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Lazos jinas que ligan
entre sí a todos los tomos de nuestra Biblioteca de las Maravillas. -
Algunos ejemplos de ello. - La Filología como una de las columnas en que habrá
de apoyarse la revisión teosófica de la Historia del Mundo. - La letra A y los
lenguajes arcaicos. - El Fuego y la A, la doble A y el Agua. - Ojeada general
acerca de las palabras Aaban, I Aad, Aah, Aahi, Aahim-Charim, Aahis, Aahison,
Aahla, Aahotep, Aakaba, Aamés, AanasThoth, Aanra, Aassi, Aatzin, Aayon, Aba,
Abaareca, Ababana, Ababil,' Abacote, Abadir, Abahai, Abahaitui, Abahonda, Abai,
Abaia, Abangas, Abanquis, Abantes, Abantia, Abanto, Abas, Abarhisi, Abascante,
Abascocba, Abatón, Abatos, Abazeus, Accalarentina, Acra, Acragas, Acramas,
Acrisio, Acrópolis, Aennus, Aga, Agada, Agadea, Agag, Agajar, Agakhan, Agalegas,
Agalis, Agalma, Agameda, Agamedes, Agamemnón, Agánipes, Agapita, Agaptolomeo,
Agastia, Agathon, Agatilio, Agatino, Agation, Agatimia, Agatirsio, Agatodea,
Agatodemon, Agavea, Agra, Agrigente, Akasha, Alah, Aleph, Alpha, Anas, Aretusa,
Argólida, Aries y mil otras. - Valor ocultista de todas ellas en relación con
los problemas que nos ocupan.
Los anteriores tomos de esta
Biblioteca de las Maravillas, en punto al problema de los jinas, pueden ser
considerados, como diría un matemático, en función de cualquiera de ellos, o sea
que, dada la idea esencial teosófica y ocultista que a todos preside, los
diversos capítulos de ellos están ligados entre sí por infinitas conexiones
jinas, lo que más de una vez nos ha obligado a repeticiones inexcusables,
que son como puntos de cruce o nudos de la red ideológica que los abarca. Así,
si frente a cada tomo nos imaginamos como apéndices de él a los restantes, las
concordancias jinas históricas, míticas u ocultas de aquél se verán
totalmente corroboradas y amplificadas en éstos, con lo cual no hay que decir si
ganarán en vigor y en garantías de certidumbre, o al menos de probabilidad en el
peor de los casos, las doctrinas a que se refiere.
Por eso sería conveniente que el
lector por sí mismo, a guisa de síntesis, echase una ojeada general sobre los
hechos jinas más interesantes que saltan aquí y allá en repetidos tomos, y cuyo
respectivo detalle puede verse en ellos. Cierto que todos aquellos hechos están
tocados de ese esfumado de sombra y de misterio que caracteriza a las "cosas del
otro mundo", o sea, matemáticamente, a las "proyectivas ene-dimensionales
en el mundo de la tercera dimensión", que es el ilusorio mundo nuestro; pero
nuestro deber es el de consignado así, bien seguros de que los ensueños del hoy
han de ser en el mañana realidades augustas y redentoras que vengan a mejorar
nuestra triste condición de caídos. "Nada más repugnante, en efecto, decimos
(tomo I, XV) que nuestra vida semianimal de hoy, toda desilusión, dolor,
esclavitud y muerte; nada más hermoso, en cambio, que el ver salir de estos
estiércoles las fragantes rosas del Ideal camino de un mundo mejor, del que
antaño vinimos, y a cuya reconquista gloriosa hay que marchar con el arma del
sacrificio, ya que nuestra salvadora razón, por los defectos que aún muestra en
su naciente desarrollo, es a veces una especie de "enemigo íntimo, y por eso
toda "verdad verdadera" de alguna importancia ha sido en un principio una
bella verdad, una verdad jina."
Entre los pasajes más vivos del tomo I
vemos así el de los ascetas primitivos del Bierzo, algunos como San Jenadio, "el
jina de Dios, el Jina bueno" de Astorga (I, 18), viviendo alejado de los
hombres con vida eremítica más vecina a la de los gimnósofos arios que a
los necromantes monjes de la Tebaida, acerca de cuyas vidas más o menos jinas
se dan en el tomo V, páginas 113 a 121, detalles interesantes. Estos
detalles, por otra parte, se ven continuados en los tomos II y VI, con ciertos
ascetas no menos curiosos de la serranía de Córdoba y Huelva, donde tenemos a
granel los hechos jinas, tales como los de aquel santo hombre de Morón
que viera a los jinas en el fondo de una ignorada mina fenicia (pág. 62),
o esotro que el buen Emilio Carrere, con su gallarda y escalofriante pluma, nos
relata de cierto ingeniero de minas, amigo suyo, quien asimismo los viese, según
muestras, con esa luz astral que permite ver, mediante la glándula
pineal, al decir de los ocultistas, cosas que son invisibles bajo nuestra luz
física, pero que están, sin embargo, por bajo a su vez de esotra luz
intelectual y espiritual, a la que se refieren aquellas mal comprendidas
frases de "lumen de lumine de Deo vera" y "lux perpetua lucente ad eis", que
juegan en ciertos cantos eclesiásticos.
Procedente del referido tomo
tropezaremos con la isla jina de San Brandán, probada "hasta con acta
notarial"
,
que diría un jurista (VI, c. 13) ; con la cueva jina de San Saturio, y su
leyenda Solar del jorobadito (Conf. teosóf., I, capítulo de
Religión, Leyenda y Mito); con varias otras "mansiones" jinas en diversas
partes de Andalucía (II, c. 10) ; en toda Asturias (I, c. VII y VIII de la parte
primera), o por mejor decir, en España entera, como país genuinamente jina en
sus toponimias, en sus leyendas, en su historia y hasta en muchas de sus
costumbres, cosa evidenciada en mil páginas anteriores de los tomos aquellos.
