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"El libro del Velo de
Isis". - Hechos extraños que se repiten. - Las mil y una noches primitivas y el
Pancha-tantra hindú - Ediciones del gran libro. - El libro de Cama y Dymna. - La
imaginación creadora discurre por los mismos cauces desde que el mundo es mundo.
- La busca de la verdad histórica en las fábulas y en los niños. - Las "agadas"
de una edad más feliz. -Nieve que pasa a
cieno. - Schahriar-Zacarías. - El viejo tributo de las cien doncellas. -
Dinarzada y Scheherezada, o lo humano y lo jina. - Los redentores cargando con
el brma de los perversos. - El comerciante honrado y los tres ancianos jinas. -
Otro recuerdo de la Vaca pentápoda. - El pescador y el jina sepultado en el
fondo del mar con sus misterios. - Alah-djin, "el jina de Dios". - El
"Vellocino de Oro" de Sindbad el marino. - La "Fuente de Oro" de Ctesias, de
Gnido. - Seif Almuluk y el Hada de la Matemática. - Ahmed Y el hada parsi Banú,
con iU encantado mundo. - El príncipe Alahman y el rey de los jinas. - Las aves
de Unus-Ahur. - Contenido de todos estos relatos fabulosos y simbólico del gran
libro.
Cuantas cosas maravillosas hayan
podido chocarnos en el decurso de los capítulos anteriores las vemos repetidas,
y aún ampliadas, en ese gran libro iniciático que llamamos Las mil y una
noches, o "Libro del Velo de Isis", al tenor de su jeroglífico 1001,
"mil y una", y de su "noche o Velo"
.
Esto acaso no pruebe nada para los positivistas escépticos que aún van quedando,
rezagados ya del creciente renaCimiento espiritualista de la post-guerra,
y quienes nos dirán autoritariamente que ello no prueba sino que son "ensueños
de la imaginación, tan felizmente combinados, que gozan del envidiable
privilegio de sugestionar por igual con su belleza a los grandes como a los
chicos". Para el crítico serio, sin embargo, semejantes repeticiones de hechos
extraños, inexplicables, producidas en puntos inmensamente alejados unos de
otros en tiempo y en espacio, toman los caracteres que asigna la lógica a la
tradición o constante testimonio de los siglos. Muchos menos testimonios
contestes de hechos han bastado, en efecto, para tener por indudables no pocas
de nuestras cosas reputadas como científicas.
Además, ello nos llevaría a tropezar
de manos a boca con un descubrimiento pasmoso: el de que la activa o
creadora imaginación del hombre, que aquellos ciegos confunden
intencionalmente con la pasiva y alocada fantasía, corre siempre por los
mismos cauces desde que el mundo es mundo, como respondiendo, por tanto, a leyes
inmutables, que no son sino las entrevistas leyes del mundo de los jinas.
Para que el lector pueda apreciar, pues, en todo cuanto valen semejantes
concomitancias, no estará de más el que haga con nosotros una excursión ligera
por el tiempo de aquellos preciosos "cuentos de niños", que no son sino
"altísimas verdades de viejos" en su incomprendido simbolismo de fábulas
efectivas. Está tan maleada, por desgracia, nuestra presente humanidad, y la
historia tan llena de errores (no digamos patrañas, porque, al tenor de
la etimología, "patraña" es "cosa de los padres" o santa tradición), que siempre
nos sería lícito, por vía de asepsia moral, el buscar la Verdad en esas
poderosas fuentes de Belleza prístina que se llaman "las fábulas" y "los niños".
Concordando con estos asertos, nos
dice por eso la maestra H. P. B. que "en medio de los fantásticos desatinos de
Las mil y una noches, mucho podría encontrarse digno de atención si lo
relacionásemos con el desenvolvimiento de alguna verdad histórica. La Odisea,
de Homero, por ejemplo, sobrepuja en aparente falta de sentido común a todos
los dichos cuentos juntos, y, a pesar de ello, está probado que algunos de sus
mitos son mucho más que la creación imaginativa etcétera, etcétera, cual si
fuese una ley de la imaginación humana el tener que caer siempre poco o mucho en
semejante monumento de las edades, sin poder salir apenas una vez de su letra,
y, por de contado, nunca jamás de su divino espíritu. Véase Ponos, la
genial obra de Melitón Martín, una de las fábulas modernas que más semejanza
ofrecen con el antiguo estilo.
Por de pronto, el problema del sexo,
al que antes aludíamos, aparece vigoroso ya en la Introducción del libro.
Los dos hermanos sultanes descubren la infidelidad de sus sultanas respectivas,
a quienes decapitan, y, exasperados, creen que todas las demás mujeres son
infieles también por ley de su naturaleza, merced a lo cual Schahriar o
Zacarías -el mudo sacrificador del templo de Israel, que en el relato
evangélico se da por esposo de Isabel, prima de María- se decide a sacrificar,
como el famoso monstruo irlandés y gallego del Tributo de las cien doncellas,
todas las noches a una mujer, después que ha compartido con ella su regio
lecho. Tras tan horrenda carnicería, que tiene aterrado a todo el Imperio,
aparece una heroína, Scheherezada, la hija del visir, quien como la
Judith de Holofernes, o la Iseo del mito tristánico, se decide a libertar a su
pueblo de semejante oprobio y resueltamente se ofrece en holocausto al monstruo,
compartiendo su lecho
.
