tiro, Bernardo el Tesorero, el pontífice
Adhemar, penetremos un poco en ese otro "libro de caballerías con más o menos
historia", llamado La Jerusalén Libertada, del Tasso.
En ella vemos, ante todo, la figura de
Godofredo de Bouillon, el caudillo de los cruzados, que llega con sus tropas
hasta las proximidades de Sión. Alarmado Aladino, el rey de Judea, llama al mago
Ismeno para que se prepare a combatir con sus artes necromantes a los soldados
de la Cruz, a la manera de aquel terrible Mangis de quien se habla en la Crónica
caballeresca de Los Cuatro Hijos de Aymón, en el sitio del castillo de
Montalbán. testigo de las tristezas de Carlo Magno. En la excitación que reina
entre los infieles contra los cristianos, son acusados falsamente los dos
jóvenes Sofronia y Olindo, que se habían entregado como víctimas propiciatorias
al furor de aquéllos. Clorinda, la gentil amazona, los salva, y se precipita
luego en personal combate contra el sin par Tancredo, la flor y nata de los
caballeros de Occidente que van a rescatar de manos de los infieles el sepulcro
del Señor; pero es vencida por aquel nuevo Bayardo de los francos. Plutón, el
dios de los infiernos, reúne entonces a todas sus negras huestes astrales de
harpías, gorgonas, hidras, esfinges y demás caterva, contra los cristianos, y el
mago Hidraot, por su mandato, despliega también sus malas artes contra éstos,
preparándoles la más temible de las celadas con los encantos irresistibles de
Armida, su sobrina, para que ella, con la sugestión del paraíso de los mentidos
deleites amorosos, siembre el germen de todas las malas pasiones, sobre todo de
la discordia, en el pecho de los caudillos cruzados coligados. Godofredo, entre
tanto, movido acaso por celestiales avisos, envía operarios al bosque sagrado
inmediato, oculto entre dos valles por cima de Jerusalén, para talarle, acabar
con el encanto que le hacía inadorable a los mortales, y, con sus maderas,
construir las torres y demás máquinas de guerra que habían de abatir los muros
de la ciudad sagrada.
Para evitar este peligro, el mago
Ismeno puebla la selva de toda clase de encantos, misterios y terrores. El Tasso
nos la describe, diciendo que sus inextricables marañas esparcen una sombra
funesta y letal, por lo que jamás el pastor conduce a ella su ganado, ni el
peregrino la huella con su pie, porque en ella se reúnen las brujas con sus
amantes nocturnos, celebrando en cuerpos informes y espantosos las más
criminales orgías y sacrificios sangrientos. Puede decirse que en que sea o no
talado dicho antro arbóreo cifra todo el éxito o desgracia del asalto de los
cristianos, a quienes el propio Arcángel Miguel protege y alienta. Un anciano
eremita revela también al caudillo franco las maquinaciones seductoras de Armida,
de las que ha hecho víctima al gran Reynaldos de Montalbán. Sobreviene, en
efecto, una escena de lucha en el pecho de éste, entre su pasión y su deber
guerrero, inflamado por las persuasiones de dos cruzados a quienes ha conducido
un anciano eremita, en la que de tal modo triunfa la heroica virtud del cruzado,
que Armida, en el exceso de su dolor y de su rabia, al verse vencida, destruye
con su conjuro todo su fantástico palacio y se eleva en los aires. De allí a
poco, Jerusalén, la ciudad santa, cae bajo el ímpetu de los sitiadores, quienes
van a prosternarse gozosos ante el sepulcro de Jesús...
Esto, como se ve, no son sino glosas
más o menos desnaturalizadas de las otras hazañas caballerescas, pero "necromantemente
trasladadas del otro mundo a éste" por el poeta italiano.
El Tasso, después de narrar las
aventuras que en la barca encantada acaecen a los dos guerreros Ubaldo y el
danés, que van a libertar a Reynaldos del funesto encanto en que le tienen
sumido las malas artes de Armida, describe así su llegada a través de mil
peligros y molestias al retiro donde mora aquella nueva Circe con su amante:
"Los dos caballeros prosiguen veloces su camino; mas, de repente, se encuentran
con una hueste formidable de fieras cual jamás viera en sus orillas el Nilo, ni
el seno de Africa, las selvas de Hircania o los confines del Imperio atlante.