No queremos dejar de consignar, sin
embargo, otro "hecho jina" que leemos en un hermoso manuscrito con el ex
libris de don Feliciano Ramírez de Arellano, marqués de la Fuensanta del
Valle, y que lleva el título de: Memorias y antigüedades de la M. N. y
A. Ciudad de Tudela de Navarra; en las páginas 138 a 201 se dice: "El año
1564, a 17 de noviembre, se tañó milagrosamente la campana de la iglesia del
lugar de Fontellas, teniendo atada la cuerda y haciendo un día muy sereno de
aire. Tañóse estando la iglesia cerrada, cuyo prodigio repitió la campana en
distintos tiempos, pues la primera vez se tañó a las doce del día, dando tres
campanadas. En la segunda la vieron ocularmente, estando registrando y atando la
soga de la dicha campana, y a éstas y muchas diligencias más que hizo el Lugar
superó la novedad, porque continuó tañéndose varias veces. Esta noticia es
extraída del proceso e información de testigos, que recibió don Miguel de Lerma,
vicario general, con su fiscal don Diego de Calahorra, y está en el Archivo
Decanal de esta Ciudad bajo la letra I (fenómeno idéntico al de las campanas de
Velilla)" (V, pág. 132).
También en un manuscrito de varias
apuntaciones y noticias, que conforme sucedían las asentaba don Jerónimo de
Cavañas, vecino de esta Ciudad, está sacada la siguiente:
"Domingo a 10 de enero de 1588, entre
dos y tres de la tarde, a legua y media de la Barca de Castejón, yendo a Corella,
hacia la mano izquierda, en el monte que llaman del Cierzo, se aparecieron
cuatro escuadrones de hombres muy grandes, que salían de la tierra vestidos de
negro. Se aparecieron tres veces. La primera salieron como cuarenta o cincuenta
hombres y se volvieron a sumir bajo de tierra. La segunda vez de allí a poco,
hacia la misma parte, volvió a salir otro escuadrón de gente tres veces mayor
que el primero, y en medio se vió un hombre mayor que los otros, que era blanco
y caminaba hacia el Ebro por espacio de un credo, y después desaparecieron,
pareciendo a los que tan espantosa visión estaban mirando que tragaba la tierra.
De allí a poco se apareció otro ejército de gente, mucho mayor que el primero y
segundo, a la misma parte y dividido en dos partes, con una bandera muy grande y
azul, y estándolos mirando se volvieron a sumir bajo de tierra. Y de allí a poco
rato, hacia la misma parte, a trecho de dos tiros de ballesta, de donde se
mostraron los otros exércitos y gente, se vió salir de improviso de la tierra
otro exército y multitud de gentes sin número, cosa espantosa y mayor gente que
los demás que habían visto antes, y caminando hacia la misma mano izquierda, a
la vuelta del río Ebro, anduvieron por espacio de un cuarto de hora, y después
desaparecieron como los demás. Todo esto vieron Prudencio de San Pedro, vecino
de Tudela y teniente de Justicia, y su cuñado Jerónimo de Aybar, vecino de
Valtierra, y la mujer de Prudencio, hermana de dicho Jerónimo, que se llamaba
Catalina de Aybar, y de ello hacen fe y testimonio otras personas de Alfaro,
afirmando vieron lo mismo.
"En confirmación de este espantoso
caso, en el mismo tiempo que acontecieron las visiones arriba dichas, se dice
que en la villa de Alfaro se hundió o simó como espacio de una hera de
tierra tan honda que no se podía ver el suelo, y que allá abajo se oía como un
gran ruido de agua que corre. Este fué un prodigio, oculto a nuestro
entendimiento, que sólo Dios sabía su misterio..."
Como se ve, los buenos hebreos de
Tudela seguían pensando en cosas como en capítulos anteriores transcriptas
respecto de Elías y Eliseo, o bien como los "ángeles exterminadores" de la noche
pascual en Egipto, los Abadones exterminadores del Apocalipsis.
Insistir en tales detalles resultaría
aquí imposible, pero es obligatorio, en cambio, hacer una confesión, a saber:
que el punto de partida para nosotros ha sido uno e indiscutible: la
Filología, como una de las columnas más fuertes en que ha de apoyarse el
edificio de la revisión teosófica de la historia del mundo, historia
esencialmente falsificada desde los buenos tiempos de Herodoto y de Eusebio.
Mas, como el lector no está obligado a creemos bajo su palabra, vamos aquí, a
guisa de ejemplo, a dar una prueba de ello, relativa a una sola letra del
Alfabeto, a la A, de la que vimos no pocos particulares al hablar de Acca-larentina
y de otras palabras conexionadas con ella y que empiezan con la misma letra.