Viene aquí entonces el símbolo de la
acción de la Magia en el mundo y en la vida. La jina Scheherezada se hace
despertar por su humana hermana Dinarzada "antes del amanecer"
(hora de la iniciación), y ésta le ruega que le cuente uno de aquellos divinos
cuentos que debía a sus profundos estudios. Scheherezada aprovecha esa hora
augusta que precede al alba, y en la que el hombre comienza a salir del mundo
misterioso del sueño, penetrando en el de los ensueños más dulces, ensueños
jinas que acaso son la única verdad de nuestra existencia, y comienza su
relato con la historia del comerciante y el ogro, que no es sino el símbolo del
triste destino de la humanidad post-atlante destinada a desaparecer, como
destinado estaba a morir el pobre comerciante del cuento bajo la espada del
genio del malo magia negra (y como destinada estaba también a morir la
pobre Scheherezada), si en aquel momento no se hubiesen presentado tres extraños
personajes, dignos de especial mención.
Estos tres personajes son tres típicos
"viejos" o jinas, quienes se presentan para salvar al pobre comerciante en el
momento supremo en que, fiel a la palabra que había dado al ogro de volver al
año justo para que le sacrificase por el horrendo delito de haber comido dátiles
(los misterios de los "dáctilos", o conocimiento cabalístico mal adquirido), iba
a caer bajo la implacable cuchilla del ogro. El primero de aquellos jinas, como
el shadú o "conductor de la vaca pentápoda" que figura en los relatos
jinas de Olcott y de Blavatsky. a los que hiciéramos referencia en De gentes
del otro mundo, pág. 9, conducía a una cierva, cierva que no era sino
su estéril mujer, transformada así por una maga en castigo a que ella, para
vengarse de una esclava de su marido que le había dado un hijo, los había
transformado a ella en vaca, y al hijo en ternera. No hay por qué
añadir que semejantes vaca y ternera no son sino la primitiva
religión jina reflejada en la célebre vaca de Gautama el Buddha, o sean
los dos cultos solar y lunar, de los que hemos hablado tantas veces.
El segundo jina llevaba dos perros
negrísimos, quienes, a su vez. no eran sino dos pésimos hermanos suyos (u
hombres) que, envidiosos de su prosperidad e ingratos a anteriores beneficios,
habían tratado de sepultade en el mar ("como lo fuera la Atlántida") a él y a su
jaina esposa, la cual, para castigados, los había metamorfoseado en
perros malditos. En cuanto al tercero de los jinas salvadores del buen hombre,
su historia era tal y tan sublimemente misteriosa (como efectiva historia
mágica) que el libro la tiene que callar...
Viene luego en Las mil y una noches
otra historia celebérrima: la del pescador
,
aquel otro desdichado padre de familia que logra pescar del fondo de los
mares la cajita misteriosa en la que el genio de la magia tradicional yacía
aprisionado bajo el sello de Salomón. Abierta esta "caja de Pandora", el genio
le va a matar para vengarse, decía, de los desaires que había recibido de la
humanidad, porque queriendo él libertarla de sus miserias, ésta le había
continuamente despreciado. Pero el astuto pescador se da trazas, con el engaño
de cierta pregunteja al estilo de las célebres de Wotan a Mimo en el primer acto
del Sigfredo wagneriano, a volverle a encerrar en su caja; y encerrando
con él toda "esperanza" de ulterior liberación. Con este motivo, el genio relata
al pescador unas lindas historietas: la del Médico Durbán, la de El
marido y el papagayo, la de El visir castigado, sobre cuyo alcance
jina no podemos detenernos, como tampoco sobre el echado de las redes al agua y
la pesca de los cuatro pececitos de colores, simbolismo de las cuatro razas
humanas extinguidas antes de esta nuestra quinta raza, y del Príncipe de las
Islas Negras, de lo que hemos sacado el debido partido en otro lugar
.
Baste indicar aquí que toda la leyenda del pescador es jina desde el momento en
que el genio le lleva a éste a echar sus redes en cierto secreto lago,
oculto en el más pintoresco jardín que puede darse, y que, "no obstante
encontrarse del otro lado de la montaña que dominaba a la capital, ninguno de
los nacidos en ella le había visto jamás, como tampoco a las cuatro clases de
peces del lago, los blancos, los azules, los rojos y los amarillos",
representaciones respectivas de las cuatro grandes razas troncales antecesoras
de nuestra quinta raza aria. También, por ser jina, coincide el resto del relato
con tantos otros que llevamos consignados en capítulos anteriores, como cuando
el sultán, maravillado por los prodigios que había visto realizar a los peces,
se lanza solo, de noche y con gran secreto, a recorrer "el desconocido Sendero
de la llanura", hasta dar, al cabo de mucho esfuerzo, con el palacio atlante del
Príncipe de las Islas Negras, o del Pecado, recorriendo en sólo un día, y por
modo jina, un itinerario en el que, al regresar al modo humano, necesitó
emplear tres largos meses.
Seguir detallando más en estas
sugestivas leyendas iniciáticas de Las mil y una noches, resultaría
difícil, porque ni aun se sabría escoger bien. Nuestro objeto aquí se limita,
pues, a echar una rápida ojeada jina por la sublime obra, contando con el
conocimiento que todo hombre ilustrado debe tener de ella.
