El gran día ensoñado
por Claude Bernard. - Ojeada retrospectiva por las páginas del presente libro y
los tres postulados del mismo acerca de un segundo cuerpo que sobrevive a la
muerte, un segundo mundo superior al que con ésta se pasa, y unos seres jinas
que moran en dicho mundo. - Resumen de los "hechos jinas" anteriormente
expuestos y de otros mil cuya enumeración es imposible. - Aladín, "el jina de
Alah" y San Jenadio, "el jina de Dios".Jinas asturianos, vascos, orientales,
americanos, austriacos, húngaros, árabes, romanos, griegos, etc., etc. -
Enseñanzas de Edkins en su "Chinese Buddhisme". - Más Y más palabras
relacionadas con los jinas. - Los Astomos de Plutarco y Pherecides de Samos. - A
las tres famosas preguntas de la Esfinge tebana hay que añadir una cuarta,
relativa a ¿con quiénes convivimos sin saberlo en este nuestro mundo? -
Elementales y jinas. - Dos maneras de considerar al mundo jina. - El Ángel de la
Guarda mahometano y cristiano.La luz de la Conciencia y nuestro gran JINA
DORMIDO. - "Plenitud", el optimista breviario de Amado Nervo. - La Piedra
filosofal no es sino el principio de la sabiduría jina.
La presente edad, egoísta y
materialista cual ninguna, al no alzar jamás los ojos de la Tierra, aleja, con
su insensata ceguera, el advenimiento de aquel gran día soñado por el sabio
Claude Bernard, día en el que el fisiólogo, el filósofo, el matemático y el
poeta hablen un mismo idioma trascendente, entendiéndose a maravilla unos con
otros. Pero, ínterin el mundo, en su loca carrera, no rectifique su desvío hacia
estas magnas cuestiones, siempre tendrá sobre su pensamiento y su corazón el
pavoroso enigma de la muerte, porque como no vive santamente, y no investiga
poco ni mucho en el magno problema, no puede morir con el ánimo sereno de quien
sabe, como todos los arios, que no hay más diablo que nuestro propio cuerpo
tentador, del que triunfamos con la muerte, renaciendo en cuerpo espiritual o
jina, como nos ha dicho San Pablo.
Nuestra conciencia, sin embargo, no
nos remuerde de haber obrado así en el curso de este complejo libro, en el que,
como reza su título, hemos pretendido nada menos que el "matar a la Muerte",
como lo pretendiera y consiguiera este último Iniciado cristiano... Emulos de
aquel bravo caballero de la Historia de Clareo y Florisca
que, en batalla descomunal con el sufrimiento, disfrazado de justador también,
no halló otro medio para vencerle que el de "hacerse el amigo y el hermano del
sufrimiento mismo", nosotros, que físicamente o como mortales habremos de rendir
a la Parca nuestro tributo, creemos haber matado a la Muerte desde el momento en
que, guiados por aquella enseñanza y mil otras análogas, nos hemos convencido de
toda su mentira, haciéndonos casi su amigo así.
Y, deseosos de comunicar semejante
convencimiento a nuestros lectores, hemos escrito este tan abigarrado como
sincero libro, apoyándole en estos tres postulados (demostrados cien veces y
siempre demostrables) , que nos es obligatorio el recordar a guisa de resumen:
a)
Que, presidiendo a todas las funciones de nuestro cuerpo material o
químico y visible, hay otro cuerpo espiritual, el cuerpo glorioso,
ordinariamente invisible, que sobrevive a la muerte física según la enseñanza
unánime de las religiones, del espiritismo y hasta del propio sentido común no
pervertido por las cobardías materialistas
.
A corroborar semejante postulado se han dirigido los capítulos I al VII del
presente libro, capítulos en los que, con la enseñanza unánime de diversos
Iniciados, tales como Pitágoras, Platón, Plutarco y San Pablo, se han
simultaneado las novísimas conclusiones de la Hipergeometria y del Método
Analógico, que es el método más fundamental de cuantos conoce nuestra propia
ciencia positiva.
b)
Que dicha supervivencia de nuestro cuerpo espiritual y glorioso se
opera en otro mundo, mundo tan ligado, sin embargo, con este nuestro
mundo físico, que, a bien decir, no hay entre uno y otro más solución de
continuidad realmente que la derivada de nuestra triste ceguera por falta de un
efectivo tercer ojo (el Ojo de la Intuición o del Cíclope), que yace
atrofiado en nuestra glándula pineal, pero que empieza a actuar de nuevo en
nuestros grandes poetas e intuitivos, quienes, con sus esfuerzos, levantan más o
menos una punta de aquel clásico Velo de Isis.
e)
Que semejante mundo ha actuado, actúa y actuará constantemente en
nosotros y en la Historia, y que sus habitantes son los llamados por
nosotros jinas, es decir, hombres superiores a nosotros, que nos aman,
protegen y guían, ora como "difuntos queridos", es decir, seres transitoriamente
libertados de sus cadenas terrestres entre una y otra encarnación, ora
como seres libertados ya en definitiva de la necesidad de bajar a nuestra cárcel
de carne y de sexo, aunque ellos sean en cierto modo seres encarnados también en
la tierra, pero en esos niveles físicos superiores llamados "mundo etéreo" por
unos, "estado radiante" por otros, y "plano de las entidades astrales" por no
pocos, siendo de escasa importancia el nombre, con tal que se admita el hecho en
sí, pese a su calibre. Mas, como, a bien decir, este último punto era el
de mayor importancia, dada nuestra lamentable práctica mental de pedir hechos
en vez de pedir leyes, o, mejor, inquirir principios, todos
los capítulos restantes, desde el VIII hasta el XXVIII, se han enderezado a
aportar hechos y más hechos de interferencia, de conexión, de
convivencia, en una palabra, entre hombres jinas o superiores y
hombres inferiores o propiamente dichos.