La A es la primera letra de todos los
alfabetos de origen ario o de la Quinta Raza Raíz, semitas inclusive, pues que
en el primitivo lenguaje jina, calcidio o numérico, su valor fué siempre el de
la Unidad Suprema, ]a Mónada, el Fuego, el Logos unitario, frente a Ja O,
símbolo de la Nada-Todo, o el Cero, es decir, de ]a Divinidad Abstracta e
Incognoscible, de donde todo emana y adonde todo vuelve después de su ciclo
evolutivo. Por eso es el alpha de los griegos y el aleph de
hebreos y cristianos; pero aquí precisamente empieza su cabalístico carácter
jina. En efecto, en clave astronómica, este último nombre de Aleph,
que significa toro o vaca, proviene de que, a] empezar el pueblo
hebreo su historia (que no es, ni por sueños, la del mundo, sino la de la
expulsión de esta raza de la Ariana, por su sensualismo) , el Toro era el
primer signo de la eclíptica, como unos 2.000 años después próximamente ya lo
era Aries (el cordero o Ra), y unos 5.200 años más, ya el punto
vernal o de primavera, pasó, a su vez, a Piscis, coincidiendo así con la
época del Cristianismo, quien por eso hubo de tomar al Pez o Ictius
como símbolo iniciático de reconocimiento, cual aún se ve hoy en las
Catacumbas. Esto constituía así un modo emblemático de consignar las Eras
desde muy antiguo, por ejemplo, entre los asirios, quienes, al poner en lo alto
de sus estandartes al signo Sagitario, marcaban su antigüedad de hace hoy unos
12 o 13.000 años, que son los que han transcurrido desde que Sagitario era el
signo más alto (hoy el más bajo) de la eclíptica. Aleph, pues, era el
jeroglífico del Toro parsi, y por eso se representó primero con una A
invertida o.A La Primitiva Sabiduría, sin embargo, había antes de todo esto
seriado los jeroglíficos de las letras de este modo, y a partir del cero u O:
1º., la Mónada o 1, constituyendo con la O el IO o IAO (el Logos
Unitario); 2º., la Duada o A (el Logos Manifestado, TAO); 3º., la
Triada o Δ; 4º., la Manifestación de la Divinidad en la materia o Tetracys
(Maya, Ilusión); 5º., el Akasha o primitivo fuego, A (el
Pensamiento); 6º., las Aguas del Chaos, en las que dicho Fuego o "Ascua
de Oro" wagneriana se manifiesta (III, cap. XI); es decir, la doble AA que ya
aparece en las notas etruscas de Ennio, y que por eso es inicial de cerca de un
millar de palabras, todas relacionadas con el agua, y de las cuales, en
Enciclopedias como la de Espasa, pueden contarse un centenar
Esta doble AA, además, sufre pequeñas modificaciones, tales como la forma actual
del aleph en la que se crea un verdadero nexo como los del sánscrito, en
la forma de AIA, EA o ARA (con la R o eta femenina para mejor
caracterizar al agua) o AWA (por el mismo motivo), y AB en personas e hindúes,
substituyendo la segunda A por la letra siguiente B, que es la letra de la Duada,
substitutiva del signo A o ve invertida acaso para recordar
jeroglíficamente el gran misterio acuático de la cariocinesis celular
que, "por el fuego y el agua", hace dos células de una, cosa que no ignoraron
aquellos primitivos iniciados, como lo prueba el mito de Osiris-Tiphon que en
otra parte puede verse (IV, página 410) , Y hasta hay una triple AAA en ciertas
monedas romanas, quizá significando ya a la tierra. La doble A, en fin, enlazada
con su propio nexo (por redundancia muy frecuente en las lenguas, o más bien por
presentarse, a la vez, en las dos formas), da lugar al notable jeroglífico de
ANA o "las aguas", de las que las Enciclopedias traen centenares de palabras
derivadas, a las que no podemos descender ya aquí.
Basta, en efecto, lo apuntado para
afrontar ya el difícil problema del jeroglífico de los jinas, que podemos
concretar en estos términos:
1º. El jeroglífico ario de IO o del
signo lingual védico oTo (del que dedujimos tantos otros en las páginas 122 y
320 de De gentes del otro mundo), entre los etruscos principalmente, o
sea entre los dadores de las letras unciales y de la numeración a Roma (únicos
rasgos escriturarios que, para no complicar, venimos usando en este capítulo),
pudo tomar la forma del cuadrado y de una de sus diagonales de la que, como ya
vimos, se forma, por participación, lAVo IANVS, Jano, prototipo de todo
nombre jina o jaíno.
2º. La palabra JINA que venimos
empleando no es sino la casteIlanización de dicha palabra latina; su verdadera
escritura, derivada del parsi y el árabe, no es fina, sino Djin, Djinn
y así la vemos empleada por muchos autores
,
y en sentido de genios más bien maléficos que benéficos en las tres religiones
occidentales: la judía, la cristiana y la mahometana, lo contrario de lo que
sucede en la buddhista, hindú y jaína, donde los maruts, que tantas
relaciones guardan con nuestros jinas, son objeto de religiosos himnos en
los Vedas.
3º. Otra forma de descomposición por
notáricon (es decir, por lo que llamar podríamos "taquigrafía ocultista")
de aquel cuadrado es la de VNV (al modo como vimos en la palabra ANA) que, con
la S del círculo circunscripto al cuadrado (invertido, por supuesto, y girado
180 grados uno de los semicírculos sobre el otro, como ya vimos también al
deducir el jeroglifico de ISIS del de IO) , nos dan la sagrada palabra VNVS o
UNO, con la que representamos a la Mónada, manifestada luego como Logos en la
Duada.
4º. Anteponiendo a este último
jeroglifico la 1, ya que antes se le pospuso al primitivo VNV la O de IO,
tendremos IVNVS, JVNVS o LVNVS, el masculino originario del femenino Juno
y Luna, por cuanto es sabido que la Luna, en el sentido
cosmogónico-ocultista, es masculina, Deus-Lunus (como que su masa gira en
torno de la Tierra a la manera del espermatozoide masculino antes de fecundar al
óvulo con su caída)
,
así como es femenina en el sentido antropológico, ya que es la madre de las
Mónadas humanas, que de ella pasaron a la tierra al comienzo de la presente
Cuarta Ronda o ciclo astronómico. En cuanto a Juno, podemos decir lo
mismo, por cuanto antes de designarse así a la celosa esposa del Júpiter
antropomórfico pagano de los últimos tiempos, no fué sino Ana, Hera o Diana (la
Luna), esposa del dios Junus o Jano, que diera su nombre al mes de la
apoteosis solar, Junius, el mes de las calendas, nonas e idus de Jano o
Junus.