¿Quién, por ejemplo, no recuerda la
leyenda de Aladín o Alahdjin, el jina bueno, "el jina de Alah"?
Ella sola bastaría para probar el intento de este capítulo.
En efecto: un ser puro, un niño
(que niños se llama en el lenguaje iniciático a todos los que empiezan a
recorrer el Sendero), hijo de "un sastre", quiere decir de un santo hombre
conocedor de "los shastras", o versículos sagrados védicos, conoce a un
hechicero, quien trata de utilizarle en el proyecto de robar cierta lámpara
maravillosa (la del Conocimiento iniciático), escondida allá en las grutas de
lejanísimas montañas. Llegados al sitio, tras el penoso viaje, el niño, por la
virtud del anillo del mago, levanta una gran losa blanca y penetra, animoso, en
el subterráneo, donde, a vuelta de mil prodigios, como los que el coronel Olcott
nos narra en otro lugar (De gentes del otro mundo, capítulo 1), Y
referentes a otro niño de Bombay que también logra bajar de igual modo al mundo
de los jinas, se ve rodeado de un verdadero Paraíso, a la manera de los que
anteriormente van descritos. Allí ve "al pájaro que habla" (como le viese y
oyese el Sigfredo de Wágner bajo el tilo), "a la fuente que mana oro" y "al
árbol que canta"
.
Por fin roba la lámpara maravillosa, y por ella conoce las perversas intenciones
del hechicero, a quien, astuto, logra dejar encerrado en el subterráneo,
mientras que él, gracias a la lámpara y al anillo, logra mágicamente cuantas
riquezas pueden apetecerse en este mundo...
¿Quién no recuerda, asimismo, las
aventuras de Sindbad el marino? El Ave-roc que le lleva
raudo por la región de los aires hasta hacerle conquistar un verdadero
Vellocino de Oro, no es sino la famosa Ave-Fénix de los griegos; el
Pájaro GARUNA
de los parsis, el Ave-Li del gran poema chino del Li-sao (Grutas,
pág. 210), y en la que el poeta precristiano visita las recónditas soledades
iniciáticas del Tibet, tornando luego a este bajo mundo de los hombres, tan rico
de bienes como de espíritu, porque es sabido que la miseria física de éstos no
es sino el karma, reflejo o consecuencia de su miseria moral, y por eso, como
dice el Evangelio, "debemos tan sólo buscar el Reino de Dios y su Justicia
(mundo jina del Ideal), que lo demás nos será dado por añadidura", Si las
riquezas físicas viniesen, en efecto, siempre a la par que las morales, y no
después (ora en este mundo, ora en el de los jinas), seríamos virtuosos..., por
egoísmo, es decir, careceríamos de toda virtud efectiva y basada en la
renunciación del sacrificio.
Y, cuento tras cuento del gran libro,
en todos aparecen los nombres jinas, sus jardines encantados, sus tesoros
inauditos y su perfecta liberación enedimensional de esta nuestra triste
cárcel de materia física, impenetrable para nosotros como tal, pero
perfectamente penetrable para ellos, como seres hiperfísicos, y desde la que
pueden establecer sus espirituales protecciones sobre los justos, de quienes
es tal mundo.
Tal es el relato del cuento del
heroico príncipe Seif Almuluk con la hija del Rey de los Genios,
pues es una de las leyendas orientales que hacen mayor alusión al espiritual
consorcio posible de jinas y hombres, pese a la barrera natural que se alza
entre estas dos razas de seres. En tal sentido, es interesantísima y de valor
inapreciable. Compendiémosla en pocas palabras.
Seif y Said eran dos amigos
inseparables, hijos, el uno del rey de Egipto, y el otro de su visir. Ambos
habían sido concebidos por modo casi milagroso, de madres estériles, gracias a
los consejos del rey Salomón, quien había deparado para el príncipe su anillo
-el oro del pensamiento- y una cajita misteriosa, encerrando un vestido hecho
con alas de mariposa -la imaginación-, y para el hijo del visir una fuerte
espada y un fuerte venablo
.
Abierta por el príncipe la cajita, ve retratado en el velo del vestido -velo de
Isis- la imagen de una beldad sin par en el mundo: la del hada Badial lamal,
hija de Nahual, hijo de Charuc, primer rey de los genios creyentes que moran en
la Isla de Babel, en el jardín de Irem o Irán. El joven se lanzó, en unión de
Said, a buscar al hada por todo el ámbito del mundo, sin hallar quien de ella le
diese razón en parte alguna, pasando cuantas amarguras y pruebas son de rigor en
tales casos
,
Antes tuvo que redimir de su esclavitud a la dama Daulet-Chatun
,
su hermana de leche, y una vez que hubo alcanzado la suprema felicidad de
conocer al hada de sus amores, se riñó gran contienda entre los buenos y los
malos genios (los nilo lohitas, los rojo-azules), por si un
mortal, por grande que fuese, podía enlazar con un hada sus destinos, pero
gracias a Daulet-Chatun, o sea a la ninfa de la Matemática, el enlace es
admitido por el "
Rey de los Genios,
y Seif-Almuluk se une a Badial Iamal, y su hermana Said con la admirable Daulet-Chatun,
para que el recto espíritu de la justicia que a la Matemática trascendente
preside pueda asesorar en los destinos del Mundo. Otra prueba más, en fin, del
carácter simbólico matemático de Daulet-Chatun nos la da la leyenda al decir que
el espíritu del mal genio que la tenía encantada en el palacio negro,
entre el cielo y la tierra, era inalcanzable para todo mortal, pues yacía
escondido en el pecho de un ave misteriosa -la Unidad-Una, alma del Mundo-, ave
que, a su vez, estaba encerrada en siete cajitas -las siete decenas del
sistema septesimal, propio de todos los símbolos de Oriente-; estas siete
cajitas en siete cajas -las siete centenas-, y éstas, finalmente, en un
sepulcro de mármol - el millar septesimal.