Y no se diga que no se han encontrado
en abundancia semejantes hechos, que han ido engarzándose como las
cerezas y saliendo con no poco desorden histórico y geográfico, según las
naturales exigencias expositivas. Primero es un historiador reaccionario,
Anquetil du Perrón, quien comienza sentando aquel hecho jina de la
historia de Darío, rey, quien tropieza al azar con semejante pueblo, el cual se
le desvanece entre las manos cuando su soberbia de conquistador quiere asirle.
En seguida nos salta otro hecho análogo acaecido en México, según el P. Durán,
al gran emperador Moctezuma en la apoteosis de su poder, y a entrambos casos les
hubimos de poner la consiguiente apostilla con otros hechos jinas
semejantes que la maestra H. P. B., con su colaborador H. S. Olcott, consignan
en sus libros, especialmente el de los todas y bilhs de la India y
los shamanos y saberones de la Siberia y del Tibet.
Del "caso" de México pasamos a ese
otro, mil veces más asombroso, del nacimiento, desarrollo, apoteosis y caída del
imperio cainita o jina de los Incas del Perú, con todas sus mil
peripecias, inexplicables desde el punto de vista puramente humano y
perfectamente explicables con nuestra "hipótesis" jina. Luego, dado el
carácter hebreo, y no caldeo y ario, que los autores se empeñan en asignar a
dicho pueblo inca, pasamos naturalísimamente a estudiar al viejo pueblo judío,
en cuya Biblia nos saltaron al punto esos dos mágicos caracteres de
Henoch o Jainok y de Helias o Elías, con el sugestivo e infalsificable detalle
no humano de que ninguno de ellos muriese, sino antes bien -caso repetido
en otras tradiciones de diferentes pueblos- fueron arrebatados al cielo, o sea
al mundo jina, en brillante carro de fuego".
No menos naturalísimamente pasamos de
la Biblia al Evangelio, aunque no sin que espíritus estrechos de
gentes que se dicen cristianas, y no conocen ni han leído nunca la dicha obra de
los cuatro evangelistas y discípulos de Jesús, sintiesen cierto escándalo ante
aserciones nuestras, no sólo ortodoxas, sino super-ortodoxas y
evidenciables, lo mismo ante la más crítica Asamblea de sabios que ante el más
ceñudo Concilio de obispos. Los hechos jinas saltaron, en efecto,
decimos, aquí y allí con abundancia verdaderamente pasmosa y desconcertante,
contribuyendo a robustecer el sublime prestigio de que el Evangelio goza, lo
mismo entre cristianos de las tres confesiones en cisma que entre los
librepensadores y los hombres de religiones extrañas al Cristianismo.
A través del capítulo XVI, relativo a
Los lagos iniciáticos, y que acaso sea el menos malo y el más meditado de
todos los del libro, pasamos a examinar los jinas del "Corán", en armonía
con los jinas de otras religiones infinitamente más antiguas, tales como la de
los Eddas, reflejada en la obra de Wágner y procedente, con sus huríes y
genios, no ya del Corán, sino quizá hasta de Las mil y una
noches de los parsis post-atlantes. El tránsito, pues, a estas últimas y a
su secuela de los Libros de Caballería quedaba de este modo establecido,
explicándonos asimismo el porqué de la justa fama de obras como el Quijote,
tan rica en elementos verdaderamente caballerescos y jinas, con todo lo cual
ahonda ya un poco más en el misterio jina de aquel antiquísimo libro iniciático
parsi que hoy nos sirven los traductores con todas las intolerables groserías de
árabes y sirios por los que la obra hubo de atravesar para llegar a nuestros
días.
Enlazando todas estas cosas con la
prehistoria y la historia de Occidente, pudimos hallar también numerosos hechos
jinas concordantes, ora en los obscuros orígenes de Grecia y Roma, ora en los
misterios de nórdicos, celtas y trogloditas, ora, en fin, en pueblos no menos
extraños de Irlanda, de los cuales tenemos documentos que nos ponen en la pista
de un alfabeto primitivo numérico, calcídico o jina, en el que las letras, que
después fueron formando las lenguas conocidas, han sido previamente números. Las
Calcis mágicas, que t:mpiezan en la propia Mogolia y se extienden por
todo el ámbito de la tierra, resultan ser así uno de los más valiosos
testimonios jinas que darse pueden, testimonios que nos invitan a preparar
ulteriores desarrollos de esta idea en un futuro libro acerca de La magia y
la escritura, y también a hablar muy por extenso de otros dos capítulos aquí
omitidos por su extensión: el de Los jinas y las Sociedades Secretas y el
de Los jinas y el Espiritismo.
y cuenta también con que, a pesar del
desarrollo dado a aquella parte de la presente obra, aún se quedan en el tintero
infinidad de hechos y tradiciones jinas, para no abusar de las repeticiones en
cosas ya tratadas en anteriores tomos de nuestra Biblioteca, siendo muy
de recordar especialmente las siguientes, que en éstos pueden verse con mayor
extensión:
lo. El caso del obispo de Astorga,
SAN JENADIO
(el jina de Dios); los demás relatados en la parte de El tesoro de los
lagos de Somiedo; el de Aladín (el jina de Alah), con m
maravillosa Lámpara, en Las mil y una noches, y el de los célebres
caínos o jinas de los picos de Ario, los Urrieles y la
Peña Santa, de los que, sin darse la debida cuenta, nos habla don Alejandro
Pidal en sus Discursos y articulas literarios, en texto reproducido por
el capítulo último tle aquella nuestra obra.