Este formidable ejército, lejos de poder resistirles, se puso en fuga a la sola
vista de la varilla mágica que les diera el anciano ermitaño y al oir su débil
silbido. Llegan así sin resistencia hasta la falda del monte cubierto de nieve,
y traspuesta esta final barrera, se ven en medio de una vasta llanura, de
transparente y nunca visto cielo, respirando un aire puro y embalsamado, sin que
ni aun la marcha del sol comunique, como sucede en otros movimientos, reposo en
sus alientos, y sin que alternen como en otras partes el calor con las
escarchas, ni las nubes con el tiempo sereno. sino que su cielo se viste siempre
de purísimos resplandores y rechaza lejos de sí el calor y los fríos; los prados
están eternamente tapizados de yerbas, y éstas de flores que conservan siempre
su fragancia como los árboles sus sombras; el palacio de la encantadora, sentado
en medio de un lago, se enseñorea desde allí sobre montes y mares. Cansados los
dos guerreros de la larga y penosa subida, caminaban por aquella senda de
flores, cuando descubrieron de improviso una fuente que les convidaba a
humedecer en ella sus sedientos labios en sus cristales, que manan en grueso
chorro de la peña, salpicando las yerbas con su nevada espuma y, reuniéndose
luego sus aguas, desaguan por un canal bajo perennes y transparentes sombras.
"-He aquí la fuente de la risa
-exclaman éstos-; he aquí el río funesto para los que beben sus aguas. Tengamos,
pues, a raya nuestros deseos y seamos prudentes hasta la exageración, cerrando
los oídos al dulce y pérfido canto de las falsas Sirenas de los placeres
prohibidos". Y diciendo esto llegaron adonde el río forma más abajo un lago
delicioso.
En la orilla de este lago había una
mesa cubierta de los más apetitosos manjares. Dos graciosas y lascivas jóvenes
retozaban sobre la superficie de las aguas, ora bañando en sus ondas sus
semblantes radiosos, ora nadando, ora zambulléndose, para aparecer de nuevo más
y más hermosas...
Viene aquí la tentación a la manera de
las gopís con Krishna, o de Parsifal con Kundry, diciendo las sirenas a los
bizarros jóvenes cruzados: "-Oh venturosos peregrinos que habéis logrado
penetrar hasta aquí con vuestro esfuerzo. Sabed que esta morada de delicias es
el puerto del mundo; aquí podéis encontrar un remedio a todos vuestros pesares y
disfrutaréis de cuantos bienes gozaron antaño los humanos en la feliz edad que
se llamó de oro. Abandonad, pues, con confianza esas armas que tan útiles os han
sido hasta aquí. Colgadlas de esos árboles frondosos. pues que de aquí en
adelante habéis de ser guerreros del amor tan sólo". Reynaldos va luego a la
selva a destruir sus encantos, regresando vencedor.
A pesar de las múltiples manos
pecadoras que han pasado por la historia de las Cruzadas, despojándolas de la
mayor parte de sus hechos maravillosos, todavía saltan aquí y allá algunos que
cabrían perfectamente en nuestros modernos libros espiritistas. En la
imposibilidad de dados todos, apuntemos sólo los siguientes (Historia de las
Cruzadas, de Michaud y Poujoulat):
Bernardo el Tesorero, al describimos
en su Crónica la segunda y tercera cruzada, nos dice: "Antes de hablaras
más del ejército cruzado, quiero referiros un suceso maravilloso que pasó, y fué
que los de retaguardia encontraron a una vieja hechicera, esclava de un tirio de
Nazareth, que iba montada sobre una burra. Los soldados la prendieron y
sometieron a tormento, hasta que les hubo dicho quién era y qué venía a buscar
allí. La vieja respondió que iba siguiendo en derredor del campamento para
hechizarlo con sus sortilegios. Añadió que ya los había rodeado dos noches
consecutivas, y que si hubiese alcanzado a hacerlo la tercera hubiesen quedado
todos tan ligados que no habría escapado ni uno solo. Entonces los arqueros la
echaron a la hoguera, de la que tornó a salir como si tal cosa, por lo que un
hombre de armas le dió un hachazo". (Dom Martenne, colección. tít. V, y
Muratori, Rerum Italicum scriptores, tít. VII, pág. 659, edic. 1725).