En el príncipe Ahmed y el
hada sublime vienen, como siempre, los jinas, la peri o parsi-Banú,
a saber:
Tres príncipes, hermanos, se enamoran
de la misma princesa, y, para fallar su pleito,. el sultán los envió a los tres
por el mundo, para que volviesen al cabo del año con alguna cosa extraña y rara.
El que aportase la cosa más preciosa recibiría en galardón la mano de la
princesa. Al cabo del año cada cual volvió con su preciosidad, es a saber: el
segundo hermano, con una alfombra -¿aeroplano?-, con la que bastaba colocarse
sobre ella y pronunciar cierto conjuro, para ser arrebatado por los aires y
llegar al sitio que se quisiera; traía el hermano mayor. un espejo mágico,
adquirido en Persia, en el que bastaba mirar para ver las cosas más remotas en
el espacio o en el tiempo; y el tercero, que era Ahmed, una manzana, como las
famosas de la Freya escandinava, o las no menos célebres del jardín de las
Hespérides, "Cogidas en el valle del Sogda
,
uno de los cuatro ríos del Paraíso, que bastaba dada a oler a cualquier enfermo
para que al punto recobrase la salud. Los tres hermanos, al finalizar el año, se
reunieron en una ciudad muy distante aún de la corte y se comunicaron sus
adquisiciones respectivas; pero cuál no sería su dolor cuando, al ensayar el
espejo mágico del mayor, vieron con él que agonizaba por momentos la princesa
tan codiciada por los tres. Al punto vuelan los hermanos, rápidos como el rayo,
en la alfombra del segundo, y gracias a la manzana del tercero logran restituir
la salud a la princesa.
Perplejo el sultán porque sin
cualquiera de las tres cosas su hija habría muerto, remite el otorgar su mano a
la prueba del arco, tan común entre todos los pueblos antiguos. La princesa
casaría con aquel que arrojase más lejos su flecha.
La del primer hermano va lejísimos, pero la sobrepuja aún el segundo. La del
tercero, sin embargo, va tan lejos que llega a perderse en lontananza, sin que
nadie alcanzase a encontrarla. El sultán concede, pues, la princesa al segundo,
y mientras el primero se retira a un cenobio, el tercero, creyéndose
injustamente preterido, se aleja de la corte, errante, a la ventura.
Aquí llega una nueva historia de los
consabidos subterráneos de los jinas. El príncipe Ahmed, en efecto, a
vuelta de mil penalidades por todo lo descubierto de la tierra, marchando
siempre adelante, como marcharse debe por el camino de la perfección, cayó
exhausto, al fin, junto a unas enhiestas y retiradas rocas, a cuyo pie vió caída
la flecha de su esfuerzo. Ella había dado ciertamente en el blanco, pues que
había abierto de par en par una estrecha puerta de hierro sin cerradura en -lo
más raso de aquellas rocas, ocultas a las miradas del mundo... Penetra el
príncipe lleno de resolución a lo largo de aquellos maravillosos subterráneos,
y, sin detenerse en sus riquezas infinitas, descubre al Hada de su Amor, a la
incomparable PariBanu, a cuyo lado conoce, por vez primera, el verdadero
Amor trascendente que inspirar no puede ninguna mujer en el mundo, y pasa una
existencia feliz al lado de su Adorada.
La voz del deber y de la sangre
recuerda al fin al príncipe que ha dejado a su padre y a sus gentes en este bajo
mundo, y recaba del hada permiso para volverlos a ver, a condición, sin embargo,
de que no hable al sultán de su casamiento ni del retiro en que ambos viven tan
ricos y felices. Poco a poco menudean las visitas del príncipe al reino de su
padre, hasta que la envidia cortesana, intrigada por un fausto como el del
príncipe de tan ignorado origen, apeló a la necromancia y -violó el secreto del
retiro de los dos superhumanos amantes. El padre comienza entonces a pedir a su
hijo verdaderos imposibles, que mágicamente, sin embargo, son realizados al
instante por los genios servidores de la inmortal pareja, y, por fin, solicita
nada menos que el conocer a uno de estos genios, a su rey Schaibar o Kabir,
hermano del hada, quien cae entonces sobre el reino y realiza sobre todos
los necromantes delincuentes aquellos -sultán, visir, cortesanos, etc.- una
justicia cual la de la Atlántida o su émula Sodoma.