2º. La singular leyenda vasca del
Basojaun, o vasco-jaíno, "señor de los bosques" también en Centro-América
,
anciano venerable, proteico y extraño, tan popular en toda la Vasconia; las
tradiciones jinas de las grutas del Mithraeo y del Serapeum, conocidas, en
parte, por el propio San Jerónimo; las de los otros jinas o señores,
asimismo relacionadas con los Nobiliarios de los grandes linajes vascos o
pirenaicos del Conde P. Barcelos, de Don Molino, Don From (o Formo Orionis
de los firbolgs gaedhélicos) , de los Bearnés, Boíl, Bover, Bonastre,
Baldaura, Butrón, Idiáquez, Loyola, Múgica, Crespio, etc., detallados por el
señor De la Quadra-Salcedo en su prólogo a nuestro libro De gentes del otro
mundo, con todos los numerosos casos más apuntados en este último.
3º. Los múltiples casos jinas que
avaloran la obra Por las grutas y selvas del Indostán, de H. P.
Blavatsky, base de toda nuestra Biblioteca, relativos a los saniasis, a
los yoquis dikshatas, a los Morias de Kalapa y suryavanshas, con los no menos
chocantes que aparecen en Páginas ocultistas y cuentos macabros, de la
misma, tales como el de Un Matusalén ártico, el de La hazaña de un
gossain hindú, La mano misteriosa, etc.
4º. Los que en el capítulo V de De
Sevilla al Yucatán se relatan acerca del Médico de Marón, poniéndolos
en labios del Dr. De Brind; relato que, a bien decir, me ha sido hecho por
testigos fidedignos. Alguno de estos hechos figura también en la obrita de
nuestro admIrado amigo Emilio Carrere que lleva el sugestivo título de
Interrogaciones al Misterio, Almas brujas y Espectros grotescos, obra
de tan recomendable lectura.
5º. Las recientes manifestaciones de
Clarence Winchester en el diario inglés Daily Mail, con la confesión que
le hiciese un célebre piloto-aeronauta acerca de la frecuencia con que los
llamados "fenómenos de espejismo" (fenómenos jinas más de una vez) se dan
en las altas capas de la atmósfera, y que los tales aeronautas confunden
fácilmente con los de la visión psicométrica, cosa muy natural desde el momento
en que sólo por visión psicométrica o anormal, o bien por visión superior
o iniciática, parece pueden hoy ser vistos tales seres. Los célebres terrores
experimentados por los moradores de Vidarse, cerca de Werardin (Hungría), y que
hace pocos años nos relataron los diarios austríacos acerca de "los soldados.
fantasmas y sus espadas flamígeras", se relacionan con cosas de éstas, no menos
que con los famosos "ángeles exterminadores" que saltan acá y allá en la
Biblia, en las grandes justicias contra la humanidad pecadora y perversa
.
Es más: hasta en el argot, o lenguaje familiar de los aviadores, se ha
introducido la frase de "evitar la región de los monstruos" en las ascensiones,
o sea huir con los aeroplanos de ciertos sitios del aire en donde existen para
estos aparatos, por vacíos de presión, vecindades de caminos, cruces de
corrientes, etc., etc., verdaderos "escollos". No hay que olvidar al efecto dos
cosas igualmente científicas: una, que allí donde hay materia, aunque sea
gaseosa, allí hay una fuerza; fuerza que es inteligente a su manera, como todas
las de la Naturaleza, y que semejante realidad es "un ser", en el puro y
riguroso sentido metafísico, puesto que es "un algo separado de algo"; otra, que
semejantes seres nos resultan invisibles, bien por tener un índice de refracción
en sus cuerpos idéntico al del medio que los rodea, bien por pasar
por el campo de nuestra retina con velocidad superior a la décima de segundo,
bien por ser. "de cuarta dimensión", al tenor de lo apuntado en los primeros
capítulos. Tampoco hay que olvidar, en fin, en esto de lo "invisible" aquel
sabio dicho de Schopenhauel (El Mundo como Voluntad, I, 15, Y Parerga,
cap. XVII) , de que "las ciencias físicas acaban siempre por tropezar con
las cualidades ocultas, a cuya categoría pertenecen las fuerzas
elementales de la Naturaleza; fuerzas cuyo estudio compete a la Filosofía y no a
la Ciencia".