5º. Es sabido que el sánscrito (padre,
no hermano, del griego y latín, como se cree) tiene siete vocales breves y otras
tantas largas que pasaron a sus lenguas filiales, pero perdiéndose más y más,
o aconsonantándose. Así, en griego quedaron la O (omicrón, breve o
pequeña) y la Ω (omega, larga o grande); la E (breve o é-psilon) y
la H (larga o eta), mientras que la A, I y γ (alpha, iota y úpsilon)
degeneraron, quedando como breves y largas a la vez (aunque con distinto
"espíritu" en unos casos que en otros, auxiliándose con los llamados diptongos,
y aconsonantándose como la I (iota) que pasó a Ξ (xi) y aun a X
(ji). Además, de igual modo que en sánscrito, las dos vocales ru y lru
(breves y largas), pasaron a las semivocales P y A (rho y lambda),
de donde derivan nuestra erre y nuestra ele (sencillas o
dobles), con todo lo cual, las catorce vocales sánscritas siguieron, más o menos
encubiertamente, disminuyendo de un modo considerable el número de las
consonantes, que era de 34 en aquella lengua, Con estas observaciones previas
resulta notorio que la religión Hin-du o lind, como la religión laina,
la grecorromana primitiva de lana o luna y la primitiva de IAO
(luego degenerada en el falicismo jehovático o de IOEVE), la chica del TAO-TE
HIND (o King), etc., no son sino facetas de una sola Religión-Sabiduría
originaria, la Religión Natural o de los jinas, el jainismo o más bien
Cainismo, según las exégesis que hiciéramos en el comentario del capítulo I,
tomo IV de esta Biblioteca
.
6º. En todas las religiones troncales,
además, se nota la particularidad de que la doble A vea separadas sus dos letras
por una tercera (que, ora es la H, o eta, como ya vimos, ora es la
segunda letra del alfabeto, B, o beta), dando lugar en un caso a toda
clase de desinencias (femeninas o acuáticas), y en el otro, a conceptos
masculino de "paternidad". Así, el primer (taba" que encontramos es el
Aba-zeus o sea Júpiter (Ió-pithar, Io-eve) , no el "Anciano de los
días o Padre-Supremo", sino la "primera Emanación o Sephiroth cabalístico: "ENSOPH",
Aennus, Enneas, Jana o Jano siempre. Como, por otra parte, este
Zeus, Zeru-anas o Zoroastro original es la Fuente del Número, todo
instrumento primitivo de cálculo (o aparato matemático-calcídico) - se llamó,
por su augusto Nombre, Aba-zeus o Aba-cus, el Abaco, siendo uno de
los más sencillos de éstos la famosa Tabla de Pitágoras para los
productos de los nueve primeros dígitos. De aquí las maravillas que se leen
acerca de los ábacos en las Enciclopedias, empezando por el Tratado de
Algebra et Almuchabala, escrito por Leonardo de Pisa (Fibonacci),
cuando, ya iniciado, regresó de Oriente, y en el que los ábacos se conjugan con
sus respectivos planetas quizá desde los tiempos de la misma Atlántida, cuando
no se soñase siquiera en cambiar, como los paganos de los últimos tiempos, los
Dioses-Números-Planetarios por los Dioses-hombres de los diversos
imperios en los que el gran Imperio atlante se descompuso. Los Abantes,
hijos del perspicaz Linceo, último o duodécimo rey zodiacal de Argos, y
de Hipermnestra, y entre los cuales se cuenta el parsi iniciado
Parsifal o Perseo (siendo hasta seis los griegos divinizados en este
último nombre), no son también sino los primitivos hombres arcadio-caldeos,
iliónidos, jaínos, etc. (pues con cien otros nombres "jinas" pueden ser
designados), cantados como héroes incomparables en Hesiodo, Homero, Herodoto y
otros muchos autores clásicos. Todos, en efecto, eran orgivos o arios-luni-solares
primitivos; todos, como tales jinas, custodiaban al áureo vellocino
de la Religión Primitiva cuando fueron a robado con sus naves los helenos
o selenos, es decir, los hombres lunares posteriores. Dan, Dzan o Kan era
otro característico nombre patronímico de los Abantias, que les acredita
igualmente de jinas. Y como tales jinas aparecen doquiera, por ejemplo, los
abangas de Nigricia y Filipinas; los abanquis guaranís; los
abannas mauritanos, astures y gallegos: los abanos de Colombia; los
aba.nta de Livadia (con su templo de Apolo junto al Parnaso);
abánticos, purblos "solares" de la isla de Negroponte, de la Eubea, la
Fócida y la Galia Cisalpina.
Por otro lado, abanto aún es
una palabra del léxico popular español para designar al milano o aguilucho, en
contraposición con el cuervo, y en sentido figurado, a "la persona impetuosa y
potente que arrolla todo cuanto se opone a su paso", rasgo característico de los
héroes, y abatas en griego designaba lo inaccesible, lo inasequible-jina,
en recuerdo de la inescalable mole egipcia que sirviera (dicen los diccionarios)
para tumba de Osiris, o sea, en suma, la Montaña o Pirámide iniciática lugar del
temeroso Toro o vaca Abautos (la consabida Vaca pentápoda hindú), en
honor del cual, acaso los primitivos vascos dieron nombre a la montaña de Tri-anos
o Tri-anas (Bilbao)-, mencionada como la más rica por ptinio. A
bas-a-bantis también es nombre de un gran Iniciado que tuvo estatua en el
templo de DeIfos; es el Cisne de Diomedes, el hijo de Poseidón, y el
productor del frenesí sibilino o mántico, después confundido con la epilepsia, y
de Aretusa Acca-larentina, Marta, etc., como vimos; un centauro, émulo de
Quirón el Instructor; otro héroe jina compañero de Eneas; un rey y un monte de
Armenia; un sabio tío de Mahoma; un nombre patronímico de los shar o zares
de Persia; un célebre rapsoda troyaDo, etc. Abascantes, en fin, es
una palabra griega que bien pudo derivar de los accadios o vascos
occidentales de aquellas comarcas, pues que, según se consigna en las
Enciclopedias, viene del verbo baskain, fascinación, seducción, magia
mala, y de a,. partícula privativa, con lo que vuelve sobre el tapete el
famoso busgosa bask'-jain de toda nuestra costa cantábrica (De Gentes
del otro mundo, Introducción). El zafiro o abas-cocha (azul de lago)
es otro nombre bien extraño entre los del quichúa, porque refleja en su color
azul obscuro la alta espiritualidad jina o celeste, que también es el color de
la atmósfera en las grandes alturas. ¿Quién es, en verdad, el que con tales
"coincidencias" no se siente asombra do? ¡Verdaderamente que aún no hemos
empezado a deletrear en la lengua del Ocultismo!