El príncipe Zeyn Alasnam y el Rey
de los Genios es otro de
los mejores pasajes jinas del gran libro. Dicha leyenda del príncipe Zeyn
Alasnam, o bien del príncipe Man-Mah-Djin (el djin bueno), correctamente
leído a la inversa, como corresponde a todos los nombres arios leídos al modo
semita, ha circulado profusamente por España en uno de los más hermosísimos
pliegos de cordel, bajo el título de "El Príncipe Selim de Balsora y el Anillo
Prodigioso". El príncipe, hijo de un gran Rey Iniciado, descubre, por un viejo
pergamino legado por su padre, un subterráneo inmenso, donde, aparte de las
preciosidades consabidas en los subterráneos de esta clase, apareció una rotonda
con ocho estatuas maravillosas, verdaderas musas de aquel encantado recinto, y
un pedestal vacante consagrado para una novena estatua, que, por consejo de un
venerable anciano que se le ha aparecido en sueños, ha de conquistar el joven
yéndose a tierra de Egipto, la cuna, en unión de Persia, de toda la magia de
Occidente.
De la capital de dicho país pasa el
joven, guiado por un Mentor compañero de su padre, a La isla de los genios,
isla sagrada idéntica a la "Isla blanca", no pocas veces descrita por H. P.
Blavatsky, pero no sin antes haber pasado por las infinitas pruebas que son de
rigor para todos los neófitos del ocultismo. En la isla le recibe el Rey de los
Genios, quien le entrega cierto espejo mágico con el cual tiene que recorrer el
mundo hasta encontrar una compañera digna de él, cosa que conocerá mirando
siempre en el espejo, porque si el espejo -que no es otro sino el de la
conciencia- se empañase, sería prueba de que el camino seguido era falso, y
recto cuando el espejo no se empañase.
Tras mil
peripecias peligrosas, halla al fin la deseada joven, ante la cual no se empañó
el espejo mágico, y celebrados los desposorios con ella, el Rey de los Genios le
exige que se la entregue en pago de sus buenos servicios y que regrese a Balsora,
en cuyo subterráneo encantado hallará la novena estatua que le falta. Cúmplelo
así, aunque con terrible sacrificio, el joven, y al regresar a su reino y al
subterráneo halla con sorpresa indecible a su amada como una novena estatua,
coronando el pedestal vacío.
El simbolismo de esta leyenda es uno
de los más diáfanos que existir puedan acerca del proceso iniciático, a lo largo
del cual, y a costa de penalidades, el alma del hombre logra descubrir a su "Osiris",
Solo Espíritu Supremo, con el que se desposa místicamente, al fin, cuando el
crisol del dolor le ha purificado por completo de todas sus pasiones animales,
realizando así el ideal supremo de esa evolución humana que conduce al mundo de
los superhombres.
El príncipe Uns Almulud y Ward fil
Akman, la hija del visir,
es leyenda que encierra el mismo simbolismo que las anteriores, aun que aparecen
en ella algunas particularidades que conviene puntualizar.
La más característica es la relativa
al alcázar construído por el padre de la doncella, el visir de Schamech. Laneck,
sobre el inaccesible Monte Thakla -el monte Huérfano, el retiro Solitario-, en
una isla en medio del Mar Cano o Mar Polar, ni más ni menos que la isla Blanca
de que nos habla H. P. Blavatsky como el más excelso retiro de la Gran Logia de
Iniciados que gobierna al mundo. El' príncipe, para llegar hasta allí, da antes
cima a los consabidos imposibles, entre ellos, como Pan y - Apolo, el domesticar
con el habla -la Palabra Sagrada- a los animales que pretenden cortarle
el paso. Un ermitaño le ayuda a tejer la red o tela, con la que puede
aquél subir finalmente al castillo.
Otro detalle es la multitud de aves
que rodean a la dama en el castillo y que hablan prodigios como la de -Sigfredo,
anunciando al príncipe Uns o Unus -el único- las glorias de Ward o
Ahur-Aura, su amada, que yace en el castillo inaccesible, como Brunhilda
en su roca rodeada de llamas.
Juega en el relato la capital
Ispahan, que tan estrecho parentesco, pese a nuestra filología de topos,
guarda con el de España.
La multitud de versos con los que
se ameniza el relato son agregados posteriores de grato sabor árabe.
Para terminar, pues, esta tan rápida
ojeada sobre la primera obra novelesca del mundo en tiempo y en mérito, digamos
dos palabras acerca del cuento más genuinamente jina que contiene, a saber: el
del príncipe Camaral-zamán y la princesa Badura, donde hombres, hadas y genios
conviven.
El príncipe Camaral-zamán, por
resistirse a contraer un matrimonio de Estado, fué encerrado por su padre, como
el Segismundo de Calderón, en solitaria torre. El hada Mainuma le sorprende
durmiendo, y admirada de tan sobrehumana belleza, comunicó su asombro a un genio
amigo, quien le dijo:
-Por bello que el príncipe persa sea,
infinitamente más bella es mi princesa Badura, quien, por análogas resistencias
hacia cuantos matrimonios de conveniencia quieren sus padres imponerle, también
vive, lejos de toda mirada humana, confinada en estrecho destierro.
-Eres un insensato, hermano genio, si
pretendes hacerme creer que tu princesa es la mitad de hermosa, siquiera, que mi
príncipe.
Con esto, trabaron una terrible
discusión la gentil hada y el genio testarudo. Para zanjarla de una vez,
convinieron en ponerlos uno al lado de la otra, durante su sueño; pero la
discusión tomó caracteres gravísimos, porque, aun viéndolos juntos, dormidos,
hada y genio se mantuvieron en sus trece respecto de aquellas bellezas-tipo.