Durante el sitio de Archas por los
cruzados pereció, rodeado de maravillosas circunstancias, Anselmo de Ribaumont,
conde de Buchair, de quien los cronistas ponderan su talento, piedad y valor.
"Un día -dice el cronista Raimundo de Agiles- Anselmo vió entrar en su tienda al
joven AngeIram, hijo del conde de San Pablo, que había muerto en el sitio de
Marrah, -¿Cómo puede ser, hijo mío, que vos viváis -dijo Anselmo-, siendo así
que yo mismo os he visto morir en el campo de batalla? -Debéis saber -respondióle
el joven que los que combaten por Jesucristo no mueren jamás. -Pero, ¿de dónde
procede -replicó Anselmo- esa desconocida brillantez que os rodea? Entonces
Angelram, levantando los ojos al cielo, señaló en el espacio hacia un palacio de
cristal y de diamantes, diciendo: -De allí es de donde procede la radiante luz
que os ha maravillado; allí está mi habitación, y allí también se os prepara
otra más hermosa todavía para vos, que vendréis a ocuparla bien pronto. Adiós;
mañana mismo nos veremos". "Diciendo estas palabras -añade el historiador-
Angelram tornóse al cielo, y Anselmo, vivamente impresionado con semejante
aparición, hizo llamar al día siguiente a varios eclesiásticos; recibió con
fervor los sacramentos y, aun cuando disfrutaba de excelente salud, se despidió
de sus amigos hasta la eternidad. En efecto, al cabo de pocas horas los sitiados
hicieron una salida, y Anselmo corrió, espada en mano, contra ellos; pero
recibió una pedrada en la frente que al punto le envió al cielo a habitar aquel
bello palacio que le mostraba la aparición". En este pasaje del cronista cruzado
se inspiró luego el Tasso para su bellísimo "Sueño de Godofredo" (libro XIV de
la Jerusalén libertada). La Biblioteca de las Cruzadas (tomo 1)
conserva también una muy curiosa carta de Anselmo de -Ribaumont. Durante dicho
sitio de Archas, en fin, empezó a suscitarse también entre los guerreros de la
Cruz la polémica relativa a la Santa Lanza, que tanto les enardeciese en el
sitio de Antioquia, y que acabó con la prueba del fuego, en la cual Pedro
Bartolomé de Marsella cruzó por medio de una hoguera, como los sacerdotes
brahmanes lo practican a veces en las grandes ceremonias y sin que recibiese
daño alguno, pero no sin que, entusiasmados sus fanáticos partidarios, cayesen
sobre él como un santo, para repartirse sus vestiduras, con lo que le acarrearon
la muerte, cesando desde entonces la Santa Lanza en sus prodigios. (Historia
de las Cruzadas, por Michaud y Poujoulat, libro III) .
Vengamos, finalmente, a unas gentes
misteriosas del Líbano, eterno objeto de las iras de todos los cronistas
eclesiásticos
.
"Entre los pueblos que estuvieron en
relaciones con las colonia_ cristianas -dicen Michaud y Poujoulat-, la historia
no puede olvidar a los asesinos o ismaelitas, cuya secta era oriunda de las
montañas de la Persia poco tiempo antes de la primera cruzada. Se apoderaron de
una parte del Líbano y fundaron una colonia más arriba de Trípoli y de Tortosa.