7º. Por último, entre las numerosas
palabras jinas que saltan por doquiera se abre un diccionario, tenemos
las de Acra y Agra, merecedoras también de especial atención,
porque entrañan la eterna contraposición de lo masculino y de lo femenino,
expresados, respectivamente, por sus sílabas Ac y Ag, puesto que
la terminación Ra les es común, y ya sabemos, por otra parte, a qué
atenernos respecto de ella.
Acra
es altura en celta, griego, latín,
árabe, etc. Por eso, desde las sumidades floridas en las que culmina
apoteóticamente la planta, hasta la ciudadela inexpugnable que desde allá arriba
parecía proteger a la ciudad de sus faldas y llano, cual el padre a la familia o
el ave a sus polluelos, todo era acros y agra, y los orígenes
mismos de estas ciudadelas, con todo cuanto se refería al misterio de los
pitris o padres, solía encerrarse en emblemas, acrósticos o
jeroglíficos, porque acros-acra equivalía a "punta", "altura",
"promontorio", algo excelso, agrio, fuerte, en fin, ya que, como dijo nuestro
vate,
por tales asperezas se camina
de la inmortalidad al alto
asiento...
Así, en el Acra de la Aególida,
dominando el azul horizonte del Archipiélago de la manera que aún se ven las
ciclópeas construcciones de la península Calcídica, se alzaba orgulloso uno de
los más viejos templos jinas, el de Junus-Hera, y promontorios de igual
nombre fueron los de Carmania, sobre el lago Meotis, el de Arcania en el Orontes,
el típico de la Arabia, el de junto a Antioquía en la Mesopotamia, con tres
grandes ciudades a sus pies, el de San Juan de Arce y el célebre de Brindisi en
la Magna Grecia, frente por frente ya de las costas griegas. El Acra-batanea
de la Idumea y el de entre Neápolis y Jericó, como el Acraf de la
primitiva Persia junto al Caspio, con los pensiles y observatorio que siglos más
tarde creó Abbas II el grande, y nuestra propia Acra-leuca mediterránea,
hoy Peñíscola, no son sino recuerdos santos del primitivo culto samaariano o
samaritano de las alturas, ¡de las alturas solares hindúes, meta a la que no se
llegaba ni se llega sino después de haber apurado los cuatro períodos del
ascetismo iniciático que se llaman acra-mas, o sea "físico, intelectual y
espiritual escalamiento de la altura"!
Por eso también, cuando al masculino
acra se le agrega la sílaba ga femenina, se forma el nombre 'de
Acragas, que, si por una parte significa el nudo o enlace de los dos
principios eternos de la vida, por otra designa también a aquel hijo de Júpiter
Olímpico (el dios de la altura) con Astérope, la bella Oceánida en cuyo honor
Accragas fundó la ciudad lunisolar de Agrigento, con su templo
pelásgico de júpiter Polieus o Polideus, ciudad que se repite con sus
correspondientes monte y río de igual nombre en Lidia, Eubea, Etolia y Tracia, y
que tuvo sus gemelas ciclópeas en las celebérrimas de Selinoute y
Tauromenio en Sicilia; las de los volscos, hérnicos, eques y demás
aborígenes del centro de Italia, llamados Norba (destruída como tantas
otras cosas análogas, libros sibilinos inclusive, por Sila, el aristócrata loco
romano), Preneste (célebre en la sublevación de Mario el joven contra
aquel asesino de su padre, y más aún por los actos necromantes de sus templos
que aún se recuerdan bajo el nombre de Suertes Prenestinas), Túsculo, Fiésole,
Signio, Alatú, Veyes, Ferentino, Luna, Atino, Cara, Arpinum, etc., sin
contar las de Tarragana, Numancia, el Bierzo y tantas otras de nuestra
Península, que tienen en cada altura una acrópolis pelásgica o helénica,
tanto que por ellas, o sea por "sus castillos", reedificados muchos siglos más
tarde, en la Edad Media, sobre las ruinas acropolitanas, hubo de llamarse
Castilla a la región central de España, émula de la región hindú del Penjab,
de donde, según en otro lugar hemos indicado (ver cap. IV), son
seguramente originarias, debido a. la invasión celta o kalka de hace cerca de
5.000 años, cuando la raza solar venida de la Ariana echó sobre sus hombros de
Hércules la terrible tarea de civilizar, dirigir y salvar a los degenerados
pueblos que habían quedado sumidos en la barbarie más abyecta a raíz de las
últimas catástrofes atlantes.
Acrisio,
en fin, como otra de las variantes de
Acra, es el nombre asimismo del hijo de Júpiter y padre de Laertes (o sea
abuelo de Ulises-Hércules y bisabuelo de Telémaco, en la griega genealogía
épica) También lo es de aquel Acrisio, rey de Argos, que como
descendiente de Danao, hijo de Júpiter y de Ocalea (variante de Leda, la
princesa-oca, la compañera eterna del consabido cisne), vivió en
eterna lucha con su hermano Preto (el obscuro, el negro), aun desde el
vientre de su madre, pues eran gemelos, cual los respectivos héroes
del eterno mito del día y la noche (clave astronómica), de lo radiante y lo
latente (clave física) , de lo recto y lo curvo (clave geométrica) , de lo
positivo y lo negativo (clave numérica), de lo invasor y lo invadido (clave
histórica), de los ácidos y las bases (clave química), y de lo masculino con lo
femenino (clave fisiológica), que vemos igual en el Esaú-Jacob de los hebreos
que en el Pólux-Cástor de los griegos, o en el Remo y Rómulo romanos,
etc., etc..