-Adjudiquemos entonces el premio de la
hermosura al que de ellos tenga mayor belleza moral; es decir, al que,
despierto, se muestre más tierno y amoroso, ya que no existe en el mundo belleza
comparable a la inmarcesible belleza del corazón - convinieron entrambos entes
invisibles.
Y ya, no sólo los reunían cuando bajo
mágico beleño dormían uno al lado del otro los dos príncipes, sino que los
despertaban alternativamente; pero fueron tales las pruebas de supremo amor que
uno a otro joven se dieron, del modo más casto, que la duda quedó en pie, como
al principio. Inútil es añadir que lo mismo él que ella despiertos ya y cada uno
en su reino, que distaban entre sí miles de leguas, confesaron el maravilloso
suceso a sus padres respectivos; pero el problema que a entrambos amantes se les
presentaba parecía insoluble. ¿Cómo encontrar, en efecto, para la princesa, el
enamorado príncipe de su ensoñado amor?
Aquí la serie de aventuras,
iniciáticas todas, y todas a la usanza de las leyendas, que el lector puede
hallar admirablemente descritas en el texto en cuestión, hasta el día en que,
tras mil penalidades y conflictos, los dos amantes pudieron verse el uno en los
brazos del otro y ser felicísimos. Nuestro propósito al recordar la hermosa
leyenda oriental, no va más adelante, pues que se limita sólo a puntualizar uno
de los hechos más extraños e inexplicables, que preceden siempre al verdadero
amor y que se condensa en el famoso dicho castellano de que "casamiento y
mortaja, del cielo bajan"; es decir, que dependen en absoluto del misterioso
juego del Destino, que llama casualidad el vulgo.
¿Por qué desconocida ley orgánica
suele iniciarse la pubertad, en uno y otro sexo, con ensueños premonitorios, de
emotividad inenarrable, cual si en ellos jugasen, digámoslo así, hadas y genios,
al modo de los famosos íncubos y súcubos de la literatura eclesiástica
medioeval? ¿Por qué y cómo, ya en la realidad, el herir de ese instantáneo
dardo de Cupido, el dios niño, loco y ciego, decidiendo en un instante el
porvenir entero de los con tal flecha heridos?
Henos, pues, aquí, otra vez y siempre
ante el problema del amor, el eterno problema, y en el que más que en ningún
otro actúan en nuestro mundo los seres invisibles del submundo y del supramundo,
que diría el gran teósofo portugués vizconde de Figaniere. El Amor, que es más
grande que la Muerte, pues que la mata 9ando vida, es el nervio todo del inmenso
poema en prosa de los parsis primitivos; pero el Amor con mayúscula, ese amor
que, arrancando del santo hogar ario en el que el brahmin o pater familiae
es sacerdote en unión de la mujer, el hijo, la hija y el extranjero
protegido, se llega a elevar por encima del sexo mismo, en símbolos y emblemas
ya trascendentes de un mundo superior o jina, que nos aguarda piadoso para
después de ese solemne día en que, dejando aquí la carne, que es la hija y la
madre del sexo, se nos descorra con la muerte el casto misterio de Las
mil y una noches, o sea, bien traducido,
EL VELO DE ISIS.

Es sabido que Antonio
Galland, diplomático francés en Constantinopla, hubo de tropezar, hacia
fines del siglo XVII, con unos viejos manuscritos árabes conteniendo, más o
menos completo, el texto de los famosos cuentos de este nombre, aunque
lleno, como cuantos libros arios han pasado por la pecadora mano de los
semitas, de esas crudezas, imposibles de ser toleradas por un oído casto y
decente, que no son raras tampoco en la Biblia. Ya también, muchos
siglos antes, el contacto con los árabes, principalmente en España, había
aportado a Occidente no pocos de estos cuentos, que, mezclados con los de
los Libros de Caballería, verdaderas "mil y una noches occidentales", se
veían doquiera, y aún se ven en forma de los llamados "romances" o "pliegos
de cordel". Galland, con buen deseo, expurgó de aquellas crudezas al libro,
dándonoslo en la forma en que, a través de infinitas traducciones y
ediciones, ha llegado hasta nosotros, procedentes originariamente del HAZAN
AFSANAD persa, del Kitab Al Fihzist árabe de Mohammad ben Jihah Al
Nadin, o del A!f Lailah Oua Lailah, traducido del árabe al inglés por
Payne y por Burton. Sin embargo, el deseo de hacer, sin los datos ocultos
necesarios, ediciones verdaderamente criticas, nos ha llevado, ora a
ediciones destrozadas sin piedad, como la de los jesuitas en Beyruth, ora a
la "traducción literal y completa del texto árabe al francés", por el doctor
I. C. Madrus, en 16 volúmenes, vertidos al español por Blasco Ibáñez, y
cuyas crudezas árabes, relativamente modernas, no parsis genuinas
o primitivas, son verdaderamente intolerables, mireselas como se
las mire, todo al tenor de esa triste ley, repetidísima en la historia, de
hacer sexuales los más puros simbolismos, como hemos visto con las
Helenas de los grandes iniciados. Otras ediciones críticas, en fin,
existen, siendo de notar entre ellas la inacabada del cheikh El Yemeni,
de Calcuta (1814); el Habricht, de Breslau (12 volúmenes,
1824-43) ; la de Boulak (1835) y la de Erbekich, en el Cairo; la de Mac
Noghten, de Calcuta (1830-42); la alemana de Gustavo Weil, con introducción
del barón Silvestre de Lacy (1858), Y algunas otras.