69 Las continuas alusiones de todos
los libros clásicos a estas gentes jinas, bajo uno u otro nombre. Así, Jesús nos
dice que "hay muchas moradas en la casa del Padre", y si hay tales "moradas",
por fuerza habrá también "muchos moradores", coincidiendo en ello con Lucrecio
en su poema De Rerum Naturae, cuando canta que "existen otros hombres,
otras tierras y otros mundos". No otra cosa que esto es lo consignado por otros
muchos, tales como el Padre Kircher, en su Oedipus Ejiptiacus y en su
Viaje Estático Celeste; Antonio Reita, en su Oculus Enoch et Elie;
Plutarco, al hablamos de aquel misterioso viejo que dijo encontró en la orilla
del mar Erithreo; Euclides, al hablar de su maestro Kalias o "el antiguo";
Proclo, al consignar en ms Comentarios al Timeo, que "Dios alzó junto a
nosotros una tierra inmensa, con montañas y ciudades análogas a las nuestras",
tierras jinas visitadas poéticamente por Astolfo en el Orlando de
Ariosto, y que no son, como se cree, la luna, sino el terrestre mundo de
los jinas, ese que figura en el cuento de "Alibab y los ladrones" y en otros de
Las mil y una noches, y que se repiteen la Misión de Faraón al reino
de Punt, especie de "visita de los magos de Moctezuma al país de los
Antepasados", que ya consignáramos al principio de este libro. Corrobórase con
ello la frase de H. P. B. de que "la Naturaleza tiene rincones muy extraños y
aislados para sus elegidos, lejos del bullicio y las perversas pesquisas de los
hombres", tales como aquellas viejas ciudades americanas próximas a Santa Cruz
de Quiché, visitadísimas por gentes buddhistas y jaínas -las gentes jinas del
Bab-bur-ain-bachi-, y en las que no posaran jamás su planta los conquistadores
españoles, como tampoco la han puesto los habitantes de los respectivos países
en las grutas que, ocultas por toda clase de mayas, yacen en sus
territorios respectivos. Estas grutas, pese a las investigaciones de los
arqueólogos, solapan y solaparán todo el tiempo que aún continuemos así, las
verdades trascendentales de la Religión Sabiduría y a su aforismo, reproducido
en los libros sagrados de Oriente, que dice: "Aquellos que sólo practican el
bien en este mundo (sannyasis y vanaprasthas) adquieren la facultad de conversar
con los devas y con las almas de los que les han precedido en el swarga, mucho
antes de que se libren de sus mortales envolturas".
7º. Los jinas, en fin, de
nuestro libro, gentes de cuya existencia estamos matemáticamente, y aun algo más
que matemáticamente, convencidos, son, en suma, esos viajeros misteriosos que
durante toda la Edad Media, cuando mejor o peor había una fe, labran
imágenes, hoy venerandas, y desaparecen después sin dejar rastro de sí; o que
descienden en isíaca cohorte sobre el pizarroso cerrete de Jaén, dando lugar a
la piadosa leyenda, un tanto desnaturalizada, de aquellas gentes, que por algo
se enorgullecen con el patronímico de giennenses, o "jinas" como si
dijéramos; o que encargan al divino Mozart, pocos días antes de su muerte, el
célebre Requiem que iba a cantarse en sus propios funerales; o que
asientan con secular firmeza en el Talmud de Henoch, procedentes del
antiquísimo libro etíope de este nombre, para soplar sus divinos efluvios sobre
la frente de Victor Rugo, al escribir sus Orientales, que luego se ha
gloriado de instrumentar César Franck en su poema sinfónico con piano titulado
Les Djinns o sea Los finas; o que tremolan desde remotos tiempos
en esos himnos del Yayur Veda, relativos a los ajinas o acuinas,
los "médicos maravillosos" que hicieron andar a Paravrij, "que estaba cojo y
ciego" (cojo y ciego moral más que físico), que devolvieron la vida (la vida
física y la espiritual) al gran Rijrasva, y el oído ("el espiritual oído para
oír") al hijo de Nioshada, y eran, en suma, las divinidades, o más bien las
humanidades divinas o antecesoras de los jinas-terapeutas, remediadores
de nuestros males, hijos éstos del egoísmo y del vicio, con los medicamentos
solares de la virtud, los lunares del arte y los terrestres de
la ciencia positiva.. Jinas, en fin, que con su extraño nombre de
antiquísima fonética, apoyada en el Djan, Dzan, Chhan o Dan chino
y tibetano, o sea en lo que el Chinese Buddhisme de Edkins llamaría
segundo nacimiento interno por la meditación y el conocimiento, dan lugar a
infinitas palabras derivadas, tales como el to-jin chino, que significa,
según A. Rovelacque (La linguistique, histoire naturelle du langage),
"multitud, cohorte de gentes"; hind, cierva (la famosa cierva que el loco
príncipe persigue en tantas leyendas parsis y occidentales); hinde,
obstáculo, impedimento, e hinder, impedir, dificultar (aludiendo sin duda
a los obstáculos que se presentan siempre al hombre para ascender a aquel su
alto mundo); hint, seña, aviso, sugestión, insinuación, como los que de
semejante mundo bajan para iluminar a los buenos... El propio nombre Djeminy
o Djaiminy del gran filósofo védico no es en sí sino un anagrama de
este inefable y sacrosanto apelativo con que los hombres designamos a los seres
superiores; janos, jaínos y jenios o genios.