Después de la palabra Acra
vengamos a la de Agra, o más bien Aga, su gemela, empezando por
consignar que la letra ce o ha, fuerte, gutural masculina, tiene su
contraparte en la ge, dulce, gutural o de segundo grado o femenina, y
así, a la manera de lo que vimos con acra, aga y agra sirve de
típica radical a todo lo inferior, lo relativo al aqua o contrapuesto y
femenino.
Por eso hay docenas de ríos y ciudades
Aga en Siberia, Etiopía, Egipto, Nigricia, Argelia, Turquía, Brasil,
etc., y Aga es "señor de la ciudad", caudillo en turco. Aga-asio o
aga-isios se llamó además a los antiquísimos etiopes-blancos del
Mar Rojo y el Nilo, como "hijos de las aguas primitivas", o secuaces de la
doctrina Agama, que también se lee en el segundo pitaka del
Canon sagrado buddhista. Pero no paran aquí las concordancias filológicas, como
verá el lector si está adornado para ello de la suficiente paciencia.
En efecto, Aga-berta es la "bis
Melusina" o Urganda medioeval, y Agadé o Aga-dea es la bis
caldea, que dió nombre al famoso arrabal de Sippara o Cipara (la ciudad de las
estelas o cipos, el Cerámico caldeo, como si dijéramos) al norte de Babilonia,
consagrada a Venus-Anunit y a Soma o Samas (la luna) , dividida en dos partes
(la Acro-polis y la Io-polis) por el canal Nahar, a la
manera como lo estaban todas las ciudades antiguas, incluso, según vimos, la
propia ciudad inca del Cuzco, y por eso las -Enciclopedias nos dicen que se
conocen distintos sobrenombres de Agadé anteriores al primer imperio caldeo,
nombres solares todos, añadimos nosotros, tales como Zatr-ganisar-Iuh,
"la imperial ciudad de Ganesha" que diría un buddhista, o la Agama-arcana y las
Agama-shastras de los védicos Upanishad; la patria del anciano Sargón,
célebre por su biblioteca, que alcanzó por lo menos hasta el siglo VII antes de
nuestra Era, y cuyos ladrillos cuneiformes aún son en el British Museum la
desesperación de los doctos, todo con arreglo a la etimología griega de
Aganós, que significa "lo jina", lo maravilloso, incluso cuando sirve para
designar a aquella celeste Agalis, "doncella de Corfú", cuyas obras cita
con encomio Ateneo y Su idas, o esa otra palabra también griega de Agalma
o agalló, cuanto agradar y maravillar pueda, desde el trípode o el
monolito aquel de Agalma toy Apollonius de las cercanías de Mileto, hasta
el perfume mismo del agáloco, la madera de áloe quemada en los sacros
fuegos de las vestales. . .
Sólo los nombres de los dioses Aga
o lunares llenarían un capítulo. Así tenemos a la autoridad religioso-lunar
de Aga-el-Arana, literalmente "la magia del fuego producido por el
arani", o por la rotación de la madera dura sobre el agujero de la blanda,
que no la purísima del rayo de sol encendiendo el fuego sagrado al incidir sobre
la gema o lente del Sumo Oficiante, y a sus agalegas o
procedimientos mágicos que hoy dan nombre aún a unas islitas del Océano índico.
Tenemos también a Agameda, hechicera lunar, "hermana del Sol", que, émula
de Circe, componía nefastos brebajes para transformar en bueyes a los hombres
que caían bajo sus sensuales hechizos; los bueyes de aquel establo de Augias,
rey de Elida, su padre, cuya limpieza o "purificación" fué uno de los doce
grandes trabajos de Hércules, a la manera como se lee en la Teogonía de
Hesíodo, en la Iliada de Homero, y en cien pasajes de nuestras
tradiciones de Blanca Flor y de las parsis de Las mil y una noches.
Otra tradición, al hacerla esposa del Amulio romano, nos revela claramente
en qué pudo consistir el destronamiento de Numitor de la leyenda de Roma.
Tenemos de igual modo a Agamedes, el greco-asiático, hijo de Estinfalo, o
sea de aquel monstruo lunar que en una laguna mantenía negras aves del
mal con carne humana, hasta que Hércules acabó con ellos también en otro heroico
trabajo; y al Agamedes, hijo de Ergino o Hercinio ("tenebrosidad
de la selva") , rey del Orco y hermano del cíclope Trofonio, por cuyo
antro nibelungo ya vimos penetrar a Telémaco, cerrando con una piedra enorme (la
cúbica o iniciática) las entradas al Tesoro del rey de Ilistrix en Beocia
(el tesoro troyano de Ilión), también muerto por Hércules. Viene,
asimismo, a nuestras mientes Aga-menon (o Mnemon), personaje de egipcio
abolengo, hijo de otro nibelungo, de Atreo, el riquísimo rey de-Micenas,
Tirinto y Argos, biznieto del atormentado Tántalo y hermano del Menelao de
Esp,arta, a. cuyo lado se refugió huyendo de Tieste, y cuyos tesoros
(simbolizados en Helena o Selena, la Religión lunar) se apresuró a
robar luego Paris, dando lugar a la célebre guerra de Troya y a toda la
complicada trama kármica del sacrificio de Ifigenia, de los furores de Orestes,
de los crímenes de Egisto y de las liviandades de Clitemnestra.