Hay otro libro oriental que corre
parejas con "Las mil y una noches, y es el Pancha-tantra o
Cinco series de cuentos, en los que los personajes no son ya hombres,
hadas y genios, como en aquélla, sino animales que razonan, ¡perdonad,
lectores!, como los conspicuos hombres de nuestra época, orientados siempre
hacia la utilidad, lo contante y sonante, LO POITIVO. Diríase también
que entrambos libros están compendiados en uno por el genio inmortal de
Cervantes. Las mil y una noches, en efecto, con su idealismo sublime
-salvando los referidos pasajes, intercalados por el semitismo árabe, su
transmisor-, son el prototipo del sublime Caballero de la Mancha, mientras
que el Pancha-tantra es, al modo del groserote Sancho Panza,
del que hasta tiene una especie de resonancia fonética. Y así como toda la
literatura caballeresca deriva de aquéllas, toda nuestra mal llamada
literatura didáctica, sobre todo la de las fábulas, petites phrases,
pensamientos, etc., deriva del segundo; y Phedro, Esopo, Lafontaine, Samaniego y demás
fabulistas, no son sino pálidos reflejos del moralismo de este último libro;
libro admirable para comerciantes, parias y sudras orientales u
occidentales, pero detestable y falso para sacerdotes y guerreros, pues,
dígase lo que se quiera, la ley de castas existe y existirá siempre, pero no
físicamente o en sociedad, sino en la infinita gama o escala de las almas.
Don José Alemany y Bolufer nos ha
dado una traducción castellana del Pancha-tantra, que también se
puede llamar Hitopadesa o "Instrucción provechosa", en cuyo prólogo
diserta acerca del Libro Sánscrito de Cama 'Y Dymna, que en el siglo
VI fué traducido al pehlevi, y de allí al persa y al árabe en el VIII y IX,
o sea en la época de mayor esplendor de los califatos de Damasco y Córdoba,
por lo cual este libro y el de Las mil y una noches, que ahora se
traducen con interés por los pueblos de Europa, han sido conocidos desde la
Edad Media en España, constituyendo esa copiosa literatura, necia en unas
ocasiones, sapientísima en otras, de los llamados pliegos de cordel,
la más genuina fuente de inspiración del Príncipe de los Ingenios.
Alemany, por otra parte, hace a los
nombres de Calila y Dymna meras alteraciones de los nombres
Karataka
y Damanaha, o Karata
y Damana, sin el sufijo ha de disminución, desprecio o
ternura, con la respectiva significación de corneja o astuta (la
célebre corneja del "Corán") y domadora o triunfadora, que ambas
cosas son, en efecto, en el argumento de Las mil y una noches,
las dos hermanas Scheherezada y Dinarzada, o Keherata y Dinarza,
quienes, por su astucia, triunfan de la tiranía perversa de Schahriar o
Zacarías (el sacrificador, "el de los sacrificios humanos").
Si no
se saliese de nuestro plan actual, consagraríamos a este interesante asunto
una mayor extensión, y acaso podríamos alcanzar a despertar en el lector la
intuición de que muy probablemente el primitivo libro sánscrito del
Pancha-tanira, hoy perdido (no el que con dicho título trajo a Europa
Wilson en 1827), consistía en cinco libros o series laneras; y de
aquí la magia tántrica, al modo de los Vedas o del Pentateuco,
colecciones simbólicas también; y, en fin, que dichos libros, en cierto modo
independientes, se adaptaban, respectivamente, a la enseñanza de las cuatro
castas y la quinta de los parias, según sus virtualidades respectivas. Lo
que hoy conocemos por Las mil y una noches serían entonces
fragmentos de las enseñanzas simbólicas para guerreros chatryias, o
caballeros, y el libro de los vasyas, o comerciantes, serían los
cuentos traducidos por Alemany y cien otros como tal Pancha-tantra.
Ciertos pasajes de grosera factura deslizados en Las mil y una
noches árabes podrían muy bien constituir, como de hecho constituyen, la
literatura pornográfica de todos los países, es decir, una. enseñanza cruel
en verdad, por sus consecuencias, para los degradados y para los paria"
espirituales, que tanto abundan.
El visir, padre de
Scheherezada, no dejó de oponer obstáculos a la heroica resolución de su
hija. Al efecto, después de mil razones, le recordó la fábula del Asno y el
Buey, que es la revelación terrible de la ley del karma a través de la
historia. Sabía muy bien el visir, como sabemos nosotros, que todo aquel que
trata de salvar a sus semejantes desvalidos contrae kármicamente la
responsabilidad de todo el uso bueno o malo que ellos hagan de sus
enseñanzas, al modo de la llamada responsabilidad civil subsidiaria de las
leyes, ora entre los hijos menores y sus padres, ora entre los deudores y
sus fiadores. Así, en la fábula del visir, compadecido el asno de los malos
tratos que al buey daba su amo, le aconsejó la rebeldía; pero así que el
buey se hubo rebelado, el amo cargó al asno todo el peso de aquellas cargas
que por su consejo el buey había dejado de llevar, y así soportó el asno su
desventura hasta que le hizo al buey la segunda revelación, o sea la de que
el amo le dejaba engordar en la holganza para matarle y comerle después, con
lo cual el buey abrió los ojos y se sometió voluntario a su cruz antigua.