Esta colonia estaba gobernada por un jefe, que los francos llamaban el Viejo
o el Señor de la Montaña. Establecido en Massiat, reinaba
sobre unos veinte castillos o pequeñas ciudades, o sea unos sesenta mil
súbditos. Su autoridad no tenía límites, y, según creencia de los ismaelitas,
podía distribuir a sus servidores las delicias del Paraíso. Los ismaelitas del
Señor de la Montaña estaban divididos en tres clases o
categorías... La superior de dichas clases se fortificaba desde su infancia por
medio de todo género de ejercicios; aprendía los idiomas y recibía una gran
cultura, para que pudiesen ir a todos los países a ejecutar las órdenes de su
jefe. En sus orgías empleaban el haschisch o jugo del cáñamo índico, de
donde viene su sobrenombre de aschischinos o asesinos. En medio de las
ilusiones de semejante bebida, el jefe podía disponer a su antojo de ciegos
instrumentos de su voluntad, por lo que hasta los reyes vecinos eran tributarios
suyos. Así que el Viejo de la Montaña había designado a un príncipe a la
venganza de sus discípulos, éstos, disfrazados de mercaderes, de frailes o de
peregrinos, se introducían cerca de la víctima; la seguían como la sombra al
cuerpo; esperaban la ocasión con una paciencia inaudita, y cuando llegaba el
momento oportuno, desgraciado del príncipe o del hombre poderoso cuya muerte se
les había confiado... Más de una vez las violencias ordenadas por el Viejo de
la Montaña sirvieron para vengar la causa de los cristianos. Así, Mandud,
sultán de Mosul, fué asesinado en Damasco por los ismaelitas al regresar de una
guerra cruel hecha a los francos en la Galilea; Bursaki, otro jefe musulmán, que
había mandado varios ejércitos sobre el territorio de Edeso y de Antioquía, cayó
muerto por los sectarios del Señor de la Montaña. Esta muerte, cometida
en medio de una mezquita, llenó de terror a muchos países del Oriente. Los
cristianos no supieron, sin embargo, sacar partido de tales circunstancias (Michaud,
1. V) .
Pero los historiadores de estos
iniciados del Líbano, verdaderos esenios que inspiraron a Rugo de Payens y
Godofredo de Saint-Omer la fundación de la que luego fuera la temible Orden del
Temple, o hacen silencio sobre ellos, o los calumnian. Pero estos últimos son
más eternos que sus propios calumniadores, y, en una forma u otra, la Gran
Fraternidad sufí de aquellos Hermanos de la Pureza, o Adeptos blancos,
subsiste aún hoy día en el corazón de los desiertos, sin que tenga nada que
temer, como antaño otros, de las necromancias de los funestos ascetas de la
Tebaida. Las encrespadas olas pasionales de la loca Europa van a morir apagando
sus rigores en aquellas arenas impenetrables y sagradas, de donde otra vez
tornarán a la luz del día con sus Misterios Iniciáticos, de los. que fueron un
pobre y perdido eco los de la antigua Masonería y otras instituciones similares,
en sus primeros años de esplendor.
Porque no hay que olvidarlo: el Viejo
de la Montaña, juez de cristianos, moros y turcos, no era sino un gran adepto
del Líbano, uno de esos Silenciosos Vigilantes que guardan las fronteras de este
nuestro mundo con el casto mundo de los jinas o superhombres que aquí abajo han
triunfado ya de su carne perecedera...

El día mismo en que el
primer místico halló los medios de comunicación entre este mundo y los de la
hueste invisible, entre la esfera de la materia y la del espíritu puro -dice
H. P. B.-, sacó la deducción de que el abandonar esta misteriosa ciencia a
la profanación del vulgo equivalía a perderla. El abuso de la misma
conduciría a la humanidad a una rápida destrucción. Equivaldría ello, en
efecto, a poner en torno a un grupo de niños toda clase de substancias
explosivas, dándoles cerillas al par. Así, el primero que llegó a ser Adepto
de esta gran ciencia inició tan sólo a unos cuantos escogidos, al par que se
mantuvo reservado con las multitudes. Había reconocido a Dios en su propio
Ser Interno: el "Atmán", el "Ego", el Señor Protector y Todopoderoso, el
Ahmi de la dulce y secreta Voz Interior o Conciencia.
"Este "Yo", a quien los filósofos
griegos denominaban Augoeides o "El Resplandeciente", está
magníficamente descrito en el P'eda, de Max-Müller. Después de
presentamos al Veda como el primer libro de las naciones arias, el
profesor añade que en él tenemos un período de la vida intelectual de la
Humanidad, sin rival en parte alguna del mundo. En sus grandiosos himnos
vemos al hombre abandonado a sí mismo para que él resuelva por sí el enigma
que le cerca misterioso... El poeta primitivo invoca, sí, a cuantos dioses o
poderes están por cima y por bajo el poder suyo, pero acaba descubriendo que
en su propio pecho radica o yace un poder que jamás permanece mudo cuando él
ora, y que nunca se ausenta cuando el hombre se siente avasallado por el
temor o por la duda. Al par que parece suspirar en sus plegarias, parece
escuchadas y ser el sostén del hombre y de cuanto al hombre rodea.