Contamos, en fin, con los Agag,
nombre genérico lunar de los bíblicos amalecitas; AgaPita, uno de los
nombres con los que Haman (o Hanuman, el dios-mono aliado de Rama en el
Mahabharata) figura en el "bíblico caldeo" Libro de Esther (o
Lsthara, la Estrella parsi); Aga Khan-Maho-Iati, el Viejo de la
Montaña del Líbano, iniciador de los fundadores del Templo en los misterios
lunares que poseyeron; Agaleas, pseudónimo de un célebre gramático
alejandrino del siglo 11 de nuestra Era, de- la escuela de Aristófanes de
Bizancio y comentador de los muchos misterios lunares que se leen en Hesiodo y
Homero bajo velo histórico; Agam-Iamoc, divinidad peruana equivalente al
Pachacamac inca, y como él sin Templo ni culto; Agapenor, hijo de
Anceo y rey arcadio de Tagea, que asistió al sitio de Troya y participó del
"collar de la armonía", don celeste que equivocadamente se dice le fué funesto;
Agaptolemo o Ptolomeo, uno de los 50 hijos de Egipto (o gran
iniciado, al modo de TriPtoleno, el inventor del arado) , que casó con la
danaide Girena o Sirena; Agares, demonio de la Luna; Agastia, el
célebre brahmán de los Puranas, hijo de Mitra o Varuna y de la ninfa Ur-vasi
(fuego inferior o lunar), personificación a su vez del fuego de Agni-Vashistha,
su madre, que transmitió a sus sacerdotes ermitaños, después de vencer a los
rakshasas o titanes de Lanka (Ceilán) y a los vindias o lemures- hindúes, y cuyo
prototipo español, por haber derrumbado el monte Vindhya, es "Vuelca-cerros", el
de la leyenda de Juanillo el Oso (Conf. teosóf., I, pág. 225);
Agathon (el daimón bueno), argivo, constructor del templo de Delfos e
implantador de sus Misterios aprendidos de su Maestro Xeno-doro, el
hombre solar; Agatic, espíritu lunar o del, contrario al del bien, o
Jainhar, el jina de los hovas o Oveos mascareños y al que se
ofrecen sacrificios humanos; Agatilio, el más lunar de los sobrenombres
de Plutón; Agatino, pseudónimo de un gran médico espartano, discípulo de
Ateneo en el siglo I, fundador de la escuela "teosófica" de los pneumatistas
o espiriludistas, y de los episintéticos, o comparadores de las
Religiones y las Ciencias, entre cuyos discípulos se contaron Herodoto, Teodoro,
Arquígenes y muchos sabios romanos, entre los que produjo gran revuelo
espiritual; Agation, genio de la medianoche, en forma, ora de hombre, ora
de bestia, y cuyos talismanes tienen una media luna en su extremo inferior;
Agatirno, hijo de Eolo, o sea "negro espíritu de las nubes", con reino en la
Agatirnia de Sicilia; Agatirsos, los picti, de Virgilio,
germanoescitas y sármatas, hijos de las necromantes amazonas, y conocidos con
los nombres lunares de indatirsos, tisagetos, marsos, etc.; Aganice, rey
iniciador de Tesalia, que predecía los eclipses; Agaladea, ninfa de
Ptolomeo Filopator, se dice, pero más bien su "Helena" o numen, al tenor de las
que se atribuyen necromantemente a los Adeptos, y que no son sino símbolos no
humanos de su celeste Espíritu, al tenor de esa divinidad bienhechora que se
llamó Agatodemon o "Espíritu de las Aguas del Chaos"; Agatón,
abnegado hijo del troyano Príamo; Agavea, la hermosísima hija de Cadmo;
Adán, el Kadmon cabalístico, y de Harmonía o Cosmos, que tan importante
papel juega en los orígenes lunares de las bacanales y también en las
iniciáticas tragedias de Esquilo...
y no hablemos de los nombres Aga,
con o sin aditamentos de ciudades, lagos o ríos, porque sería no acabar.
Baste decir que en solo una Enciclopedia como la de Espasa hemos podido
contar casi un centenar, repartidos por todo el planeta, como cuantas cosas
hacen referencia a la Religión primitiva, y trascendiendo de tal modo a su
origen lunar del Penjab o la Rajputana, que hasta alcanza a esos lunares
instrumentos primitivos que se llaman la gaita (agajar), a la flauta (agada),
a la guitarra y al violoncelo turco (aga-lick-man o agal-keman),
con lo cual podemos llegar a establecer, por último, el nexo con dos
palabras augustas en la tradición y en la historia: las nueve Agánipes o
Musas del Helicón (el Monte Solar, de Beocia), como divinas inspiradoras
del Arte y las leyendas parsis, arameas, hebreas, árabes, etc., llamadas
agadas.
Agadas
o sagadas son, entre los
rabinos, la parte más esencial del Talmud (enseñanza de las sagas,
sibilas, pitonisas o profetisas, a bien decir), al lado de las halakas en
la Mischna (o parte estrictamente dogmática y legal) , pero, en realidad,
como hijas directas (aunque de mil modos profanadas) de las primitivas
tradiciones jinas o solares que "ya los antiguos bardos de todos los países
históricos cantaban sin entenderlas"', como dice Rolth Brash; y que han servido
de base inspiradora absolutamente a todas las obras maestras de la Historia:
Mahabharata, Ramayana, Ilíada, Eneida, Odisea, el Poema primitivo de
Alcide (no el Cid de Alfonso VI, sino Hércules), Las mil y una noches,
la Biblia, el Talmud, el Corán, y, en fin, otras, cual
las de El Quijote, La vida es sueño, etc., etc., no son sino obras
eruditas de éste y el otro genio que en ellas se inspiró. Todo verdadero
agadista (léase novelista en el más alto y puro sentido) tiene que ser un
efectivo taumaturgo o un aspirante a tal, porque en la agada está la
esencia de toda poesía, de toda música, de todo teatro, de toda obra inspirada,
en fin.

Por donosa "coincidencia"
son varias las islas reales, de nombre, sin embargo, jina, que
pueden encontrarse haciendo una minuciosa excursión por el mapa, tales como
la isla fina frente a Mérida del Yucatán, en México. Pero estas
"coincidencias" nos llevarían hoy demasiado lejos.