Notará el lector que sólo damos una rápida ojeada a las fábulas del
iniciático libro, sin perjuicio de concederle exclusiva atención otro día.
Por eso no detallaremos la sugestiva aventura del pescador, relacionadísima
con la de la Atlántida. Véase El Velo de Isis o Las mil y una
noches ocultistas, de esta Biblioteca.
De Sevilla al Yucatán,
viaje ocultista a través de la Atlántida.
Parte segunda, cap. XI y
siguientes.
Una prueba entre mil de la
influencia de la leyenda parsi la tenemos en el siguiente pasaje, que rueda
por los libros de historia:
"Ctesias, de Gnido, acompañó a Ciro
el Joven contra su hermano Artajerjes Mnemon, y vivió diez y siete años en
la corte de los reyes de Persia. Escribió una historia de este país en 27
libros, y otra análoga de la India.
"Esta última obra la conocemos sólo
por un extracto de Focio en su Biblioteca... En ella vemos una fuente
que cada año se llenaba de oro líquido, el cual era recogido en vasijas de
barro, para poderlas romper así que el oro se endurecía. Allí -dice el
extracto de Focio- se encuentra un monstruo, el Mastigora (o "Masthi-gaura,
Masti-avatar) hindú o el "avatar-tortuga", que tiene la cara de
hombre, el tamaño del león y la piel roja como el cinabrio, En fin, allí se
cuenta la maravillosa historia siguiente: En las montañas de la India, donde
crecen las cañas, hay una nación de cerca de treinta mil hombres, cuyas
mujeres paren una sola vez en la vida. En esta nación los hijos nacen con
bellísimos dientes; los varones y las hembras tienen desde su nacimiento
blancos los cabellos y las cejas; hasta la edad de treinta años los hombres
tienen blancos los pelos en todo el cuerpo; pero a esta edad comienzan a
ennegrecerse, y cuando están próximos a los sesenta, sus cabellos son
enteramente negros. Los mismos tienen ocho dedos en cada mano y otros tantos
en los pies. Son pequeñísimos, y el rey de los hindúes, en sus correrías
militares, va siempre acompañado de cinco mil de éstos, arqueros y
ballesteros. Tienen, en fin -como los famosos corejones- de Pizarro-, tan
largas las orejas, que se tocan una con otra, de modo que con ellas se
cubren la espalda y brazos, hasta los codos".
"Ctesias, imperturbable en su tarea
de contar tales fábulas, protesta haber visto por sus propios ojos hechos
iguales a los que refiere, y asegura que si no temiese ser tachado de falso,
hubiera contado historias aún más maravillosas", (César Cantú, Historia
Universal).
Ctesias fué gran médico, y hace trizas a Herodoto. Se asemeja a Hecateo de
Mileto, Ferecides de Siros y Caron de Lampsaco. Como Harpócrates, luego
escribió acerca de las mentiras de la Historia de Herodbto, en la que
cimentamos la historia antigua.
Complétase así el simbolismo
salomónico de 108 oros, copas, espadas y bastos, al que hemos aludido
tantas veces.
Entre estas pruebas hay
algunas que merecen meditarse, como cuando a varios de sus compañeros se les
subieron a horcajadas ciertos genios maléficos, obligándolos a servirles de
caballo; simbolismo de los vicios, por los cuales los elementales del mal le
posesionan de los hombres, manejándolos a manera de bestias. Sólo bebiendo
vino, es decir, el licor sagrado del soma o la embriaguez
trascendente de la virtud pudieron verse libres de ellos, matándolos. Hay
también su correspondiente leyenda del cíclope Polifemo, etc.
Esta es la ninfa de la
Matemática y de la Coordinatoria, por cuyos cálculos o catunes se
alcanza, mediante la virtud, la suprema Sabiduría. Bastaría este nombre de
catún para establecer el parentesco prehistórico de mexicanos y
berberiscos, como en otro lugar hemos establecido.
He aquí el alma de la
preciosa novelita El Micromegas, de Voltaire, donde un siriaco y un
satumiano, de varios cientos de toesas de estatura, visitan este bajo mundo,
donde hallan animálculos (los hombres) que saben matemáticas.
He aquí un recuerdo. de la
contabilidad duodecimal, cuyas unidades sucesivas, según el inmortal Benot,
son la docena, la gruesa, el paquete, la cajita y la caja.
Sod, Misterio, Iniciación;
Soddales, sacerdotes.
En la Odisea, este
fué el medio por el que se dió a conocer Ulises, ganando la mano de
Penélope. El pasaje es idéntico al que se lee también en La Luz de Asia,
de Edwin Arnold, acerca del príncipe Siddartha cuando quiso tomar
esposa. La flecha del primer príncipe de nuestro cuento alcanza a la
perfección monacal; la segunda a la perfección humana, mayor sin disputa
cuando merece la mano de una simbólica princesa. La flecha que va más lejos,
flecha aparentemente perdida, es la sola capaz de llevar al supermundo de
los dioses.
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