Braihman es el único nombre efectivo que cuadra bien a dicho poder
misterioso, porque brahman ha significado en su origen la fuerza, la
voluntad, el deseo, el Poder propulsor de la creación, en suma, y este
impersonal brahman, apenas es nombrado, crece y crece hasta
convertirse en algo verdaderamente divino, acabando por ser uno de tantos
dioses... El hombre llama Atmán a este Poder de su ser como del
Cosmos entero, porque Atmán equivale a aliento, soplo y espíritu".
Principalmente en De
gentes del otro mundo, capítulo VII.
El jabalí de Comualia, el león de justicia y Hércules-Arthus,
o "el hombre", son también, según las teogonías brahmánicas, los tres
últimos Manús o "conductores de hombres", que pueden verse descritos
en nuestras Conferencias teosóficas, capítulo de Las enseñanzas
orientales y la Geología.
Por mucho que la imaginación
y la mala fe de la magia negra eclesiástica haya tratado de desvirtuar estas
cosas, su tarea resulta a la postre inútil, porque suele dejar intactos los
nombres, con los cuales, gracias a la clave filológica, se puede siempre
reconstituir la verdad perdida. Así sucede con estos tres nombres
iniciáticos. El de Utero, o "Matriz", alude a la raza de aquellos
"héroes lunares", a aquellos "hijos de mujer" de Job y del Evangelio;
aquellos "hijos de Kunti, o de Pritha", del Baghavad Gita, que se
representan como símbolo contrapuesto al de los Pendragones, o
penteyrn, "hombres solares", "kurus", "kaurios", o "quírites",
dominadores del misterio de la mente, o pentalfa (estrella iniciática
de las cinco puntas) , que el Mahabharata, como todas las demás
teogonías, contraponen a aquellos "héroes de segundo orden", completando con
unos y otros el símbolo archicaballeresco de la rosacruz (misterio
del 4 con el 5). Lazo de unión de entrambas clases de héroes es, en fin, el
del famoso Arthus (Suthra, o "el hilo de oro", el Augoeides
gnóstico y oriental, si se lee a la inversa, o sea en bustréfodo). Por eso,
a su vez, es Arthus el héroe de los siluros, o libio iberos morenos
de Caerleon, muerto en la isla Avalloria (la Mansión de los "ava",
abuelos, antecesores, pitris o jinas), y alma, tanto en vida como después de
muerto, de todas las leyendas caballerescas de la Armórica, Cornualles,
Bretaña, Gales, Hibernia, Escocia, etc. Arthus, en efecto, muere en
desesperada lucha contra los invasores normandos y sajones, lucha en la que
no hacían sino reproducirse las viejas luchas postatlantes entre los magos
blancos, Tuatha, y los magos negros, o Firbolgs, tantas veces aludidas. "Las
fabulosas historias de Arturo y cuantas se refieren a la Tabla Redonda que
él fundase -sigue diciendo Aribau-, están consideradas justamente como las
más antiguas entre los libros de Caballerías que han llegado hasta nosotros.
Algunas de ellas fueron escritas, indudablemente, mucho antes de la
invención de la imprenta. La primera edición de la Crónica de Arthus el
de Inglaterra (pues que hay también Arthus de Bretaña y Arthus
del Algarbe), es la que dirigió en Westminster el célebre librero Caston
(1545), con el título de The lile and acts of the King Arthus, of his
noble Knyghtes of the rond table... and inthende the dolorous deth of them
all; wiche book was rcduced in to engly, oshe by Sir Thomas Malory Knytht".
El original de este libro, o fué portugués o fué latino, lo mismo que
los de Lanzarote del Lago, Tristán de Leonis y demás primitivos.