Los pueblos aseamos de Plutarco
y de Pherecides de Samos, uno de los maestros de Pitágoras; los pueblos
legendarios lemures de la Ciudad del Sol, de la Patagonia; los ti-huan-accas
o tihuanacos arios de los Andes, de los que tanto habla Ciro Bayo en sus
Césares de la Patagonia y en los Caballeros de El Dorado (De gentes del
otro mundo, cap. X); los extraños sacerdotes hindúes que, según Schlegel,
llevaron la religión de J ano o Saturova a la Ciudad Eterna; los sadhus
vaqueiros que Olcott viese junto a la cueva de Kali (Por las grutas y selvas
del Indostán, cap. III); las razas tripolitanas, de las que Julio Verne, en
su Matías Sandorf, nos habla, y que "no habitan en región alguna que no
figure en D.1onedas de plata" (el metal de la Luna); los incomprensibles entes
del Umtersberg, de que nos habla Franz Hartmann, y los gnomos misteriosos
del monasterio de Veruela, y tantos otros de las incomprendidas leyendas de
Gustavo Bécquer, o los que viese, sin duda, Alejandro Csoma de Koros, en su
harapiento viaje heroico por las regiones inexploradas de la Tartaria y la alta
India del Hind o Hindo y el Juma; en una palabra, los centenares
de casos extrahumanos que pueden verse "espumando" aquí y allá en esa gran
caldera de Pedro el Botero que se llama Historia, nos hacen tan
inminente. tan inevitable la toma en consideración de ellos, por muy
"fantásticos" y muy "absurdos" que nos parezcan, tanto que, de hoy en adelante,
hay que agregar con estos personajes proteicos una nueva interrogante a las tres
famosas preguntas de la Esfinge tebana, diciendo: ¿Quiénes somos? ¿De dónde
venimos? ¿Adónde vamos? Y, sobre todo, ¿con qué seres potentes e invisibles
convivimos en este bajo mundo?
El lector que en los momentos sublimes
de su reconcentración en el mismo y en su vida espiritual se haga esta última
pregunta, que pocos se han hecho, acaso no podrá encontrar en estas modestas
páginas nuestras, de mero aluvión informativo, la ansiada solución a tamaña
"cuarta pregunta"; pero, al menos, si quiere ser justo, que se fije, después de
leerlas, en esa contraparte -o "hemisferio tenebroso" de los llamados
elementales y elementarios de teósofos y cabalistas, mundo de gentes
opuesto, por decido así, al santo mundo de los jinas, y, como ellos, invisibles
de ordinario, pero harto visibles, ¡ay!, en sus continuas sugestiones tentadoras
que siempre nos están empujando hacia la locura, la perversión y el crimen...
Jinas y elementales son, pues, según
nuestras sospechas. los dos polos contrapuestos del mundo etéreo y el mundo
astral que, en cuarta o ulteriores dimensiones del espacio, envuelven y dominan
a nuestro mundo físico, con una superioridad sobre nosotros análoga a la que
tiene el hombre sobre los animales, físicamente más fuertes y mejor armados que
él mismo, pero que con el Arma Encantada de la Imaginación y la Razón son por el
hombre vencidos. Pero las fronteras separadoras entre los dos dichos
"hemisferios de lo astral" están muy borrosas, y son muy difíciles de determinar
hasta en las regiones mismas que tanto se ocupan de ellos. Es una confusión muy
semejante a la de nuestra palabra "día", que unas veces es empleada en sentido
estricto para designar solamente el tiempo intermedio entre la salida y la
puesta del sol, presentándose entonces como contraria de la palabra "noche",
mientras que otras veces es empleada en sentido lato para denotar el tiempo
empleado por la tierra en su rotación, y abarca por ello tanto al "día" en
sentido egipcio como a la "noche" misma.
Así, hasta en nuestros mismos libros
anteriores aparece semejante confusión entre un mundo de los jinas, bueno y
protector. y un mundo jina, malo y cruel, que es el concepto corriente en los
libros religiosos, con sus "suras y asuras", "ángeles y demonios", "genios
buenos y genios malos", etcétera; mientras que en el libro presente,
apartándonos en apariencia de aquellas enseñanzas religiosas, sobre todo del
Corán, y que son meros velos,
hemos considerado como únicamente jina a semejante mundo hiperliminar;
porque, en efecto, los jinas o entidades del bien, legítimos señores del
tal mundo, tienen sometidos bajo su poder a los elementales perversos de lo
astral, residenciándolos de tiempo en tiempo, como ya vimos lo hacían los
shamanos del capítulo IX, relativo a Oriente y los jinas, obligándolos a
reparar los males causados, en esas "rectificaciones históricas" que nosotros
decimos, y por las que el bien acaba triunfando siempre sobre el mal, aunque
otra cosa crea nuestro cretinismo, y rodeando además con sus protecciones (el
Corán, Sura XIII, v. 12) a todos y a cada uno de los hombres a la manera del
llamado "Ángel de la Guarda" por los cristianos.
Y, a punto ya de terminar nuestra
difícil tarea, no encontramos nada mejor que reproducir la frase que aparece en
la sura XVII, verso 31 del Corán, que dice: "Hemos difundido en este
libro toda clase de enseñanzas y parábolas para la instrucción de los hombres,
aunque éstos tengan siempre por costumbre el negarse a todo, excepto a su ciega
incredulidad." Para ello hemos procurado emplear, no sólo la luz ordinaria de la
ciencia positiva y de la historia, luz que está en la misma Madre Naturaleza,
sino esotra luz interior de 1a Intuición, que dijo el clásico, mediante
la cual puede reconocer el hombre las cosas espirituales: Luz de luces, Lumen
de lumine de Deo Vero, cumpliendo ese precepto que hasta la misma Iglesia
Católica consigna al comenzar la Misa y que es la patente mayor de la grandeza
del librepensamiento, cuando reza: Emitem lucem tuam et veritatem tuam, ipse
me deduxerunt et aduxerunt in Monte Santumtuum et in Tabernacula tua, luz,
en fin, que es también la perpetua Luz Celeste que alumbra a nuestros jinas o
muertos o . ¡Et lux perpetua luce ad eis!