Vea algunas de éstas el
lector, si para ello tiene paciencia: Aa-ban, demonio lunar-saturniano;
Aah, el Deus-Lunus egipcio; Aah-i, Aah-ison, monte y río de
Persia; Aah-hotep, esposa de Kamas o Aa-mé, obscuro personaje
egipcio de las primitivas dinastías; Aad, desierto arábigo del Nedjed,
celebérrimo antaño por sus aguas (Corán); Aa-him, Charin, Carin o
Inca, notabilísima gruta jina y aldea de Jerusalén, a la que por tal
causa se la asigna en ciertas tradiciones de Palestina como el lugar del
nacimiento de ese excepcional jina que se llamó IOANAS, o Juan el
Bautista; Aa-him-el-jinum, antiquísima ciudad de Fez, célebre por su
famoso templo primitivo; Aa-is, o Aa-is-is, gran desierto de
Kalahari (África Meridional; Aah-kaba o kabe, "lugar acuático
de la tentación" para Abraham, Agar e Ismael; Aanas Thoth, patria
jino-judea del profeta Jeremías; Aa-rú, "el campo de las mieses
divinas", o Campos Elíseos del Ritual funerario egipcio; Aas-si, el
río Orontes; Aa-tzin, arconte, senador entre varios pueblos y también
uno de los fundadores de México en las sagradas lagunas; Aa-yon, río
del Chubut argentino; Aba, célebre isla del Nilo blanco, fuentes
armenias (según Estrabón) del Éufrates y del Araxes; Aba y Abas,
rey "jina" de Argos; primitivo templo jina de Ceres o !sis, luego
oráculo de Helios-Apolo; nombres de varias ciudades de Fócida, Licia, Alava,
Coruña, Hungría, Italia, Inglaterra, Mauritania, Japón, etc., Aba-bil,
el ave fénix mahometana, insensible al fuego y al agua; Ab-ab-a, Ab-ab-o,
Aba-búnculo, etc., nombre lunar de todos nuestros antecesores o
"abuelos"¡ Abacote, "varita mágica o rabdomante", bastón de mando de!
Gran Maestre del Templo; Aba-rhisi o el Rishi primitivo de los
hindúes, nacido de las aguas; Aba-ton, secreto santuario de Osiris en
el fondo del lago Moeris, según las enseñanzas iniciáticas de los "Philosophes
Inconnus" del siglo XVIII, que tenían a la A, al 1 y al Pez como signos
cristianos de reconocimiento francmasónico; Aba-areca, "el primer
maestro" de los talmudistas babilónicos; Aba-don, aguas del Chaos
hebreo; Aba-dir, betilos mágicos lunares fenicios y hebreos; Aba-haitin-euskoi-karaul,
comarca del oculto KaIkas, y ciudad del gobierno de Irkutsk, cuyo nombre
es una alusión clarísima a los "padres" o "instructores" de nuestro viejo
pueblo" vasco o éuscaro; Aba-hai, tribu mogola de China
septentrional; Aba-honda, gran ciudad hoy aldea del Alto Egipto, con
notabilísimos hipogeos "jinas"; Abai, el nombre abisinio del Nilo
azul; Abaia, lago africano, y cien otras más, todas de origen
ario, dicho sea con permiso de nuestros filólogos, cuya despectiva
sonrisa acerca de lo que no entienden tenemos ya descontada.
Pero
no cerraremos esta nota sin antes consignar un hecho del más alto interés
jina; es, a saber, que la palabra Alah, con la que el Cordn
designa al Ser Supremo o Dios de otras religiones, admite la variante o
temura de Aah-la o Aha-la, el Aanza (campo de los
trigos divinos), o sea el Kerneter o Kairn-Aether egipcio, o
el Akasha hindú; es decir, el "Campo de Paz", la "Mansión Celeste o
Campos Elíseos". Kairn, además, es palabra celta, con la que suele
designarse a las mansiones post-mortem o "sepulcros".
Todos ellos inspirados en el
Talmud y el Corán, tales como el insigne Víctor Rugo en una de
sus Orientales, en la que se inspiró luego, a su vez, César Franck,
para su gran poema sinfónico con piano Les Djinns, que es una de las
páginas orquestales más revolucionarias del profundo compositor belga. Con
ese nombre se encuentran también a cada paso los jinas en los relatos de
Las mil y una noches.
Las cinco disciplinas ocultistas según la Maestra H. P. B. (D. S.,
III, sección X) son gematría (o gramateia) , ternura (o
permutatoria) , Notáricon (o taquigrafía) , albath y algath,
sobre las que puede verse nuestro tomo IV, página 409. De la palabra
notáricon se ha formado la nuestra de notario, o sea "depositario
de la fe pública", tabelion y aun arúspice.
Estos particulares pueden
verse en nuestra Evolution solaire et series astronochimiques. París,
1909.
Por eso también al río
clásico de la India se le llamó Hind o Indo, siendo sus aborígenes arios
unos verdaderos jinas, de los que aún quedan gentes como los todas y
otros que ya vimos en el capítulo VIII, gentes que, como tales jinas,
sólo se dejan ver de sus elegidos. Así se cuenta de Darío Hystapes que antes
de introducir sus sabias reformas fué a consultar a aquellos "hombres
ascéticos y sabios" (gimnósofos) , y de Apolonio se dice que para iniciarse
cruzó el Caneann, o Hindu Kinh, en donde encontró a un rey (su
Maestro) que le condujo a la mansión de los sabios (Cantú, Hist. Univ.),
y Bunsen presenta al Khamismo (o Jainismo originario) "como el
testimonio del primitivo parentesco de las razas semita y aria", cosa
natural, puesto que ya hemos dicho que los semitas son arios expulsados de
sus castas, como el mismo nombre de Abraham, "el no brahmán", indica.
La mitología completa la
fábula de Arisio-Preio, diciendo que Acrisio, desde Tirinto (culto solar
pelásgico), y Preto, desde Argos (culto lunar heleno), se disputaron el
cetro, venciendo éste (aunque de ordinario y por fines de bastardeo de la
Religión Primitiva le suele decir que aquél, cosa verdadera además en clave
cosmogónica en que la Noche Insondable o Divinidad Abstracta
es sustituida por la Manifestación o Día). Luego sigue el mito con su
hija Dánae encerrada en la torre de bronce, donde, fecundada por la Lluvia
de Oro de Júpiter, nace el héroe Perseo, también arrojado al mar como
viéramos con todos los Moisés, y salvado milagrosamente.
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