Arthus, según los poetas y novelistas que han celebrado sus proezas, fué el
fruto del adulterino comercio de Pendregón, general de los bretones, con
Ingasna (o Jin-gnana, la princesa jina de Cornualia) , es
Uter; es decir, el fruto de una raza mitad jina y mitad
humana, cual suele hacerse con todos los héroes, quien, por la gnosis,
gnana o "ciencia jina", establecen así el puente entre los hombres y los
dioses. "Nacido en 453, y elevado al trono de su padre en 516, alcanzó
señaladas victorias contra los sajones, pictos y escotos, y, después de
constituir la Tabla Redonda, conquistó a Francia, Noruega y Dinamarca (reino
de Dina, nombre, decimos nosotros, que aparecerá después). Entró en España,
donde mató a un gigante (el Gerión de su homólogo Hércules). De allí
revolvió sus huestes sobre Roma (¿contra la Iglesia Romana?). Supo entonces
la infidelidad de su esposa con su sobrino Modred. De vuelta a sus Estados,
venció a los rebeldes, y herido gravemente en un combate, murió en la isla
de Camlan" (Cameloc, o Kama-loka). "El libro de Arthus -dice
Gibbon (Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, c. 38)
- fué escrito en mal latín por Godofredo de Monmouth, trasladado luego a la
lengua familiar de aquel tiempo y enriquecido con todos los incoherentes
adornos que podían suministrar la imaginación, las luces y la erudición del
siglo XII. La fábula de una colonia frigia, transportada de las orillas del
Tíber a las del Támesis, se enlaza fácilmente con la Eneida (como se
enlaza, añadimos nosotros, con las de los Tuatha de Danand). De Troya, pues,
descendían los augustos abuelos de Arthus, y resultaban así parientes de los
Césares. La superstición y la galantería del héroe bretón, sus fiestas, sus
torneos y la fundación de los caballeros de la Tabla Redonda, son cosas
forjadas en el molde de la caballería, a la sazón floreciente; y las
fabulosas hazañas del "hijo de Uter" (o "el hijo de la mujer") parecían
menos increíbles que las empresas acabadas por el valor de los normandos.
Las peregrinaciones y las cruzadas habían introducido en. Europa los cuentos
de magia, propios de los árabes. Las hadas, los gigantes, los dragones
alados, los encantados palacios, se mezclaron con las ficciones más
sencillas del Occidente, y se sujetó la suerte de la Bretaña al arte y
vaticinio de Merlín. Todas las naciones recibieron y adornaron la novela de
Arthus y de los caballeros de la Tabla Redonda, y los voluminosos cuentos de
Tristán y de Lanzarote llegaron a ser la lectura favorita...". Sin embargo
de toda la leyenda Arthus es un personaje histórico, a juicio del sabio Hume,
quien, en su History of England, capítulo 1, dice, al describir las
invasiones sajonas: "En semejante trance, los bretones del Mediodía
solicitaron el auxilio de Arthus, príncipe de les siluros, cuyo heroico
valor sostuvo la suerte de su país contra la ruina que le amenazaba. Este es
aquel mismo Arthus que fué tan celebrado en los cantos de Taliesín y otros
bardos de Inglaterra, y cuyas militares empresas han sido desfiguradas con
tantas fábulas, hasta dar ocasión a dudar de la realidad de su existencia.
Pero los poetas, si bien suelen alterar con sus ficciones la historia
más verdadera, no por eso dejan de tener algún fundamento en sus
exageraciones".
Finalmente, nuestro Clemencín, en sus notas al Quijote, añade que
"Monmouth no compuso, sino que tradujo al latín, con algunas adiciones
suyas, la historia de Arthus", cuyo original estaba ya escrito, según Aribau,
en lengua galesa, esa lengua que, como de origen libio-ibero o atlante, se
pierde en la noche de los tiempos, como se pierde, a bien decir, el origen
de las leyendas acumuladas en torno a la historia de Arthus, en la lejana
penumbra de su prototipo originario, "Alcides", o "el Cid"; es decir, "el
Señor", "Arjuna" o "Hércules". El mismo nombre es palabra compuesta de "arktos",
osa, y "ouros'" guardián o conductor, cosa que le lleva al lado del de Cer-Froid,
"el conductor de la Cierva", mártir trinitario del siglo XIII, quemado vivo
en Babilonia, y no mencionado en los martirologios; Gauthama el Buddha, o
sea "el sadhú"; "el conductor de la Vaca"; "Bootes", el conductor del Carro
del Sol, EL HOMBRE SOLAR EN SUMA, EL SUPERHOMBRE, QUE ES HILO DE ORO ENTRE
LOS HOMBRES Y LOS DIOSES. Por eso el profesor Rhys, con gran acierto, le
hace la metamorfosis del dios galo Mercurio. Artario, rey de Oberón en la
isla encantada de Avalón, donde venció a Trorch- Trwyth, el gato de
Lausana, la Bestia Apocalíptica o Bramadora, en el Kame.
loe, o Kamaloca, el mundo astral de las pasiones, o el
submundo ...