"Vivimos en el Espíritu -dijo Castelar-
como vivimos en el aire; y como amamos, creemos", pero no en creencias
exotéricas, impuestas por otros y arteramente veladas por ellos, dejando la
letra que mata y no el espíritu. que vivifica, sino creencias asentadas en el
gran principio de que la Divinidad que anima al Cosmos todo también nos anima a
nosotros en forma de esa Luz interior de nuestra conciencia, que es el Sol
esplendoroso de nuestro místico cielo interno, a condición sólo de que no le
nublen las densas tormentas de nuestras pasiones, esas pasiones que al quitarnos
de la vista ese nuestro Sol, también nos hacen invisibles a "los hijos del Sol",
que son los jinas, y a cuyos deleites de vida superior pareció aludir
Plinio en sus Epístolas cuando dijo aquello de Demus alienes
oblectationibus veniam, ut nostris impetremus...
Y puede el hombre, como dice
Maeterlinck, haber cometido los crímenes más viles, sin que el mayor de ellos
alcance a debilitar por un instante el hábito de frescura y de pureza inmaterial
que le cobija en sus ensueños, mientras que a veces el mero acercamiento de uno
de esos llamados sabios, acaso precisamente por la paradoja de que ignoran todo
cuanto convenirles pudiera, puede sumir a nuestra alma en las tinieblas más
angustiosas y densas, porque el hombre, pese a sus dolores, de caído, es un
eterno optimista que confía siempre en esa Voz Interior de nuestro
JINA DORMIDO,
verdadero Oro del Rhin de nuestras Aguas mentales y caóticas, que le hace
caminar entre abismos y espinas hacia un mañana de liberación resplandeciente,
cuando se deje aquí abajo su bestia y vuele a la celeste Morada de los
Jinas, Devas, Angeles o como se los quiera denominar, y que le aguardan gozosos
como a peregrino que regresa de un viaje de penalidades y peligros.
Nuestro amigo don Antonio Zozaya, en
una de sus crónicas gallardísimas, nos lo ha dicho también con estas frases
lapidarias:
"Un bello breviario de Amado Nervo,
Plenitud, ha arrancado a un crítico ilustre, tan genial como dolorido, una
imprecación contra el optimismo. El mundo debe ser mirado con ojos de recelo. El
optimismo nos priva de la noble inquietud, de la divina tragedia espiritual que
engendra la belleza. Las voces optimistas deben ser en nosotros tímidas y
tenues; nuestras campanas de Pascua deben sonar siempre a lo lejos; la esperanza
optimista debe cantar en el ingenuo tono sensual de las pánidas flautas, o en la
armonía jubilosa, pero desgarrada, de los mártires, o en la media voz suspirante
de los místicos; pero nunca en el tono categórico de los Decálogos, sino con el
eco remoto de las princesas de Maeterlinck.
"Es verdad, pero el optimismo es eso
precisamente. La afirmación de que todo es bueno e inmejorable no existe ni
siquiera en Leibnitz; no puede encontrarse fuera de la necia y paradójica
doctrina de Panglos. El optimismo consiste en reconocer que el dolor es nuestro
patrimonio, en sentir la mente conturbada y las entrañas rotas por el hierro de
la adversidad; pero sintiendo a lo lejos esos ecos, esas campanas, esos
llamamientos que nos dignifican y ennoblecen y sin los cuales la belleza no
existiría y tras los cuales se extiende enigmática, pero magna y sublime, la que
Goethe llamaba "región silente de las causas". El absoluto pesimismo, sin
esperanza y sin consuelo, es incompatible con la belleza, y por eso, conforme a
la frase socrática, únicamente los artistas pueden ser verdaderamente sabios, y
sólo los que saborean toda la amargura del vivir son verdaderamente felices."
y tamaña felicidad, añadimos nosotros,
es la natural felicidad que sigue a todo dolor y todo esfuerzo, piedra filosofal
de la que ha dicho Franz Hartman:
"No es la piedra filosofal una piedra
en el sentido ordinario de la palabra, sino una expresión alegórica que
significa el principio de sabiduría, en el cual el filósofo que lo ha adquirido
por experiencia práctica (no el que está simplemente especulando sobre él) puede
confiar tan por completo como en el valor de una piedra preciosa, o como
confiaría en una sólida roca sobre la cual hubIese de construir los fundamentos
de su casa (espiritual). Es el Cristo que está en el hombre; el amor divino
sustancializado. Es la luz del mundo; la esencia misma de la que fué creado el
Universo."
El reino jina de semejante Luz es muy
superior a cuantos edenes pueden enseñar místicos y poetas, aquellos que
llegaron a describirle en textos arcaicos a la manera del Libro de los
Números, caldeo, o del famoso manuscrito cifrado que se dice poseyese el
célebre conde de Saint-Germain, reencarnación o continuación más bien de la
personalidad excelsa que la historia conoce por Apolonio de Tyana, el
contemporáneo del emperador Adriano, venerado como un dios en la Roma de los
Césares.
Por eso expresa con gran acierto el
teósofo alemán Rodolfo Steiner, en su Ciencia Oculta, que todo el
Ocultismo reposa sobre estas dos ideas: la de que por encima de este nuestro
mundo visible existe un mundo superior e invisible, al que nuestros velados
sentidos animales no pueden alcanzar, y la de que, no obstante ello, puede el
hombre desenvolver en sí ciertas facultades aún latentes en su ser, gracias a
las cuales se puede conseguir, aun en esta vida física, el conocimiento claro de
semejante mundo. Estas facultades, hoy en germen, se llaman
IMAGINACIÓN
e INTUICIÓN, las dos facultades que en todo el curso de la Historia han elevado al
hombre de aquella su condición animal, dándole las Bellas Artes, con sus mágicas
obras que se llaman poemas literarios y musicales, obras de arquitectura,
escultura, pintura, coreografía, etc., a las que jamás pudieron alcanzar los
seres inferiores a nosotros en la escala zoológica, y dándole asimismo las
Ciencias, que naciesen todas en felices y geniales intuiciones de los grandes
hombres, quienes, por chispazos intuitivos, a la manera de cárdenos
relámpagos en obscura noche de tempestad, pudieron columbrar hipótesis que
pronto pasaran a teorías y luego a hechos científicos indiscutidos "que les
trajesen las gallinas", como dice la célebre fábula de Iriarte.
¡Imaginación e Intuición, palancas
progreso¡ ¡Cuánto y cuánto no habéis divinas de todo humano sido escarnecidas
por nuestros consabidos "cerdos de Epicuro", aquellos que se encuentran felices,
como el dios Indra en el pantano cenagoso, o como el monstruo Fafner wagneriano,
cubriendo con su vientre descomunal el robado tesoro de los Nibelungos! ¡Oh,
noble don celeste, des. agradecido!... ¡Los mismos que, envidiosos por no poder
poseeros, os escarnecen, son los primeros luego en buscaros en vano en el teatro
vulgar, en la música callejera, en el amor egoísta, creyendo que, tras esos
desprecios suicidas, van a poderos comprar con su dinero!

“No os parece absurdo y
horrible -dice nuestro genial amigo Emilio Carrere, en su reciente libro
Almas brujas- que todo acabe en el montón de Carroña que arrastran las
cuatro tablas al espantoso pudridero? ¡Oh, la emoción infinita de sentimos
eternos sobre el abismo de la muerte! ¡Oh, el consuelo inefable de nuestra
esencia divina, romo una lumbre eterna, como una llama de Dios,
sobreviviendo por los siglos de los siglos a la desaparición de las formas!"
“No os parece absurdo y
horrible -dice nuestro genial amigo Emilio Carrere, en su reciente libro
Almas brujas- que todo acabe en el montón de Carroña que arrastran las
cuatro tablas al espantoso pudridero? ¡Oh, la emoción infinita de sentimos
eternos sobre el abismo de la muerte! ¡Oh, el consuelo inefable de nuestra
esencia divina, romo una lumbre eterna, como una llama de Dios,
sobreviviendo por los siglos de los siglos a la desaparición de las formas!"
En efecto, en Centro-América
hay también un "Señor de los Bosques". Así, nuestro sabio amigo de Cartagena
de Indias (Colombia) A. Z. López-Penha. en carta que tengo a la vista nos
informa de que en la costa atlántica colombiana se cree que cada río,
torrente o cañada tiene un espíritu que le preside, llamado mojan o
mojana, que le dice se muda del lugar, o sea pasa a un mundo superior
cuando por cualquier causa se ven desecadas sus linfas. Después de esto
continúa dicho amigo: "Respecto de los jinas y de la famosa Vaca astral, que
tanto papel juega en su libro De gentes del otro mundo, conozco un
raro caso acaecido a un vecino de la ciudad de Barranquilla (Departamento
Atlántico), que venía practicando inútiles sondeos en unos terrenos suyos en
busca de petróleo, hasta que cierta vez hubieron de topar en la trocha o
sendero que a éstos conducía con una extraña vaca que pareció ir trotando y
burlándose de ellos largo trecho y que, por de contado, no se parecía a las
demás de su ganadería ni llevaba su marca tampoco. De pronto, el curioso
animal se detuvo al llegar a cierto paraje, cual si allí esperase
tranquilamente a la comitiva, y cuando ésta llegó cerca, he aquí que,
separándose a un lado del camino, desapareció entre unas ínfimas matas, que
ordinariamente no habrían bastado para ocultar ni un bosquezuelo. Mi dicho
amigo de Barranquilla, movido en el acto por no sé qué clase de asociación
de ideas, ordenó que se comenzasen en aquel lugar nuevas catas en busca del
deseado manantial petrolífero, manantial que. con tanto asombro como
contento suyo, no tardó en aparecer con tal abundancia, que hoy es objeto de
activa explotación por una poderosa Compañía norteamericana.