Quien desee más datos acerca de todos estos héroes puede consultar lo mucho
que se ha escrito acerca de los libros de caballería, tales como la
Biblioteca di romand, de Melzi; la Europa portuguesa, de Faría
y Souzas; los Comentarios al "Quijote", de Clemencín y de Pellicer;
el Tirante el Blanco, de Francisco de Moraes (1592); el Catálogo
de libros españoles y portugueses, de Vicente Salvá; la
Biblioteca de Nicolás Antonio (1604); las obras de Mambrino Roseo,
Borges (1587); los Palmerines, de Valera (1525); Paduan y
Ruffinelli (1533); Mame! (1546); Cronberger (1547); Gregoriis (1576); López
de Haro (1580); estos últimos, comentando, según es fama, la famosa obra
perdida de cierta iniciada dama portuguesa, especie de madame Blavatsky,
quizá, del siglo XV, que probablemente se inspiró en ediciones del
Baladro, de Merlín, anteriores a las que hoy poseemos, hechas en Venecia
(1480), en Florencia (1495), en Burgos (1498), en París, por Galotre (1508),
en Francfort, por Alano de Sila (1603 y 1608), corriendo parejas, además,
con las célebres de Nostradamus, Maguncia, Tréveris, y otras tan tramas y
llevadas con motivo de la Gran Guerra. (Páginas ocultistas "
cuentos macabros, "Biblioteca de las Maravillas", tomo III, capitulo de
Lohengrin).
No acaeció así a escritores
como Renán, quien, si no de los iniciados del Viejo de la Montaña, sí
supo decir de sus discípulos los esenios galileos:
"Grecia, en bien pocas leguas de
distancia, tenía a Esparta y a Atenas, dos antípodas, dos rivales
indispensables la una a la otra. Lo mismo sucedía en Judea. El desarrollo
del Norte, menos brillante, fué mucho más fecundo, y las obras Jinás
notables del pueblo judío procedieron siempre de allí. La ausencia completa
del sentimiento de la Naturaleza, que conduce a la sequedad, la barbarie y
el desabrimiento, marcó todas las obras puramente hierosimilitanas con un
sello árido, triste, repugnante. Jerusalén, con sus doctores solemnes, sus
insípidos canonistas y sus devotos hipócritas y atrabiliarios, no habría
conquistado a la humanidad. El Norte, en cambio, dió al mundo la cándida
Sulamita, la humilde Cananea, la apasionada Magdalena, el buen padre
adoptivo José y la Virgen María. Sólo el Norte formó al cristianismo,
mientras que Jerusalén fué, por el contrario, la verdadera patria del
judaísmo obstinado, fundado por los fariseos, consagrado por el Talmud
y que, atravesando la Edad Media, ha llegado hasta nosotros. En el mundo
no hay quizá país más árido y triste que los alrededores de Jerusalén. En
cambio, la Galilea era una comarca fértil, umbrosa y cubierta de verdura,
risueña, en fin, como el verdadero país del Cantar de los cantares y
de las tiernas endechas al "Bien Amado". Durante los meses de marzo y abril
la campiña se cubre de una alfombra de flores de matices vivísimos y de
incomparable hermosura . .. En ningún país del mundo ofrecen las montañas
líneas más armónicas ni que inspiren más elevados pensamientos. El mismo
horrible estado a que hoy se halla reducida esta comarca, sobre todo cerca
del lago de Tiberiades, no puede dar una idea de su antiguo esplendor, y
aquellos países, hoy desolados, eran en otro tiempo paraísos terrestres, y
hasta la hoy horrorosa mansión de los baños del lago, fué, según Josefo (Bell.
Jud., lll, X, 8, Y Ant. Jud., XVIII, n, 3) uno de los sitios más
hermosos y de más abundante arbolado de toda Galilea. Los actos más
importantes de la divina carrera de Jesús se verifican sobre dichas
montañas. Allí sentía su mayor inspiración; allí conversaba, muda y
misteriosamente, con los antiguos profetas, y allí se manifestaba ya
transfigurado a los ojos de sus discípulos...".
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