A. M. Giamella, en reciente
artículo, refiere interesantes casos de espejismo jina en las recientes
operaciones del ejército inglés en Mesopotamia, tales como aquel en que
vieron venir sobre ellos y en tropel todo un escuadrón de jinetes
árabes ilusorios. Igual aconteció a los soldados de Napoleón al intentar la
conquista del Cairo. De estos casos del Hada Morgana se cuentan no
pocos también respecto de los buques en alta mar y también respecto de los
aviadores, con detalles que son característicos a la visión psicométrica, y
que en nuestra obra De Sevilla al Yucatdn, parte II, cap. XX, hemos
tratado de conciliar con la teoría física actual sobre el espejismo.
De esta clase de fenómenos son
también los de las campanas astrales, como las oídas por Enrique IV
de Francia antes de ser asesinado, y por Tomás Quinay entre el Mar Rojo y
Palestina; el de la música sacra, oída por Wilberforce en su casa de
campo; el de los clarines de ciertos desiertos; los guías y
otros fantasmas temibles de semejantes lugares, como el que vieron Ramsay y
lord Linsay en el Wady Araba, poco antes de la muerte de éste, y, en fin,
los infinitos referidos por H. P. B. con cargo a los relatos de Marco Polo.
Nuestro amigo D. José María de
Huarte y de Jáuregui, de Pamplona, nos ha proporcionado de su biblioteca un
precioso libro manuscrito titulado Memorias " antigüedades de la
M. N. y A. ciudad de Tudela, de Navarra, "copia literal de otro Ms. que
poseía el anticuario de Tudela D. Juan Antonio Femández, muerto hacia 1817,
y que era tenido por una de las memorias que de su puño y letra nos legó el
tudelano Ilmo. Sr. D. José Vicente Díaz Bravo, carmelita descalzo, obispo de
Durango de América, cuyo retrato se hallaba en la caja de la escalera
principal del convento de esa orden, de Tudela, al tiempo de su extinción",
según expresa en la introducción su comentador o continuador D. Felipe de
Ochoa, notario real, eclesiástico y castrense de Tudela. El manuscrito en
cuestión procede, según su ex-libris, de la biblioteca de don
Feliciano Ramírez de Arellano, marqués de la Fuensanta del Valle, y en sus
páginas 104 a 109 se inserta el pasaje siguiente acerca del famoso Rabbi
Benjamín de Tudela:
"En el reinado del rey Don Sancho
nació en esta ciudad un niño a quien sus padres llamaron Benjamín. Fué
procreado de unos profesores de la Ley de Moisés, que permanecieron en
Tudela después de su conquista. Su apellido fué León, como lo aseguran
algunos que trataron de él, como son Renaudot, en su Relación de Indias;
Moresi, en su Diccionario; Calmet, en su Diccionario bíblico,
verbo DAVID; Feijoo, en el tomo II de sus Cartas, y Bartdocio, en su
Biblioteca de los rabinos. Los historiadores de Navarra todos lo
pasan en silencio. En sus primeros años se aplicó al estudio de las
lenguas y a todo género de letras. En el siglo XII ya Benjamín era tenido
entre los hebreos en mucha reputación. Hizo Benjamín un viaje muy dilatado,
y visitó casi todas las sinagogas del mundo, a fin de instruirse de sus
ritos y ceremonias, y de los Rabinos que las dirigían. De todo dió
compendiosa relación en un libro que imprimió con el título de
Itinerarium Benjamini Tudelensis, in qua res memorabiles, quas ante
quadraginta annos fere totum terrarum orbem, notatris itineribus dimensum,
vel iPse vidit, vel a fidedignis sue etatris hominibus accepit, breviter
atque dilucide describuntur". No tenemos noticias de más ejemplares que
de uno que se halla en el Real Monasterio de Fitero.
Moreri, hablando de este libro
dice que en él se hallan cosas muy curiosas y verdaderas; que la primera
edición fué en Constantinopla, y que ella está algo defectuosa y no muy
clara. Arias Montano, habiendo trabajado mucho sobre esta edición, cometió
varios errores en la traducción que publicó. El emperador Constan tino dejó
orden para que se imprimiera después de su muerte, y así fué hecho en Leyden,
y esta edición no es más puntual que las otras, porque está sobrecargada de
notas con citas arábigas y hebraicas del todo inútiles.
En el
siglo XIII volvió Benjamín de sus peregrinaciones, y en su relación dice
cosas increíbles. Refiere que hay en el Asia un reino -un reino jina- todo
poblado de judíos, que tiene seis jornadas de ex 'tensión y que lo gobierna,
con independencia total, uno de la misma nación, y que el que lo gobernaba
en su tiempo se llamaba Anan, y que era descendiente de David. Este tenía
otro hermano que se llamaba Salomón y que gobernaba otro reino también de
judíos, con independencia de su hermano. Habla asimismo de otros estados y
repúblicas judaicas, puramente soñadas, que se gobernaban por judíos con
independencia de otros. Que esta relación no tiene verosimilitud,
sobre constar en varios textos sagrados, se convence de la tradición
universalmente introducida en el mundo, que contesta que los judíos, después
de su dispersión, no tienen domicilio ni reino propio, sino que andan
prófugos y dispersos por el mundo, en pena de la perfidia de su pecado.
La Sura LXXII del Corán,
consagrada como otras muchas a los jinas o genios, hace,
en efecto, distinción entre aquellos genios (vers. 1º.) que escucharon
atentos una lectura del Cordn, diciendo: "Hemos oído una lectura
extraordinaria", y otros (verso 6º.), cerca de los cuales algunos humanos
"buscan refugio, no haciendo, empero, sino aumentar su demencia con ello".